sábado, 15 de febrero de 2020

¿Qué aportaron Gallito y Belmonte al toreo?

"En esta religión pagana, que es el toreo, Joselito es Dios Padre; Belmonte, Espíritu Santo; y Manolete, Jesucristo"
Delgado de la Cámara


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Se cumplen cien años del trágico fallecimiento de José Gómez Ortega, Joselito El Gallo o Gallito, en Talavera de la Reina (Toledo) ante el toro Bailaor, perteneciente a la vacada de la Viuda de Ortega. A pesar de los ríos de tinta vertidos a lo largo de la historia (algunos, con mucho acierto; otros, con cero), observo, en el ámbito del aficionado raso o consumidor habitual de toros, una confusión a la hora de atribuir méritos o revoluciones a los dos genios que coparon, en binomio, toda una Edad de Oro: el propio José y Juan Belmonte.

Es por ello que me he propuesto, a través de este sencillo escrito, apoyado en el esquema de arriba como guía, iluminar y/o aclarar, de la manera más honesta y ecuánime posible, las atribuciones en relación con estas dos grandes figuras indispensables en la historia de la tauromaquia. La imagen, repito, servirá de itinerario y orientación a lo largo de todo este paseo. He tenido a bien señalar a antecedentes y epígonos, con el objeto de indicar a quienes, de aquella manera, inspiraron y culminaron la obra respectivamente. Sólo aparecen a modo de atrezzo. Los papeles protagonistas ya están asignados.


Vasos comunicantes


Dijo Pepe Alameda que "más que los hechos en sí, debemos considerar su interdependencia; antes que el drama, el hilo", en clara alusión a su agudísimo concepto del hilo del toreo, donde, mediante observación directa o transmisión oral, ciertas características estéticas o técnicas son heredadas de generación en generación de toreros. En unas líneas más abajo, podremos comprobar la gran visión del crítico hispano-mexicano a la hora de escribir esas palabras.

Por otro lado, hemos de tener clara la premisa de que José y Juan no son toreros tan antagónicos como la crítica oficialista ha querido vender (uno, antología de tauromaquia decimonónica y clasicismo; otro, transgresión, heterodoxia y revolución por bandera). Si acaso, en un principio. Con el paso de los años, como dos vasos comunicantes, van bebiendo de sus fuentes recíprocamente. Paco Aguado (1999) lo sintetiza a la perfección:

“[…] Tanto José como Juan son los definitivos impulsores de unas nuevas formas que ya se venían fraguando en silencio desde varios atrás, casi sin apreciarse. No existe ese antes y después definido que tanto gusta a los malos historiadores, sino, como en todos los aspectos, una larga y lógica evolución. No hay ‘revolución belmontina’ ni hallazgo gallista, sino una mecha, un detonante, que hace estallar la bomba que se ha ido formando durante décadas. Sin tópicos equivocados, ni Belmonte es el creador del toreo moderno, el que abre una época, ni Joselito cierra la anterior. En realidad, son las aportaciones de ambos, su logro de concretar y mejorar con definitiva claridad lo que atisbaron sus antecesores, las que, refundidas, arrojan la tauromaquia del siglo XX como resultado. José, prolongando el mando con la ligazón en redondo, retomando los más avanzados concepto del guerrismo tras una década de retroceso. Y Juan, cogiendo el relevo de los caídos (Espartero y Montes), en conquista del terreno del toro a través del temple y el juego de brazos”

Delgado de la Cámara (2014) también esclarece perfectamente los conceptos:

“[…] Joselito, en el fondo, ya admiraba a Belmonte, pues éste no era uno de los toreros vulgares y corrientes por los que sentía tanto desprecio. Belmonte era un torero de estética vanguardista y novedosa […] Se inició una colaboración entre ellos. Belmonte dijo muchas veces que aprendió a torear al lado de Joselito. Aquel torero torpe e inseguro, poco a poco, va adquiriendo maestría, el andamiaje técnico necesario para sustentar su nueva estética. Andando el tiempo, Belmonte llegará a ser un consumado maestro de la lidia, como demostró en sus dos últimas reapariciones. Pero Joselito también se deja influir por Belmonte. Hay un natural de Joselito, a un toro berrendo en Lima, con una estética muy belmontina. En sus últimos años, Joselito toreaba con más reposo y hasta echando la pata p’alante. La influencia estética de Juan en José también fue importante. Pienso, al igual que el maestro Juan Posada, que, si Joselito no hubiera muerto en Talavera, hubiera llegado a una gran perfección estético. Y, probablemente, el toreo ligado en redondo sin moverse, el toreo estático de Chicuelo, lo hubiera hecho antes José […] En el toreo moderno, Joselito es quien aporta el toreo en redondo y quien conserva la variedad y el conocimiento del toro. Belmonte, quien aporta la nueva estética y el irse al pitón contrario. Chicuelo, quien fusiona el toreo en redondo de uno y el irse al pitón contrario del otro, con un estilo airoso y original. Villalta, quien liga en redondo con la derecha, como Joselito y Chicuelo lo hacían al natural. Los estilistas de la Edad de Plata, quienes bajan la mano y, Manolete, ya en los años cuarenta, impone definitivamente todas estas conquistas, adobadas con un estilo vertical inconfundible y con una imponente seguridad frente a todos los toros”

De hecho, el cambio de roles llegó hasta tal punto que, en un momento dado, Gallito decidió apostar por la vida social y Belmonte, refugiarse en el campo [Paco Aguado (1999)]:

“Tanta era la fusión, o la confusión, que ambos trocaron hasta sus papeles sociales. Joselito conoció a Bergamín, a través de Sánchez Mejíias, trabó amistad con la actriz Margarita Xirgú, frecuentó los teatros y aspiró a casarse con una señorita de la alta sociedad. Belmonte acabó con los flamencos, entrando como inspiración en la órbita de los artistas del duende. Y se refugió en el campo, con botos y zahones, para terminar acosando y derribando con maestría, mientras que Gallito viajaba a Lima vestido de americana, corbata y cuello duro” 

La difícil comprensión de esta retroalimentación no fue, ni mucho menos, captada ni vivida por críticos ni la España de la época, completamente dividida en los dos partidos. Recurro de nuevo a Delgado de la Cámara (2001):

“En realidad, lo que simbolizaban Joselito y Belmonte eran dos modos de entender la vida. Además de su arte, que fue inigualable, sus personalidades antitéticas galvanizaron a los públicos. Joselito tenía a su lado a la España tradicional, a los ganaderos, a los profesionales del toreo, a los aficionados de toda la vida. Belmonte contaba entre sus partidarios a esa elite intelectual y vanguardista, y a ese público poco entendido y deseoso de novedades; y, a la vez, constituía un arquetipo de venganza social para las clases más desfavorecidas”

A continuación, una vez esclarecida la premisa principal en la fragua del toreo moderno (Belmonte no fue el único revolucionario, también José y, además, bebieron el uno del otro) desgranaremos, punto por punto, con la excelente compañía de los autores anteriores (y alguno más), cada innovación implementada por los toreros de Gelves y Triana. En el caso de Gallito, tres puntos: toreo en redondo, selección ganadera y popularización (monumentales); junto a Belmonte, dos: intelectualización (cultura) y pitón contrario (temple, piernas/brazos y paradójico ventajismo).


