viernes, 10 de mayo de 2019

Sevilla vestida de luces

Triunfar en casa | Pagés
Pontificó Carlos Crivell, sobre el Sócrates de San Bernardo, Pepe Luis Vázquez Garcés, representar a "Sevilla vestida de luces". Aguado viste la Sevilla de blanco y negro, mas no la actual, donde imperan chabacanería, estridencia, irrespetuosidad hacia la esencia y, en definitiva, la pérdida de lo nuestro.  Prueba de ello, la decadencia comenzada, ha un lustro, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Pablo confluye en nuestro tiempo, pero no pertenece a él. No simboliza la Torre Pelli, las Setas de la Encarnación o la gentrificación de nuestro casco histórico, repleto de apartahoteles, despedidas de soltero y guiris en motocicleta electrónica. Lo veo cual Hércules de la Alameda, campana de la Giralda, paloma en el María Luisa, cadena en las afueras de la Catedral, ventana de la Torre del Oro, seise en el Corpus o sevillana de El Pali. Incluso cual nazareno ruán de Ntro. Padre Jesús del Gran Poder, ya en recorrido de vuelta, por la calle Cardenal Spínola, a la altura de Santa Rosalía, sintiendo la devoción, el respeto y la comprensión hacia la idiosincrasia de cuanto está viendo.

He llegado loco a casa. Apuntaré la fecha para no olvidar. Diez de mayo del dos mil diecinueve. He visto a tíos toreando por El Arenal, mientras que, debajo de mi localidad, presenciaban la corrida unos amigos (o familiares, no sé) del triunfador. Por si me leéis: estaba en fila cuatro de grada del nueve. Incluso un fulano, en balcón de tendido, fue atendido, por operarios de Cruz Roja, tras la faena al tercero. Normal. No debe ser fácil torear en casa con la responsabilidad y la conciencia de tener en juego gran parte de tu futuro. Mucho menos, compartir cartel con dos colosos como Morante de la Puebla y Andrés Roca Rey. No olvidemos que Aguado salió tras un tsunami del peruano, quien recurrió a portagayola y toreo heterodoxo, recibido, con brazos abiertos, en estos tiempos de desdibujo de personalidad local. Aguado comenzó justo ahí: quitando (en primer lugar, taurinamente hablando; y, después, el 'sentío', como decimos aquí) por chicuelinas. No sé cómo le volaría el capote a Manuel Jiménez, por aquello de que Paco Camino asentó los cánones estético-técnicos actuales, pero no debió quedar muy alejado.

Guiado por mi intuición, pienso que Aguado evoca una línea continuista, que no imitadora, de la tauromaquia morantiana. Capote trianero y muleta sevillana. En ámbito taurómaco, Sevilla y Triana no son iguales. Ni mucho menos. Pablo abre el compás en la verónica, como en la otra orilla, mientras que junta los pies, de perfil, en el último tercio, como en San Bernardo o Alameda de Hércules. No daba un duro por este neopúblico de plaza de tercera, que pide música a su antojo y orejas con bajonazos, mas, de forma grata, han poseído la sensibilidad suficiente como para entender la categoría, la finura y la elegancia de algo no tan fácil de paladear: el toreo caro. No sé cuántas fotos o vídeos de Pepe Luis habrá visto este torero. Por momentos, he tenido la sensación de vivir en los primeros cuarenta, cuando Chicuelo comparecía esporádicamente, Manolo González comenzaba de novillero, Pepín Martín Vázquez casi mandaba en el cotarro (maldigo aquel incidente en Valdepeñas) y el Sócrates lideraba el escalafón, por delante de un tal Manolete. Lo de hoy, sin lugar a dudas, ha sido una completa y total borrachera de sevillanía. Esa simbiosis tan preciada y escasa: Sevilla, en Sevilla. Sobre el albero y en los tendidos. Con el capote, esas verónicas tan cadenciosas como despaciosas, ejecutadas a cámara lenta, abelmontando las medias. Eligiendo terrenos, distancias y observando condiciones, inteligencia de San Bernardo. Para muestra de esa reunión, entre habilidad mental y gracia, la brillantez, la limpieza y la transmisión en una faena de muleta llevada a media altura ("ay, aquel que consiga torear a media altura..."), como muchas veces cuajara el mismísimo Curro Romero. La ética del muletazo, cargado de verdad, enroscado a la cintura, cargando la suerte y poniendo el alma, esto es, encajando la barbilla en el pecho. La temporalidad adecuada en la faena, componiendo veinticinco muletazos caros, en tres-cuatro tandas, dejando al respetable con ganas de más. Y los pies juntos. Podrá sonar superficial, pero no. Evocar el hilo del toreo oriundo nunca debe caer en saco roto. Más, cuando su recurrencia no encuentra su motivación en algo inerte, sino que nace del interior.

