El mechón blanco de José Tomás
Paseíllo | Tadeo Alcina El diestro de Galapagar fascina y aún no ha tocado un trasto. Su simple presencia en el patio cuadrillas destella misterio, aislamiento, estoicismo y seriedad . Tan brilloso traje de luces parece contrastar con su expresión. Quién transitara por aquellos valles neuronales, un par de días, no más, como si tratase de una excursión a la montaña, para descifrar pensamientos y sentimientos de una figura de época, incapaz de crear indiferencia, para bien o mal. La México, magnánima, luce preciosa y hasta la bandera. Su Virgen de Guadalupe, decorada en el albero, y unas gradas caldeadas, esperando a su hijo pródigo. José Tomás debe mucho a su país de adopción y no pasa inadvertido en su conciencia: forjó carrera novilleril a lo largo de esta geografía e insufló, más si cabe, su nacionalidad mexicana en Aguascalientes , a 500 kilómetros de aquí. El hilo del toreo, esbozado por José Alameda , crítico hispano-mexicano, no falla. Si por Manolete, ídolo y model...