Gallito | Los de José y Juan


Joselito El Gallo (1895-1920)


Toreo en redondo


El gran Alameda, en otro acto de sabiduría taurina, dividió las faenas de muleta en dos líneas: natural, es decir, toreando en redondo, mediante sucesión de pases naturales, como José; y contraria o en ochos, alternando el natural con el de pecho, como Juan. ¿Cuál dirían ustedes que es el modelo vigente? ¿A quién atribuyeron en exclusiva la paternidad del toreo moderno? Exacto. Algo chirría. Pero los temas de exégesis y fantasías literarios serán tratados en su correspondiente lugar.

Influenciado por el hilo del toreo de la línea lagartijista, gallista (del señó Fernando, su padre) y guerrista, José elige el toreo en redondo como arquetipo de faena muletera para su época. Tal vez, coincidiera con Guerrita en el campo, pero de los anteriores, por motivos espacio-temporales, disfrutó poco. Belmonte, exceptuando, dos o tres ocasiones (México, 1913 y Beneficencia en Madrid, 1915), toreará cambiado durante toda su trayectoria. Paco Aguado (1999):

“La base de las faenas de Belmonte era la ligazón, pero no de series de sucesivos e idénticos muletazos, sino del pase natural con el cambiado de pecho, como único trayecto posible de ida y vuelta. Su concepto no aporta novedades en cuanto al planteamiento de las faenas, sino en la técnica del cite y del mando dentro de un mismo muletazo, concebido como individualidad, como gesto aislado, y no como secuencia de ellos. Su resolución, que no su inicio, es sesgada por su propia colocación frente al animal, por tanto nada moderna. El toro sale expulsado de un embroque rectilíneo que contrasta con la redondez que busca Gallito”

Y, cómo no, Delgado de la Cámara (2001):

“Joselito es el padre del toreo en redondo, auténtico tejido conjuntivo de la lidia moderna. De tan trascendental aportación, Belmonte ni se enteró y los historiadores de la fiesta, casi todos belmontistas, todavía menos […] Desde luego, hacía el toreo en redondo de una forma muy movida y no era el fundamento de la faena como lo sería veinticinco años después […] Queda claro que Joselito no sólo se ajustó a la tradición, sino que tuvo inquietudes de futuro”


Selección ganadera


Si afirmamos que Joselito es el padre del toro moderno, no estamos cayendo en error, como tampoco lo haríamos de negar la dimensión estética belmontina sin la ambición gallista en el campo bravo español. Juan Belmonte, en todo momento, fue consciente de que Gallito podía acabar con él en cuanto se lo propusiera, como anteriormente hizo con Bombita, a causa de los malos tratos dispensados hacia su hermano Rafael. Sin embargo, el de Gelves, como mente preclara y bendecida por Dios, no estaba dispuesto a repetir errores cometidos por otros toreros en el pasado. Como Guerrita, quien gobernara su época en solitario y acabara retirado por el hastío del público hacia su figura. El reparto de responsabilidades en la cumbre, debió pensar José, posibilitaría permanecer más tiempo en ella y, como consecuencia, más gloria, dinero y prestigio.

Sin José, Juan no hubiera sido Juan. Necesitaba el tipo de toro que el Rey de los Toreros tenía en mente [Paco Aguado (1999)]:

“Ese fundamental empeño del trianero tuvo especiales méritos en sus inicios, con un tipo de toro aún no seleccionado especialmente para el nuevo toreo: más fiero y menos armónico. Un toro que ‘no le quitó’, como decía el refrán (o te quitas tú, o te quita el toro), o como se creía que había sucedido con Espartero y Montes. Si, entonces, Belmonte necesitaba su toro (un animal más franco, noble y de embestida más sosegada) para poder concretarlo, la regularidad le llegó pasado el tiempo, cuando perfeccionó su técnica, asimiló recursos al lado de Gallito y comenzó a lidiar animales que se adaptaban mejor a los nuevos caminos del toreo y a su peculiar estética” 

En contra de lo pensado y, sobre todo, nublado por el Pleito de los Miuras, el cambio de rumbo en la selección ganadera comienza antes de la irrupción de los dos colosos, según Paco Aguado (1999):

“Pero ya en los primeros años del siglo, la mentalidad estaba cambiando. Los nuevos rumbos del toreo estaban motivando también a los ganaderos a encontrar un tipo de toro más adecuado, más dúctil. El mejor trabajo, con una base muy propicia, lo estaban haciendo ya los criadores de las líneas de Murube e Ibarra. La mayor duración de sus productos durante la lidia, su mayor nobleza y su más adecuada conformación física, convirtieron a los ‘vistahermosas’ en los toros idóneos para del cambio ganadero. Y, de esos años, deriva su actual y masivo predominio. Desde que esas dos ganaderías comenzaron a disgregarse, paulatinamente el campo bravo español se fue inundando de su sangre en detrimento del resto de estirpes. Las figuras del nuevo toreo preferían los murubes, contreras, saltillos, santacolomas o parladés, y trataban de rehuir, en lo posible, los gallardos, veraguas, jirones y navarros, que difícilmente se prestaban al progreso de la técnica y del arte del toreo” 

Vuelvo a incidir en la inteligencia de Gallito que, sumada a su vocación y sacrificio de cara a la profesión, opta por un hermetismo campero con lógica repercusión en la mayoría de ganaderos, completamente influenciados y exhortados por su válida opinión. José prosigue el hilo del toreo guerrista con la predilección por ciertos troncos de la casta Vistahermosa [Paco Aguado (1999)]:

“Por supuesto que la evolución ganadera hacia el nuevo toro ya había comenzado, y que Joselito se aprovechó de ella tanto como Belmonte en sus primeras temporadas de alternativa, pero fue José quien tomó enseguida las riendas para acelerarla y generalizarla hasta en el último cerrado de la última finca ganadera. Él fue quien marcó definitivamente sus líneas. Joselito era un obseso del estudio del toro en el campo. Sabía que, a través del conocimiento del animal, del estudio de sus hechuras y de sus instintos, de sus movimientos, de sus querencias, llegaría a unas cotas de dominio de la profesión mucho más altas que las de cualquier otro torero […] Joselito tenía el toreo en la cabeza. Todo el toreo, porque también en aquella ordenadísima estructura de su cerebro había sitio para el toro. Pero no para el toro como enemigo en general, sino para toros determinados, con nombres y números, con pelos y señales, pues recordaba su comportamiento desde becerros, desde la tienta a campo abierto, en la que tal vez él mismo los había acosado y derribado. Y conocía a sus padres y madres, a los que también él mismo había tentado. Por eso, intuía qué iban a hacer y cuáles eran las soluciones que había que aplicar casi antes de que salieran al ruedo […] Su absoluto poder en la Fiesta de su época le permitió continuar la labor iniciada por Guerrita a favor de ese proceso de cambio. Con él, se impulsó definitivamente la selección para recoger volúmenes y cabezas y, sobre todo, para pulir la bravura […] Los años de la Edad de Oro fueron los de mayor actividad de ese proceso porque el mismo Joselito fue quien impuso el nuevo tipo de toro al lidiarlo con más asiduidad que veraguas o miuras, en contra de lo que pueda hacer hacernos creer el tópico que le muestra sólo como un largo lidiador a la antigua usanza, enfrentado a toros indómitos de divisas legendarias. A raíz del tácito pacto con Belmonte, más del setenta por ciento de las corridas que ambos torearon juntos pertenecieron a ganaderías de la línea Vistahermosa o cruzadas con ella […] Joselito buscaba ‘el toro de Belmonte’ no sólo para favorecer la conveniente competencia con el trianero, sino también para ahondar él mismo en los nuevos caminos del toreo de muleta. Porque, para ese avanzado estilo de toreo, que prolonga el mando sobre la embestida y que da continuidad al castigo que supone para el animal la embestida humillada, se necesitaba ese toro distinto que debía ser verdaderamente bravo, no fiero, ni simplemente poderoso […] Bravura más prolongada, para aguantar un toreo de mayor poder, menos nervio defensivo, para facilitar el temple, y más armonía física y de cuerna, para entrar en los vuelos del engaño y facilitar unos movimientos más ceñidos y curvos, son los nuevos factores que exige al toro el nuevo toreo. Ese es el toro que comienzan a seleccionar los ganaderos, que encuentran, en Joselito, su torero predilecto, un fiel consejero para su trabajo”