Tengo grabados dos o tres kirikíes, cuatro naturales a pies juntos y un par de pases de pecho, de la misma guisa, con larguísima trayectoria y templada ejecución. Un ramillete de verónicas, a la altura de las de un genio de La Puebla del Río. ¡Cómo habrán sido! Hasta el bueno de Tristán hizo sonar la música. Y ese continuo orgasmo regocijador en el sexto, desde el recibo capotero hasta los gritos de "¡torero, torero!", pasando por los dos grandes pares de Iván García, el galleo del bú morantiano y esa tanda final, previa a la estocada, tan Manolo Vázquez, de frente y a pies juntos.

No sé, Pablo, cuánto habrás rezado a Nuestro Padre Jesús de las Penas y María Santísima de los Dolores, pero ese ápice de suerte, siempre tan necesario, unido a las aptitudes naturales (porque torero se nace y tú, lo has hecho), han creado un oasis en este desierto hispalense de incoherencias, incongruencias y bisutería barata. A partir de hoy, Sevilla tiene un torero a su altura, para entrar perpetuamente en Resurrección, ser consentido en sus fracasos y añorado en sus ausencias: Pablo Aguado Lucena.

miércoles, 10 de abril de 2019

Nacer en Sevilla y torear en Madrid

Morante. Beneficencia 2007 | Marisa Flórez
Pongamos que hablo de Madrid, como la canción de Joaquín Sabina. Por aquel entonces, capital en vías de europeización con sobredosis de casticismo. Una amalgama circunstancial atractivo-destructiva: fulanas sidosas, aristócratas drogadictas, yonkatas de extrarradio, abogados laboralistas, generales de división melancólicos, punkies, curas, dragqueens, monjas y cadenas rotas, por un lado, deseando volver a ser soldadas; o bien, mantenerlas desestructuradas definitivamente. Los toros, fíjense, eran, lo que hoy, Fortnite para un doceañero imberbe, o Netflix para un treinteañero frustrado, harto de cabecear reiteradamente contra el muro de las lamentaciones de las perspectivas vitales. O séase, una opción más entre tantas de la época: ácrata, atractiva, tradicional, progresista, transversal, sexy y nada politizada.

No pretendo continuar abrumando con la obvia transversalidad cultural, económica, política y social de la fiesta de los toros. Escribía sobre la Villa y Corte, ese maremágnum de viviendas, a su vez, insalubres y de alto standing, torres con sedes centrales de multinacionales y estaciones de metro incontables e inaprensibles. Cuántas veces habré errado en tomar para Pinar de Chamartín o Valdecarros. Porque esa es otra: la asimilación de tiempos y distancias, por parte del madrile, dista mucho del paradigma sureño. Veinte o veinticinco minutos andando no son nada. Once estaciones de metro, tampoco. Madrid y su cantidad de luces multicolores, como escuché decir al gran Casas Torcida en uno de sus coloquios, son como los cantos de sirena en La Odisea homeresca.

Asumámoslo: los neófitos en Madrid somos unos catetos. Ciudadanos de segunda clase, recibidores de hostias allá donde van y, de no espabilar, cotizan in crescendo. No por hostilidad de los más quintos, sino inadaptación a ese tren de alta velocidad diario. Ya lo dijo Sabina en una entrevista concedida a Jesús Quintero. También lo sentí, con trayectoria decreciente, en cada regresar, como cuando Camarón, interpretado por Jaenada, bajaba del tren, por primera vez, procedente de San Fernando, con ese aura de dios de los calés. O, yo qué sé, como cuando Curro mudó a Madrid para convivir junto a Doña Andrea, su madre, tras haber sido descubierta en la frutería sevillana habitualmente frecuentada.