Adorno de José | Serrano



Los toros vazqueños, jijones o navarros fueron quedando obsoletos para las nuevas exigencias de público y toreros. La lidia está en continúa evolución, viviendo un momento de transición entre la primacía del tercio de varas y el tercio de muleta que, con el paso del tiempo, acabará imperando. Algunas de estas castas fundacionales decidieron cruzar con Vistahermosa y, algunas, continuaron a flote, pero la línea pura estaba condenada a la marginalidad. Si José tenía clara la ruta a seguir y prácticamente, como mandón del toreo y principal reclamo, era imprescindibles en todas las ferias, no había duda [Delgado de la Cámara (2003)]:

“Joselito se decantó de una forma clara por la casta Vistahermosa y más concretamente por el tronco Murube-Ybarra-Parladé. Los 482 toros de este tronco, frente a los 85 que mató del tronco de Saltillo, el otro de la casta Vistahermosa, demuestran claramente las preferencias de Joselito A las empresas les impone sistemáticamente corridas de estas ganaderías. Y Belmonte, tan contento. Joselito exhorta y anima a los ganaderos de mentalidad antigua a que renueven sus ganaderías con animales de esta sangre. Los toros vazqueños, navarros, jijones… tienen, a partir de ahora, los días contados. Todos los toreros que sucedan a Joselito, en el mando de la fiesta, imitarán su modo de hacer hasta el punto de que, en nuestros días, casi todas las ganaderías pertenecen a la etnia que apadrinó Joselito. Eran, desde luego, los toros más bravos y los que debían prevalecer”


Popularización (Monumentales)


Disculpen si vuelvo a resultar pesado, pero la historia está plagada de aseveraciones falseadas. Se afirma que Gallito nació en el seno de una familia acaudalada, mientras que Belmonte pasó mucha fatiga. Como podrán imaginar, la balanza vuelve a ser inclinada a favor del trianero. En este caso, ambos, con sus circunstancias particulares, no vivieron una infancia plagada de comodidades. José fue hijo de torero, sí. Pero el señó Fernando falleció cuando este contaba dos años, en 1897. Además, vivió con filosofía juerguista y derrochona, con poco pensamiento en el porvenir de su prole. Tanto es así, que envía una misiva a Guerrita, mandón ya en aquel entonces y antiguo banderillero de Fernando, solicitando ayuda si él faltara. José también fue hermano de toreros, pero la genial irregularidad de Rafael no sostenía ingresos permanentes en la casa. Sumado a ello, el veto de Bombitia, que lo quitaba de ferias y carteles importantes sin ningún tipo de compasión. De ahí, la posterior vendetta en 1913. El otro hermano, Fernando, como el padre, ni siquiera llegó a sonar. Se enrolaría en la cuadrilla de José a posteriori. Los Gómez Ortega, con la señá Gabriela como matriarca, pasaron calamidades, en tanto en cuanto cambiaban de vivienda (humilde e insalubre, en patio de vecinos) cada poco tiempo, ahogados por impagos.

Por eso mismo, Gallito tuvo en mente la preocupación social. Su derecho a disfrutar. Porque lo aprendido con hambre no se olvida y, en aquella Sevilla, con la Exposición Iberoamericana en mente, los estratos más bajos también tenían derecho al ocio. El aforo de la Real Maestranza era bastante reducido y caro, siendo un espectáculo restringido a gente con posibles. ¿Por qué no construir un coso con más aforo, pudiendo rebajar el precio de las localidades? De este razonamiento, nació la breve y problemática Monumental de Sevilla, dolor de cabeza para unos y modelo arquitectónico-popular para otros puntos de la geografía nacional, como Madrid o Pamplona [Paco Aguado (1999)]:

“Seguro que Gallito tomó buena nota [en referencia a la Monumental de Barcelona]. porque, en ese momento, él también estaba embarcado en un proyecto similar: la Monumental de Sevilla. Buscando ganancias acordes al enorme tirón popular de la pareja que formaba con Belmonte, y queriendo evitar la subida del precio de las entradas en tiempos de dificultades económicas, Joselito supo ver que aquellas no podrían conseguirse exigiendo más dinero a las empresas, sino aumentando los aforos de las plazas […] Sus promotores [los de la Monumental de Sevilla] no contaron, precisamente, con lo que la Monumental podía suponer para la plaza del Baratillo y sus propietarios maestrantes, miembros de la aristocracia local, que copaban los centros de poder. Como suele suceder en estos casos, la ciudad se dividió entre los partidarios de una plaza y otra plaza, y la Monumental se decantó como bandera del gallismo frente al belmontismo de la Maestranza. Pero mucho más decisivo que todo ello era que la nueva plaza torpedeaba directamente no sólo la tradición taurina del coso del Arenal, sino también, por la reducción del precio de las localidades, el monopolio de sus propietarios. Y así fue cómo aquel excelente proyecto, dado el crítico contexto económico de la ciudad, se encontró con buen número de fuertes y poderosos opositores, tanto en la crítica como en la alta sociedad sevillana” 



Monumental de Sevilla | Serrano


Juan Belmonte (1892-1962)


Pitón contrario (temple, piernas/brazos y paradójico ventajismo)


El logro de Belmonte, por antonomasia, fue cruzarse al pitón contrario, destruyendo la vieja máxima lagartijista ("o te quitas tú, o te quita el toro"). De ese hallazgo, derivan temple, el toreo sobre los brazos (no piernas) y el ventajismo. El temple, tal y como lo conceptuamos hoy, no llegó hasta mucho después, hasta que los criterios de selección gallistas surtieran efecto. De hecho, es a partir de la Edad de Plata cuando los toreros gitanos de la línea belmontista comienzan a bajar la mano (Curro Puya, Cagancho...). El toreo sobre brazos viene relacionado íntimamente con la pobre condición física del trianero, agotado a las mínimas de cambio. No fue motivado por obra intelectual o voluntariedad, sino pura intuición vital y supervivencia. Y el ventajismo, con la conformación visual herbívora del toro.

En primer lugar, leamos cómo el propio protagonista explica a Francisco Narbona (1995), en un extracto de una entrevista publicada en El Ruedo, su endeblez y toreo sobre brazos:

“Llegué, a los diecisiete años, mirando para todos los caminos y sin saber cuál era el mío. Entonces, como ahora, estaba poco ágil de las piernas y mis amigos preferían que yo les toreara a torearme a mí ellos. Mi especialidad eran las banderillas al cambio y matar recibiendo, precisamente, lo que después no he practicado por casualidad. Me consta que hacía, con capote y muleta, todo lo de ahora y, quizás, un poco más. Aquellas faenas, por tranquilas y reposadas, resultaban emocionantes. Y como era un gran perezoso y tenía poca agilidad en las piernas, yo me contentaba con estirar mucho los brazos, quebrar la cintura y girar sobre los talones. En eso consistía mi toreo […] Aunque yo no había sido nunca un torero de muchas facultades, comprendí que así no podía salir a conquistar al público. Apenas me movía un poco en la plaza, parecía que me ahogaba. Tuve que cambiar el régimen de vida: en lugar de hacer ejercicio, descansar lo máximo posible; pasar muchas horas metido en la cama, quieto, ahorrando energía para poder cumplir… Fue entonces cuando me di cuenta que, para torear, bastaba con saber mover los brazos despacito” 

Delgado de la Cámara (2014) desgrana los subapartados de temple y punto muerto, amparado en las míticas noches desnudas, toreando en Tablada:

“Juan, toreando las noches de luna por esos campos, descubrió que, cuando se ponía exactamente frente al toro entre sus dos pitones, el toro, al embestir, se desplazaba hacia fuera y ni siquiera lo rozaba. Juan es el descubridor del punto muerto. Los toros, como herbívoros, tienen los ojos a los lados de la cabeza y, en el frente, tienen un punto muerto donde no ven nada. Quien se mete en ese punto muerto, desplaza al toro en su embestida y resulta ileso. Basta asomar la muleta hacia el ojo de fuera para que el toro se desplace. Este hallazgo permitió al torpe y desmedrado Belmonte sobrevivir en el toreo. Y es uno de los elementos esenciales del toreo actual […] El irse al pitón contrario tuvo otra consecuencia magnífica: la despaciosidad. Al obligar al toro a trazar una curva, éste ralentiza su embestida, con lo que en el tendido se tiene la impresión de que se torea más despacio. Y la impresión responde a la realidad. Con Belmonte, se empieza a hablar de temple por primera vez. Además, intenta colocarse lo más en corto posible. En corto y cruzado es donde el toro nunca ve al torero” 


El Pasmo de Triana


Intelectualización (Cultura)


Sin la irrupción de la figura de Juan Belmonte, la fiesta de los toros no gozaría de ese marchamo intelectual que, mezclado con el componente popular, se antoja como unas de las expresiones artísticas más auténticas. Categóricamente, no tendría esa conceptualización como bella arte en su máxima expresión. El coqueteo del Pasmo con la aristocracia intelectual fue un arma de doble filo: por un lado, como hemos dicho, elevó el toreo a unas cotas de consideración superiores; en cambio, por otra parte, sesgó la historia del toreo a su favor. Seguramente, no con la intencionalidad del propio torero, pero sí con el fanatismo, la fascinación y la ignorancia, a partes de iguales, de sus principales exégetas, quienes fueron legando, de generación en generación, un credo parcialmente incierto.

Sobre la relación con los intelectuales, este extracto de Delgado de la Cámara (2014) me resulta fascinante:

“Juan Belmonte no acudió a los intelectuales. Fueron los intelectuales quienes acudieron a él. Y es que la percha literaria del personaje era insuperable, con un aura trágica muy atractiva. El loco al que iba a matar un toro, que al final no mató. Encima, es un esteta consumado. Cuando se presentó en Madrid, siendo novillero, ya fueron a conocerlo los hombres de la Generación del 98. En realidad, él es un componente más de esa Generación. Comparte con ellos esa visión trágica de la vida y ese gusto por lo patético […] El atractivo de la figura de Belmonte fue tal que, toda una clase intelectual española, todas las gentes ilustradas del momento, al descubrirlo, abandonaron de repente todos sus prejuicios antitaurinos. Este mérito es espectacular. En España, durante ciento cincuenta años, la gente ilustrada no había entrado en una plaza de toros. Era cosa de gente baja, de mal gusto. Cuando aparece Belmonte, sacan su entrada para verlo. Y salen fascinados. Prendados de una fiesta única en colorido y emoción. Desechados para siempre sus prejuicios antitaurinos, se hicieron grandes partidarios de la fiesta, en la que encontraron una fuente de inspiración y la metáfora del mundo […] Hasta Unamuno, tan hipercrítico, ve con simpatía al personaje del torero como héroe que enfrenta al mundo. Valle Inclán, Azorín, Sebastián Miranda, Zuloaga, Pérez de Ayala, Maeztu, Julio Camba y, otros muchos, simpatizaron con Belmonte”

El buque insignia es la biografía novelada de Manuel Chaves Nogales. Parece no quedar claro el componente de ficción, puesto que esta clase de escritos nunca suelen ser fidedignos al cien por cien. Que no lo digo yo, sino el propio Juan Belmonte, a Francisco Narbona (1995):

“[…] Juan Belmonte me confesaba, por ejemplo, que algunas de las aventuras narradas por Chaves Nogales, en su tan leído libro de los años treinta, eran puras fantasías del escritor. 

— Despachó las conversaciones —me dijo— en tres tardes en la granja ‘Henar’, de Madrid, porque él llevaba ya en la cabeza lo que iba a escribir, no siempre de acuerdo con ‘mi realidad’, sino de un guión muy estudiado”

Vuelvo a Delgado de la Cámara (2014) que, a colación de esta magnífica novela, reafirma mi tesis acerca de la sobremitificación belmontina y la sombra de José y, más tarde, Manolete:

“Además, el libro de Chaves Nogales ejerció tal fascinación sobre los nuevos aficionados que hizo de Belmonte un mito indestructible. Joselito no tuvo la suerte de tener un biógrafo como Chaves, ni a la generación de intelectuales españoles de más prestigio a su servicio. Entre todos, hicieron una historia del toreo a la medida de Belmonte. Embalsamaron a Joselito como el último torero antiguo, negándole cualquier faceta modernista y lapidaron y denigraron a Manolete porque era la superación de Belmonte y, por tanto, la superación del mito”

Por último, Pepe Alameda (1989) termina de persistir en ello:

“Eso es lo malo, que después de los primeros años que siguieron a la muerte de Joselito, durante los cuales su aureola fue respetada, surge y se precipita la reacción belmontista, con todos los estigmas sociopsicológicos de una moda. Y una borrasca de plumas de diversos calibres, amparadas por las lejanas y subjetivas banderas de Valle-Inclán y Pérez de Ayala (primeros snobs del belmontismo incipiente), se lanza a una carrera deportiva por ver quién le busca a Belmonte más justificación de su existencia, más jerarquía para su presencia, mejor complemento a sus carencias y más aventurada exégesis para sus excelencias. Una moda como esta, entre gentes que, en su mayoría, escriben con poquita disciplina y ningún miramiento, produce resultados catastróficos” 

Sensacional media verónica de Juan Belmonte




Referencias bibliográficas


Aguado, Paco (1999) "El Rey de los Toreros: Joselito El Gallo". Madrid. Espasa-Calpe.