No, no debe ser fácil nacer allí y torear aquí. Observen a esa mujer guapa del ascensor, camino a la menos tres, con ceño fruncido y hastío por bandera. Perdón. A esas mujeres guapas. En Madrid, encuentras muchas y distintas cada día. Aquel grupo de guiris nórdicas, reconfortando tibiamente tu madrileñismo cuatromesino. O a esa otra, estilosa y, a buen adivinar, de familia acaudalada. Será autóctona, amén de aquellas eses rimbonbantes a final de vocablo. De torear en Madrid, preferiría veinticuatro mil hijas que hijos de puta. Ya lo dijo Gallito: sin mujeres en el tendido, torear poseería poco o ningún sentido. También sentenciaba Ortega y Gasset que la sociología humana obtiene fidedigna y agravada representación a la hora de presenciar cualquier festejo taurino. Y, permítanme la expresión de nuevo, en términos de hijoputismo intencionado, las féminas ganan por goleada. Si Las Ventas es la primera plaza del mundo, máxima exigencia pues.

A la hora de lidiar, influyen variopintos y caprichosos factores: la voluntad del Altísimo, el viento, los toros y tú. Tú mismo, sobre todo lo demás. Emilio Muñoz jamás consiguió entrar, mientras que triunfaba sin cierta dificultad en Pamplona y Sevilla. Pepe Luis Vázquez, palabras mayores, sólo salió a hombros en 1942. Espartaco, un capitán de infantería llegado desde soldado raso con mili en Fuerteventura, en 1985. Morante de la Puebla, ninguna vestido de luces, con el mal sabor de aquella Beneficencia 2007 mediante. Y Curro. Eterno Faraón. Siete puertas grandes y la díficil facilidad de despertar enferma veneración en dos cosos tan importantes como distintos.

Visto para sentencia, señoría, vuescencia, señoritingo o a quien competa la historia, condéneme a torear eternamente en Sevilla, cual preso cristiano del XVI en galeras berberiscas. Porque Sevilla es mujer barroca, guapa, sencilla, humilde y profesadora de amor sincero. No necesita perfumes caros ni modelos de última temporada para conquistar a su hombre. Donde el buen fondo sobrepasa a la mejor de las formas. Y Madrid... continuará siendo Madrid. Centro neurálgico del meollo poderoso. Dichosa femme fatale. Interesada. Manipuladora. Adinerada. Caprichosa. Clasista. Bellísima, en su línea, como ninguna otra. Castiza y excesivamente moderna. Rubia. Por la que poner todo un Imperio de los Austrias en juego. Perderlo y ser olvidado, por no apellidarte equis y no ser nadie. Fría. Calculadora. Y con un Gran Poder precioso, mas, con todos mis respetos, ni esculpido por Juan de Mesa ni venerado en la Plaza de San Lorenzo.

jueves, 14 de marzo de 2019

El carro de Aguado

Excelso natural del sevillano | Róber Solsona
A lo largo de la trayectoria profesional de un aficionado a la tauromaquia, éste atraviesa etapas de diverso ánimo y signo. En primer lugar, todo es de color, como aquella obra maestra de Tele Palacios y Manuel Molina, encarnada por Jesús de la Rosa Luque. Seguidamente, uno comienza a descubrir lo desagradable y hampón de nuestra fiesta, sin bajar la guardia libidinosa y sí el papel moneda de la cartera. Por último, como estadio definitivo, guadianea, cual Chenel en sus temporadas mozas, alternando períodos de resignación, buscando calor artístico en otros senos, y amor a quemarropa. Como si una mujer nos hubiera sido infiel y acrecentáramos, todavía más, nuestra condición de perdidamente enamorados.