Alameda, José (1989) "El hilo del toreo". Madrid. Espasa-Calpe.

Delgado de la Cámara, Domingo (2003) "Avatares históricos del toro de lidia". Madrid. Alianza Editorial.

Delgado de la Cámara, Domingo (2014) "Entre Marte y Venus. Breve historia crítica del toreo". Madrid. Modus Operandi.

Delgado de la Cámara, Domingo (2001) "Revisión del toreo: fuentes, caminos y estilos en el arte de torear". Madrid. Alianza Editorial

Narbona, Francisco (1995) "Juan Belmonte: cumbre y soledades del Pasmo de Triana". Madrid. Alianza Editorial

domingo, 21 de julio de 2019

¿Hoy se torea mejor que nunca?

"Sólo hay dos clases de toreros: el que sabe torear y el que no dice nada"

Pepe Luis Vázquez Garcés (1921-2013)


Dols Abellán, Curro y Rafael | José Vicente Ávila
Cada equis tiempo, con fidelidad hacia su naturaleza recurrente, vuelve a resurgir la duda en el seno de los maltrechos mentideros taurinos. Aferrados a nuestro arrinconado e imperenne sentimiento de niñez, desenvainamos la tizona para defender a los toreros que nos evangelizaron en esta religión pagana, provocando, de profanos a devotos (y algún hipócrita no practicante), nuestra conversión.

Para responder esta cuestión, en primera instancia, precisamos de una o varias definiciones a la altura: ¿qué es torear? Teniendo en cuenta las múltiples y contradictorias respuestas, encuentro dos sentencias entre las más cercanas a mi verdad: la de Juan Belmonte ("torear es un ejercicio del espíritu") y Rafael El Gallo ("torear es tener que un misterio que decir... y decirlo"). Como colofón, esta última, pronunciada, sobre el bientorear, por Rafael de Paula, corona esta trinidad: "Para torear bien, hay que estar emocionado. Si no, es imposible. El que simplemente se viste de torero y pega pases, no tiene alma de torero. El toreo que se siente, tiene que emocionar. A cada pase, caen las lágrimas y, cuando se torea con el cuerpo y el corazón, llega la inspiración, que tiene que ir acompañada del trabajo y el aprendizaje a través del tiempo. No hay toreros de capote o muleta; el que sabe torear, hace faenas completas [...] O sea torea bien, o mal".

Con total seguridad, cualquier tratadista puede mostrar inclinación hacia otra descripción distinta a las anteriores. Además, de forma totalmente legítima. Porque, en el toreo, como en cualquier otra disciplina artística, susceptibles de interpretaciones y sensaciones personales e intransferibles, no existe la verdad absoluta, sino la propia. ¿Mejor, o peor? Diferente. Hay quien opta por el camino cartesiano, lógico; o, en cambio, la vereda desenfrenada y apasional. La dicotomía apolínea-dionisíaca sintetiza estas dos corrientes a la perfección.


Ayer, se toreaba mejor que nunca: Curro, Paula, Vázquez...
Quienes ensalzan el toreo de antaño u hogaño, como el mejor de la historia, están defendiendo una creencia errante. Ya decía que Ortega y Gasset que el mejor termómetro, para calibrar a la sociedad, era pasearse por una plaza de toros. Siempre han existido toreros que han hecho el mejor toreo de la historia, independientemente de la época. Creo, cuando hablamos de torear mejor que nunca, en la personalización y no el uso de una época como estandarte. ¿Acaso Gallito o Belmonte dijeron menos, junto a Chicuelo y Manolete, en comparación con lo presente, si sólo establecieron los cimientos de las maneras actuales? ¿Y las fantasías del Divino Calvo, creador donde los hubiera, seguido involuntariamente en esa concepción anticombativa por auténticas leyendas como Curro Romero o Rafael de Paula?

Fíjense cómo he nombrado diestros en activo durante diferentes etapas en la historia del toreo. Si, por una remota casualidad, en un tiempo se hubiera hecho como nunca, ¿no hubieran sido relegados los otros al olvido? A mi personal manera de ver, confundimos el prisma para enjuiciar el peso de los toreros en la historia. Otorgamos mayor importancia a la forma que al fondo. Esto es más importante de lo que parece, puesto que puede existir forma sin fondo, pero raramente fondo sin forma. Es decir, importa más la estética que el sentimiento, sin dejar de tener importancia esta primera

Hemos de reparar en un hecho capital para lo externo: la selección ganadera y las circunstancias político-sociales de cada momento. Repetido con frecuencia, sabemos que José, por su desmedida inteligencia e interés hacia el campo bravo, asentó la gestación del toro que disfrutamos hoy, en detrimento de castas obsoletas para las nuevas exigencias de la lidia, como la Vazqueña (de más a menos en el transcurso de los tres tercios, teniendo su punto álgido en varas), apostando por Vistahermosa, más boyante en la muleta. A grandes rasgos, los toreros de la Edad de Plata comienzan a bajar la mano por la mejora en la condición de la embestida. No es casualidad. Como ejemplo de adversidad en las circunstancias político-sociales, la Guerra Civil, interrumpiendo aquella progresiva evolución. Como he escritos, a pesar de actuar como factores influyentes en el terreno estético, no debe ser óbice para falsear nuestra concepción del torero y su toreo. Si algo enseñan en las facultades de historia, es a no juzgar un tiempo con ojos de la actualidad, puesto que las sociedades avanzan (o retroceden) y sus principios éticos, también. Entraríamos en una incoherencia.

Entonces, preguntarán: "si no he vivido a tal torero, ¿cómo voy a comprobar su sentimiento?". Sin lugar a dudas, este hecho no debe pasar inadvertido, mas invito a realizar un rápido ejercicio: observen fotografías de Manolete, no sólo toreando, sino retratos con vestimenta de luces (incluso de civil). ¿No tenía un misterio, como pontificó el Calvo, aquel pobre cordobés? O una verónica de Pepe Luis, con esos piececitos juntos y la naturalidad por bandera. ¿No sobrepasa la dimensión de los megapíxeles hasta llegar a los adentros? O un ramillete capotero de Curro. O un quite del Paula a un toro de Robles en Madrid. O una tanda de derechazos dolsabellanescos. O, yo qué sé... Elijan ustedes. Sólo pretendo ejemplificar el cumplimiento de una máxima esclarecedora: lo hecho con sentimiento y verdad, esto es, para la eternidad de los tiempos, sobrepasa las potenciales limitaciones de cualquier formato audiovisual. Esto es, el valor del pellizco, una reacción primaria emocional, que poco entiende de sabiduría y enciclopedismo. De hecho, creo firmemente que la ingenuidad ayuda a valorar con menos clichés y tópicos absurdos. Jamás alcanzará las cotas de lo vivido in situ. Cierto. Entonces, con el objeto de presenciar todo lo anhelado, habríamos de inventar la máquina del tiempo.


Hoy, se torea mejor que nunca: Morante, Aguado, Tomás...
Incluso mencionando a ejemplos poco ortodoxos, como El Cordobés o Paco Ojeda, fuentes capitales en el acortamiento de terrenos para con el animal, atracamos en idéntico puerto concluyente: sus sentimientos, manifestados de aquella particular manera hacia el exterior, en la estética, revolucionó el tinglado y, casualmente, causó verdadera veneración entre aficionados y público, revitalizando la fiesta en una época con una baraja de toreros importante. Quien ha toreado mejor que nunca, lo hace de adentro hacía afuera y no al revés, "poniéndose bonito".

Tal vez, el pecado o enfermedad de nuestros tiempos sea la cultura de la superficialidad (vulg. postureo). Ya se sabe que los paradigmas sociales de cada época, cual epidemia, contagian todos sus órdenes. Buscamos la perfección sin descanso, cuando esta resulta antinatural y, sobre todo, fría, obscena y vacía. Sin lugar a dudas, el toro de hoy sí es el que embiste con la mayor frecuencia de la historia, dotando a los toreros actuales de unas posibilidades de triunfo inéditas en épocas pretéritas. Claro, falta lo esencial: la personalidad, la llama interior, la genialidad. Se dice pronto, pero genios nacen pocos y resulta bastante fácil dejarse llevar por la corriente de lo políticamente correcto y la aceptación. Si el que gana los dineros da bernadinas, voy a copiar, a ver si así me pongo también en billetes. Para la personalidad, no hay excusas. Las escuelas taurinas tienen parte de la culpa, puesto que la perfección técnica temprana puede capar el desarrollo particular de cada uno por otros fueros. Recurriendo al Benítez, ¿dónde hubiera llegado en los tiempos de escuelas taurinas, con un profesor diciendo "así y asao"? ¿hablaríamos a día de hoy, a pesar de su bufa condición, de salto de la rana? Bien es cierto que los elegidos rompen tarde o temprano por cualidades propias, pero ¿y quiénes no nacen con tal privilegio? El toreo, como peaje hacia la grandeza, recrimina dureza. Esas condiciones infrahumanas de los pobres maletillas, muertos de hambre y frío por cuatro muletazos, no serían las circunstancias adecuadas para la actualidad, mas, como cualquier situación, cuenta con pros y contras: uno de los favorables, sin lugar a dudas, era la forja de un sello particular.

Extrapolando a otros ámbitos, no sé si las mujeres actuales serán más guapas que nunca, los cantaores de hoy darán el mejor quejío de la historia o los pintores del XXI crearán oleos sobre lienzo que quiten el sentío más que en el Barroco. Lo dudo mucho. Creo que, independientemente de marcos temporales, siempre existieron bellezas, guapas y menos guapas; Camarones, Tortas y paupérrimos flamenkitos; Velázquez, Caravaggios y brochasgordas. El problema pasa por querer ser, obligatoriamente, lo que no se puede, abusando de retoques estéticos y photoshopeos para figurar en Instagram; o utilizar autotune para grabar las canciones. Mientras tanto, trataré de continuar a mi aire, imitando el espíritu de Rafael Alberti, junto a Sánchez-Mejías, en Pontevedra, o el gran Carnicerito de Málaga, buscando a Manolete en los hoteles para figurar como cuarto banderillero. Eso sí que es arte.

viernes, 10 de mayo de 2019

Sevilla vestida de luces

Triunfar en casa | Pagés
Pontificó Carlos Crivell, sobre el Sócrates de San Bernardo, Pepe Luis Vázquez Garcés, representar a "Sevilla vestida de luces". Aguado viste la Sevilla de blanco y negro, mas no la actual, donde imperan chabacanería, estridencia, irrespetuosidad hacia la esencia y, en definitiva, la pérdida de lo nuestro.  Prueba de ello, la decadencia comenzada, ha un lustro, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Pablo confluye en nuestro tiempo, pero no pertenece a él. No simboliza la Torre Pelli, las Setas de la Encarnación o la gentrificación de nuestro casco histórico, repleto de apartahoteles, despedidas de soltero y guiris en motocicleta electrónica. Lo veo cual Hércules de la Alameda, campana de la Giralda, paloma en el María Luisa, cadena en las afueras de la Catedral, ventana de la Torre del Oro, seise en el Corpus o sevillana de El Pali. Incluso cual nazareno ruán de Ntro. Padre Jesús del Gran Poder, ya en recorrido de vuelta, por la calle Cardenal Spínola, a la altura de Santa Rosalía, sintiendo la devoción, el respeto y la comprensión hacia la idiosincrasia de cuanto está viendo.

He llegado loco a casa. Apuntaré la fecha para no olvidar. Diez de mayo del dos mil diecinueve. He visto a tíos toreando por El Arenal, mientras que, debajo de mi localidad, presenciaban la corrida unos amigos (o familiares, no sé) del triunfador. Por si me leéis: estaba en fila cuatro de grada del nueve. Incluso un fulano, en balcón de tendido, fue atendido, por operarios de Cruz Roja, tras la faena al tercero. Normal. No debe ser fácil torear en casa con la responsabilidad y la conciencia de tener en juego gran parte de tu futuro. Mucho menos, compartir cartel con dos colosos como Morante de la Puebla y Andrés Roca Rey. No olvidemos que Aguado salió tras un tsunami del peruano, quien recurrió a portagayola y toreo heterodoxo, recibido, con brazos abiertos, en estos tiempos de desdibujo de personalidad local. Aguado comenzó justo ahí: quitando (en primer lugar, taurinamente hablando; y, después, el 'sentío', como decimos aquí) por chicuelinas. No sé cómo le volaría el capote a Manuel Jiménez, por aquello de que Paco Camino asentó los cánones estético-técnicos actuales, pero no debió quedar muy alejado.

Guiado por mi intuición, pienso que Aguado evoca una línea continuista, que no imitadora, de la tauromaquia morantiana. Capote trianero y muleta sevillana. En ámbito taurómaco, Sevilla y Triana no son iguales. Ni mucho menos. Pablo abre el compás en la verónica, como en la otra orilla, mientras que junta los pies, de perfil, en el último tercio, como en San Bernardo o Alameda de Hércules. No daba un duro por este neopúblico de plaza de tercera, que pide música a su antojo y orejas con bajonazos, mas, de forma grata, han poseído la sensibilidad suficiente como para entender la categoría, la finura y la elegancia de algo no tan fácil de paladear: el toreo caro. No sé cuántas fotos o vídeos de Pepe Luis habrá visto este torero. Por momentos, he tenido la sensación de vivir en los primeros cuarenta, cuando Chicuelo comparecía esporádicamente, Manolo González comenzaba de novillero, Pepín Martín Vázquez casi mandaba en el cotarro (maldigo aquel incidente en Valdepeñas) y el Sócrates lideraba el escalafón, por delante de un tal Manolete. Lo de hoy, sin lugar a dudas, ha sido una completa y total borrachera de sevillanía. Esa simbiosis tan preciada y escasa: Sevilla, en Sevilla. Sobre el albero y en los tendidos. Con el capote, esas verónicas tan cadenciosas como despaciosas, ejecutadas a cámara lenta, abelmontando las medias. Eligiendo terrenos, distancias y observando condiciones, inteligencia de San Bernardo. Para muestra de esa reunión, entre habilidad mental y gracia, la brillantez, la limpieza y la transmisión en una faena de muleta llevada a media altura ("ay, aquel que consiga torear a media altura..."), como muchas veces cuajara el mismísimo Curro Romero. La ética del muletazo, cargado de verdad, enroscado a la cintura, cargando la suerte y poniendo el alma, esto es, encajando la barbilla en el pecho. La temporalidad adecuada en la faena, componiendo veinticinco muletazos caros, en tres-cuatro tandas, dejando al respetable con ganas de más. Y los pies juntos. Podrá sonar superficial, pero no. Evocar el hilo del toreo oriundo nunca debe caer en saco roto. Más, cuando su recurrencia no encuentra su motivación en algo inerte, sino que nace del interior.