En esa tesitura, decidí encender la televisión para visualizar un festejo taurino. Para volver a volver, resulta necesario un aliciente apetitoso. Ése es Pablo Aguado. Un oasis sevillano (de dónde, si no) en el desierto fotocopiado y carente de personalidad. La atípica representación de lo típico: un toreo con acusada denominación de origen, aparentemente no reflejado en la personalidad pública. Se torea, como se es, en el fondo, no en la fachada. Pepe Luis Vázquez mostró seriedad y timidez ante los medios de comunicación y, vestido de luces, irradió justamente lo opuesto y codiciado: cátedra, garbo y naturalidad.

Ver torear a Aguado provoca remembranzas a esencias pretéritas, ubicadas por esos rincones tan especiales de Sevilla. Pongamos que hablo de Alameda de Hércules, Resolana o San Bernardo. No sólo por calidad de lances y muletazos, sino también por la inteligencia aplicada al minutaje de las faenas, longevas y reducidas según el toro, verdadero eje de la lidia. Nadie puede prever el futuro, pero a este joven matador le aguardan, si no las mieles, cierta admiración y respeto por parte de la afición, además de una seria oposición a heredar el trono de Sevilla.

Súbanse al carro, expresión ahora tan de moda. No ejerceré el apartheid meritocrático de ciertos inquisidores virtuales. Si no han pagado para verlo por los pueblos, vengan. Si lo descubrieron en Madrid, durante la pasada Feria de Otoño, también. Si presenció la alternativa en San Miguel 2017 y una clásica y maciza faena, frente a uno de Torrestrella, en la pasada Feria de Abril, imagino la existencia de billetes en preferente, pero, para algunos acomplejados e incomprensivos con este raquítico tiempo en el seno de la fiesta, continuará sin poseer suficiente pedigrí de cara a la membresía. No importa. Disfrutemos de la buena savia nueva.

sábado, 23 de febrero de 2019

El último paseíllo de Antonio Bienvenida

Momentos previos, al primer adiós, en Las Ventas (1966)
Desde 1995, Vistalegre ya no es tal, sino un palacio multiusos desposeído de cualquier tipo de ánima artística. Nunca falta un roto para un descosido: lo mismo da el acto fundacional de un partido político (por cierto, reconocido abiertamente como antitaurino) que la celebración de un campeonato de e-sports o deportes (?) electrónicos, pasando por partidos de baloncesto o balonmano. Atrás quedó “La Chata”, con capacidad aproximada para ocho mil espectadores, inaugurada, en 1908, conmemorando el centenario de la Guerra de la Independencia. Sufrió las vicisitudes propias de la Guerra Civil y, completamente demolida, fue restaurada y adquirida, en período de posguerra, por Luis Miguel Dominguín.

Podrán quitarnos la vida, pero jamás la libertad”, pronunciaba William Wallace. Efectivamente. El hospedaje de un festejo taurino, en un antro cubierto, no puede gozar de una vivencia tan plena como en emplazamientos de clásica estampa, pero, gracias a nuestra libertad, podemos honrar, recordar y rescatar episodios gloriosos del pasado. Imaginen viejas ruinas de domus romanas, ubicadas bajo unos grandes almacenes de una multinacional escandinava. ¿Por qué no alumbrar el esplendor de lo derruido?

Antonio Bienvenida, la maestría y el señorío personificados en el arte de torear, vistió de luces, por última vez, en la antigua Plaza de Toros de Vistalegre. Fue un 5 de octubre de 1974, con cinco reses de Fermín Bohórquez y una de Juan Mari Pérez Tabernero. Compartió cartel con Curro Romero y Rafael de Paula, quien, aquella tarde, rozara la perfección en el tercero. Alcanzó tales cotas de sublimación que José Bergamín tomó vivencias personales, pertenecientes a esta jornada, para escribir “La música callada del toreo”, obra publicada siete años después.