Tengo grabados dos o tres kirikíes, cuatro naturales a pies juntos y un par de pases de pecho, de la misma guisa, con larguísima trayectoria y templada ejecución. Un ramillete de verónicas, a la altura de las de un genio de La Puebla del Río. ¡Cómo habrán sido! Hasta el bueno de Tristán hizo sonar la música. Y ese continuo orgasmo regocijador en el sexto, desde el recibo capotero hasta los gritos de "¡torero, torero!", pasando por los dos grandes pares de Iván García, el galleo del bú morantiano y esa tanda final, previa a la estocada, tan Manolo Vázquez, de frente y a pies juntos.

No sé, Pablo, cuánto habrás rezado a Nuestro Padre Jesús de las Penas y María Santísima de los Dolores, pero ese ápice de suerte, siempre tan necesario, unido a las aptitudes naturales (porque torero se nace y tú, lo has hecho), han creado un oasis en este desierto hispalense de incoherencias, incongruencias y bisutería barata. A partir de hoy, Sevilla tiene un torero a su altura, para entrar perpetuamente en Resurrección, ser consentido en sus fracasos y añorado en sus ausencias: Pablo Aguado Lucena.

miércoles, 10 de abril de 2019

Nacer en Sevilla y torear en Madrid

Morante. Beneficencia 2007 | Marisa Flórez
Pongamos que hablo de Madrid, como la canción de Joaquín Sabina. Por aquel entonces, capital en vías de europeización con sobredosis de casticismo. Una amalgama circunstancial atractivo-destructiva: fulanas sidosas, aristócratas drogadictas, yonkatas de extrarradio, abogados laboralistas, generales de división melancólicos, punkies, curas, dragqueens, monjas y cadenas rotas, por un lado, deseando volver a ser soldadas; o bien, mantenerlas desestructuradas definitivamente. Los toros, fíjense, eran, lo que hoy, Fortnite para un doceañero imberbe, o Netflix para un treinteañero frustrado, harto de cabecear reiteradamente contra el muro de las lamentaciones de las perspectivas vitales. O séase, una opción más entre tantas de la época: ácrata, atractiva, tradicional, progresista, transversal, sexy y nada politizada.

No pretendo continuar abrumando con la obvia transversalidad cultural, económica, política y social de la fiesta de los toros. Escribía sobre la Villa y Corte, ese maremágnum de viviendas, a su vez, insalubres y de alto standing, torres con sedes centrales de multinacionales y estaciones de metro incontables e inaprensibles. Cuántas veces habré errado en tomar para Pinar de Chamartín o Valdecarros. Porque esa es otra: la asimilación de tiempos y distancias, por parte del madrile, dista mucho del paradigma sureño. Veinte o veinticinco minutos andando no son nada. Once estaciones de metro, tampoco. Madrid y su cantidad de luces multicolores, como escuché decir al gran Casas Torcida en uno de sus coloquios, son como los cantos de sirena en La Odisea homeresca.

Asumámoslo: los neófitos en Madrid somos unos catetos. Ciudadanos de segunda clase, recibidores de hostias allá donde van y, de no espabilar, cotizan in crescendo. No por hostilidad de los más quintos, sino inadaptación a ese tren de alta velocidad diario. Ya lo dijo Sabina en una entrevista concedida a Jesús Quintero. También lo sentí, con trayectoria decreciente, en cada regresar, como cuando Camarón, interpretado por Jaenada, bajaba del tren, por primera vez, procedente de San Fernando, con ese aura de dios de los calés. O, yo qué sé, como cuando Curro mudó a Madrid para convivir junto a Doña Andrea, su madre, tras haber sido descubierta en la frutería sevillana habitualmente frecuentada.


No, no debe ser fácil nacer allí y torear aquí. Observen a esa mujer guapa del ascensor, camino a la menos tres, con ceño fruncido y hastío por bandera. Perdón. A esas mujeres guapas. En Madrid, encuentras muchas y distintas cada día. Aquel grupo de guiris nórdicas, reconfortando tibiamente tu madrileñismo cuatromesino. O a esa otra, estilosa y, a buen adivinar, de familia acaudalada. Será autóctona, amén de aquellas eses rimbonbantes a final de vocablo. De torear en Madrid, preferiría veinticuatro mil hijas que hijos de puta. Ya lo dijo Gallito: sin mujeres en el tendido, torear poseería poco o ningún sentido. También sentenciaba Ortega y Gasset que la sociología humana obtiene fidedigna y agravada representación a la hora de presenciar cualquier festejo taurino. Y, permítanme la expresión de nuevo, en términos de hijoputismo intencionado, las féminas ganan por goleada. Si Las Ventas es la primera plaza del mundo, máxima exigencia pues.

A la hora de lidiar, influyen variopintos y caprichosos factores: la voluntad del Altísimo, el viento, los toros y tú. Tú mismo, sobre todo lo demás. Emilio Muñoz jamás consiguió entrar, mientras que triunfaba sin cierta dificultad en Pamplona y Sevilla. Pepe Luis Vázquez, palabras mayores, sólo salió a hombros en 1942. Espartaco, un capitán de infantería llegado desde soldado raso con mili en Fuerteventura, en 1985. Morante de la Puebla, ninguna vestido de luces, con el mal sabor de aquella Beneficencia 2007 mediante. Y Curro. Eterno Faraón. Siete puertas grandes y la díficil facilidad de despertar enferma veneración en dos cosos tan importantes como distintos.