Retrasemos, aun más, la máquina del tiempo. Esta no fue la primera ocasión que el diestro de Caracas prometió no volver a lucir el chispeante. Un 10 de octubre de 1966, en la Monumental de Las Ventas, colocó las cartas sobre el tapete, optando por una encerrona, como fue usual en su trayectoria, ante ejemplares de Murube-Urquijo, Graciliano Pérez Tabernero, Montalvo y El Pizarral, saldando, aquella incierta despedida, con tres apéndices (uno, al segundo; dos, al quinto). Los dos años previos, esto es, 1964 y 1965, realizó, de igual manera, dos encerronas en “La Chata”, culminadas ambas con rotundo éxito. Resonó la primera, cortando cinco orejas a los de Moreno Ardanuy (procedencia Saltillo).

Su incorporación (no reincorporación, puesto que mamó el toreo desde su nacimiento), a la sociedad civil, resultó aparentemente fructífera, dedicando tiempo a la realización intelectual en prestigiosos círculos artísticos, recibiendo merecidos homenajes, prosiguiendo un negocio correspondiente a la venta de automóviles y… cómo no, enfocado al mundo del toro, simultaneando la crítica en “Blanco y Negro” y toreando festivales benéficos.




No sería tal cuando, un 18 de mayo de 1971, reaparece, en Las Ventas, junto a Andrés Vázquez y Curro Rivera, auspiciado por el calor producido en un festival lidiado, el año anterior, junto a Luis Miguel Dominguín. Doce días después, otra vez junto al diestro zamorano, cuajó un gran toro de Murteira Grave. De manera inteligente, Antonio Bienvenida planificó una última etapa parca en comparecencias, sin rehuir compromisos en plazas de responsabilidad. En 1972, lidió 20 festejos. Al año siguiente, 17. Y, en su última temporada como matador de toros, 11.

Con treinta y dos años de alternativa (recibió el doctorado un 9 de abril de 1942, apadrinado por su hermano Pepe), influenciado por el fallecimiento, ese mismo año, de su madre, la sevillana Carmen Jiménez, decide poner punto y final a su carrera profesional. Le prometió tranquilidad en sus últimos años de vida. Incumpliendo la promesa, superado por el veneno del oficio, pareció tomar la decisión a título póstumo.

El hijo del Papa Negro vistió, aquella tarde, el capote de paseo negro de Joselito El Gallo, combinado con un terno grana y oro. Estoqueó a “Genovés” y “Ventanero”, pertenecientes a la ganadería de Fermín Bohórquez. Mencheta, corresponsal de ABC en el festejo, describió así la postrera actuación: “en el primero, lancea sin lucimiento. Intenta hacer faena, pero el toro se le cae en cada pase, con la consiguiente bronca del público. Consigue, no obstante, algunos derechazos con su habitual maestría y mata de media estocada. División de opiniones; en el cuarto, lancea muy bien, para rematar con media. Quite por verónicas. No se acopla con el toro, a pesar del intento por ambos lados, por lo que desiste de hacer faena. Mata de pinchazo y entera. Aplausos y saludos desde el tercio”.

Ya no vivían Manuel y Carmen; tampoco Manolo, Pepote y Rafaelito. Sí ‘Lurdy’, como apodara cariñosamente a su hermano, casi gemelo, Ángel Luis, dedicándole un sentido y sincero último brindis:“Por los malos ratos que te he hecho pasar. Te prometo que ya no vas a sufrir más”. Lamentablemente, el contenido de la dedicatoria no obtuvo fiel reflejo en la realidad. Continuó participando, en festivales, a lo ancho y largo de la geografía nacional. El último, en Tamames de la Sierra, provincia de Salamanca.

Pasado un año desde el adiós, por todos es, de sobra conocido, el inmerecido y trágico desenlace de Don Antonio Mejías Jiménez, eterno ejemplo de arte, clase, honradez, maestría y señorío ante quien aspire a la plena realización profesional en el oficio de matar toros. Para finalizar, me permito la osadía de parafrasear al personaje encarnado por Mel Gibson: “podrán quitarte la vida, pero nunca tu legado”.

PD: Con la finalidad de no descentrar el objeto principal de este artículo, he desistido de insertar la gran actuación de Rafael de Paula en el festejo. Sin embargo, pinchando aquí, puedes disfrutar del documento audiovisual.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Savoir d’où vient le vent: la furgoneta de Morante

Morante y Abascal, frente al mausoleo gallista de Benlliure | @AbeInfanzon
Hace relativamente poco, descubrí el punch retórico de las expresiones en francés. Imagínense, en Vic-Fezensac, durante Pentecostés, derramando medio vodka con limón a un gabacho. El fulano, visiblemente enrojecido por ira y no ebriedad, frunce el ceño y empieza a balbucear vocablos napoleónicos. Con total probabilidad, esté recordando cuatro generaciones atrás de tu árbol genealógico, pero, traduciéndolo, escuchas como si pronunciara un te quiero.

Algo así sucede con VOX y la fiesta de los toros. Resulta, de mayor conveniencia, oír loas, cariño y palabras bonitas, donde, realmente, la intuición da a entender la existencia de mera relación conveniente e interesada electoralmente. Abandonando, a un lado, propuestas políticas ajenas a tauromaquia, la formación de Santiago Abascal ha encontrado un target neopunk en los nuevos parias de la inquisición moralista del actual siglo, agresiva y coercitiva contra cualquier creencia o manifestación con connotación tradicional, llámese cristianismo, tauromaquia o patriotismo.

Precisamente, hipocresía, mirada soslayesca y acomplejamiento ridículo, en el seno de los partidos mainstreams y neotradicionales, han posibilitado el auge de nuevos vientos. En 2014, Podemos protagonizó una gesta, de similar calibre, en los comicios autonómicos y generales. Remontándonos al convulso siglo XX, el período de entreguerras (1918-1939) propició gobiernos comunistas y fascistas en grandes potencias mundiales, desembocando en el desastre bélico de la II Guerra Mundial. La historia, en mayor o menor medida, es cíclica.

La demagogia y el populismo, siempre tan agarrados de la mano, utilizan la popularidad de personajes públicos, pertenecientes a la esfera objetivo, para causar sensación de agrado y aceptación entre la masa perteneciente al sector. Además, con el agravante de la era smartphone, privacidad diluida mediante, la notoriedad de cualquier gesto se multiplica por seis. Morante de la Puebla, genio de nacimiento, excelente torero y, como resultado de este cóctel, personaje controvertido (amor u odio), ha caído en las redes interesadas de VOX, protagonizando un viraje intelectual, tan respetable como criticable, digno de Jorge Vestrynge o Federico Jiménez Losantos. De Bergamín, a Abascal, pasando por García-Trevijano. Cierto es que, la alimentación literaria, puede provocar transformaciones en el pensamiento político.

No, por ello, debemos ensalzar la censura del libre ejercicio de derechos y libertades civiles, bastante presente entre gran cantidad de aficionados. ¿Acaso el malogrado Sánchez Mejías fue menos torero por actuar también como dramaturgo, periodista o mecenas cultural? ¿O Antonio Bienvenida, por mostrar abiertamente su fe católica y pertenencia al Opus Dei? ¿O cualquier torero decimonónico, partidario, durante la Guerra de la Independencia, de José Bonaparte o Fernando VII; o, unas décadas más hacia adelante, blandidor de su espada en pos de la causa carlista o cristina? Es decir, ¿la profesión de matador de toros prohíbe la compatibilidad con otras profesiones?

Albert Rivera y Serafín Marín | Twitter
Con el éxito de VOX y sus doce escaños, espero que Morante no se arrepienta, en un futuro a medio plazo, de haber arrimado, a la lumbre liberal-conservadora andaluza, a una hipotética organización traidora de sus principios teóricos y originales en relación con la defensa y promoción de la fiesta de los toros. Para muestra, esta instantánea: Albert Rivera, junto a Serafín Marín, matador de toros catalán más insigne de nuestros días. Tomada en tiempos de siembra electoral, con afán prohibicionista catalán de por medio, el tan hispano político aprovechó para salir guapo en la fotografía, compartiendo, de manera injusta, gloria con el héroe de luces.

En tiempos de cosecha, el trajeado de seda posicionó, su erguida figura, de perfil, utilizando, como triste marioneta, al vestido de luces, tristemente arrinconado por realidades internas y externas desfavorables. La naranja política faltó, falta y continuará faltando a su palabra. Los del nombre en latín, con recién estrenada representación parlamentaria, no han tenido tiempo para demostrar nada, más allá de presuntas buenas intenciones hacia la fiesta. Tal vez, futuro papel mojado. Quizás, proyectos serios por venir.

Si, taurómacamente hablando, la apuesta funciona y, me das la venia, Morante, montaré en la furgoneta, para los próximos comicios, vistiendo camiseta floreada, conjuntada con pantalón chino de color chillón. Qué más dará si vuelvo a introducir la papeleta de Gallito en el sobre verde.

domingo, 7 de octubre de 2018

La inmortalidad del clasicismo

"Clásico. Es decir, actual. Es decir, eterno"

Juan Ramón Jiménez


Diego Urdiales | Ana Escribano
clásico, ca 
Del lat. classĭcus.
1. adj. Dicho de un período de tiempo: De mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.
2. adj. Dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: Que pertenece al período clásico. Apl. a un autor o a una obra, u. t. c. s. m. Esa película es un clásico del cine.
3. adj. Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia. U. t. c. s. m.
[...]
La riqueza de la lengua castellana, a través de la RAE, ofrece hasta diez acepciones relativas al vocablo "clásico". Llegando a la tercera, no creo necesario continuar: define, a la perfección, el recital otoñal de Diego Urdiales en Las Ventas. No sólo clasicismo. Majeza. Naturalidad. Temple. Belleza. Torería. Valor. Aplomo. Paciencia. Un sinfín de loas plenamente justificadas.

"¿Qué es torear?", cuestionó el gran crítico Gregorio Corrochano para titular una obra maestra. Aluyó a Joselito y Domingo Ortega. En nuestros tiempos, debemos referir al torero arnedano para ejemplificar vívidamente la supervivencia del hilo del toreo pasado y presente, old-fashioned y trendy, castizo y millenial.

Diego refuerza y recrimina toda esa clase de tópicos melosos, cursilones, cantados al primero que corta las orejas. Ustedes disculpen, pero se trata de la excepción confirmante de la regla. Esa colocación constante, parsimoniosa, acompasada, delante de la cara del toro. Las caricias al palillo, tomándolo con mimo. Apertura del compás, más allá del primer muletazo de la tanda, reafirmando la quintaesencia clásica de su tauromaquia. La incansable búsqueda del trazo largo, enganchando adelante y rematando hasta bien detrás de la cadera. El valor silencioso, como dijo Ángel Luis sobre su hermano Antonio Bienvenida, para torear tan templado, parando el tiempo. Porque, contra el tópico, torear pausado, buscando ese temple sólo para privilegiados, requiere igual o mayor entereza que los recurridos ademanes populistas actuales. O la naturalidad andante sobre el albero. La ansiada naturalidad, buscada por tantos y personificada por tan pocos.

Curro Romero tiene razón. ¿Qué clase de infiel desconfiaría de gustos y predilecciones faraónicas? Para muestra, la práctica unanimidad de criterios en la concesión de trofeos. Las Ventas representa lo más similar al paradigma exigente en un coso taurino. Plaza difícil, como Flandes en el XVII. Porque, sin ánimos de aguar la borrachera de toreo, ya casi nada es lo que fue. Excepto el clasicismo. El volver a volver.

Regresar. Para barnizar la madera agrietada del aficionado viejo. Para rematar el brillo ilusionante y recién estrenado del neófito. Porque, a decir verdad, no tiene precio debutar en un festejo taurino con esta actuación. Ya percibirán la excepcionalidad de este día conforme presencien-visualicen festejos y, por ende, temporadas.

Como la música de Mozart o Beethoven, los frescos sixtinos de Michelangelo Buonarotti, las columnas dóricas del Partenón de Atenas o las novelas picarescas de Miguel de Cervantes, el espíritu del toreo clásico jamás morirá. Un espíritu encarnado en determinados toreros, como Diego Urdiales Hernández.