Visto para sentencia, señoría, vuescencia, señoritingo o a quien competa la historia, condéneme a torear eternamente en Sevilla, cual preso cristiano del XVI en galeras berberiscas. Porque Sevilla es mujer barroca, guapa, sencilla, humilde y profesadora de amor sincero. No necesita perfumes caros ni modelos de última temporada para conquistar a su hombre. Donde el buen fondo sobrepasa a la mejor de las formas. Y Madrid... continuará siendo Madrid. Centro neurálgico del meollo poderoso. Dichosa femme fatale. Interesada. Manipuladora. Adinerada. Caprichosa. Clasista. Bellísima, en su línea, como ninguna otra. Castiza y excesivamente moderna. Rubia. Por la que poner todo un Imperio de los Austrias en juego. Perderlo y ser olvidado, por no apellidarte equis y no ser nadie. Fría. Calculadora. Y con un Gran Poder precioso, mas, con todos mis respetos, ni esculpido por Juan de Mesa ni venerado en la Plaza de San Lorenzo.

jueves, 14 de marzo de 2019

El carro de Aguado

Excelso natural del sevillano | Róber Solsona
A lo largo de la trayectoria profesional de un aficionado a la tauromaquia, éste atraviesa etapas de diverso ánimo y signo. En primer lugar, todo es de color, como aquella obra maestra de Tele Palacios y Manuel Molina, encarnada por Jesús de la Rosa Luque. Seguidamente, uno comienza a descubrir lo desagradable y hampón de nuestra fiesta, sin bajar la guardia libidinosa y sí el papel moneda de la cartera. Por último, como estadio definitivo, guadianea, cual Chenel en sus temporadas mozas, alternando períodos de resignación, buscando calor artístico en otros senos, y amor a quemarropa. Como si una mujer nos hubiera sido infiel y acrecentáramos, todavía más, nuestra condición de perdidamente enamorados.

En esa tesitura, decidí encender la televisión para visualizar un festejo taurino. Para volver a volver, resulta necesario un aliciente apetitoso. Ése es Pablo Aguado. Un oasis sevillano (de dónde, si no) en el desierto fotocopiado y carente de personalidad. La atípica representación de lo típico: un toreo con acusada denominación de origen, aparentemente no reflejado en la personalidad pública. Se torea, como se es, en el fondo, no en la fachada. Pepe Luis Vázquez mostró seriedad y timidez ante los medios de comunicación y, vestido de luces, irradió justamente lo opuesto y codiciado: cátedra, garbo y naturalidad.

Ver torear a Aguado provoca remembranzas a esencias pretéritas, ubicadas por esos rincones tan especiales de Sevilla. Pongamos que hablo de Alameda de Hércules, Resolana o San Bernardo. No sólo por calidad de lances y muletazos, sino también por la inteligencia aplicada al minutaje de las faenas, longevas y reducidas según el toro, verdadero eje de la lidia. Nadie puede prever el futuro, pero a este joven matador le aguardan, si no las mieles, cierta admiración y respeto por parte de la afición, además de una seria oposición a heredar el trono de Sevilla.

Súbanse al carro, expresión ahora tan de moda. No ejerceré el apartheid meritocrático de ciertos inquisidores virtuales. Si no han pagado para verlo por los pueblos, vengan. Si lo descubrieron en Madrid, durante la pasada Feria de Otoño, también. Si presenció la alternativa en San Miguel 2017 y una clásica y maciza faena, frente a uno de Torrestrella, en la pasada Feria de Abril, imagino la existencia de billetes en preferente, pero, para algunos acomplejados e incomprensivos con este raquítico tiempo en el seno de la fiesta, continuará sin poseer suficiente pedigrí de cara a la membresía. No importa. Disfrutemos de la buena savia nueva.

sábado, 23 de febrero de 2019

El último paseíllo de Antonio Bienvenida

Momentos previos, al primer adiós, en Las Ventas (1966)
Desde 1995, Vistalegre ya no es tal, sino un palacio multiusos desposeído de cualquier tipo de ánima artística. Nunca falta un roto para un descosido: lo mismo da el acto fundacional de un partido político (por cierto, reconocido abiertamente como antitaurino) que la celebración de un campeonato de e-sports o deportes (?) electrónicos, pasando por partidos de baloncesto o balonmano. Atrás quedó “La Chata”, con capacidad aproximada para ocho mil espectadores, inaugurada, en 1908, conmemorando el centenario de la Guerra de la Independencia. Sufrió las vicisitudes propias de la Guerra Civil y, completamente demolida, fue restaurada y adquirida, en período de posguerra, por Luis Miguel Dominguín.

Podrán quitarnos la vida, pero jamás la libertad”, pronunciaba William Wallace. Efectivamente. El hospedaje de un festejo taurino, en un antro cubierto, no puede gozar de una vivencia tan plena como en emplazamientos de clásica estampa, pero, gracias a nuestra libertad, podemos honrar, recordar y rescatar episodios gloriosos del pasado. Imaginen viejas ruinas de domus romanas, ubicadas bajo unos grandes almacenes de una multinacional escandinava. ¿Por qué no alumbrar el esplendor de lo derruido?

Antonio Bienvenida, la maestría y el señorío personificados en el arte de torear, vistió de luces, por última vez, en la antigua Plaza de Toros de Vistalegre. Fue un 5 de octubre de 1974, con cinco reses de Fermín Bohórquez y una de Juan Mari Pérez Tabernero. Compartió cartel con Curro Romero y Rafael de Paula, quien, aquella tarde, rozara la perfección en el tercero. Alcanzó tales cotas de sublimación que José Bergamín tomó vivencias personales, pertenecientes a esta jornada, para escribir “La música callada del toreo”, obra publicada siete años después.

Retrasemos, aun más, la máquina del tiempo. Esta no fue la primera ocasión que el diestro de Caracas prometió no volver a lucir el chispeante. Un 10 de octubre de 1966, en la Monumental de Las Ventas, colocó las cartas sobre el tapete, optando por una encerrona, como fue usual en su trayectoria, ante ejemplares de Murube-Urquijo, Graciliano Pérez Tabernero, Montalvo y El Pizarral, saldando, aquella incierta despedida, con tres apéndices (uno, al segundo; dos, al quinto). Los dos años previos, esto es, 1964 y 1965, realizó, de igual manera, dos encerronas en “La Chata”, culminadas ambas con rotundo éxito. Resonó la primera, cortando cinco orejas a los de Moreno Ardanuy (procedencia Saltillo).

Su incorporación (no reincorporación, puesto que mamó el toreo desde su nacimiento), a la sociedad civil, resultó aparentemente fructífera, dedicando tiempo a la realización intelectual en prestigiosos círculos artísticos, recibiendo merecidos homenajes, prosiguiendo un negocio correspondiente a la venta de automóviles y… cómo no, enfocado al mundo del toro, simultaneando la crítica en “Blanco y Negro” y toreando festivales benéficos.




No sería tal cuando, un 18 de mayo de 1971, reaparece, en Las Ventas, junto a Andrés Vázquez y Curro Rivera, auspiciado por el calor producido en un festival lidiado, el año anterior, junto a Luis Miguel Dominguín. Doce días después, otra vez junto al diestro zamorano, cuajó un gran toro de Murteira Grave. De manera inteligente, Antonio Bienvenida planificó una última etapa parca en comparecencias, sin rehuir compromisos en plazas de responsabilidad. En 1972, lidió 20 festejos. Al año siguiente, 17. Y, en su última temporada como matador de toros, 11.

Con treinta y dos años de alternativa (recibió el doctorado un 9 de abril de 1942, apadrinado por su hermano Pepe), influenciado por el fallecimiento, ese mismo año, de su madre, la sevillana Carmen Jiménez, decide poner punto y final a su carrera profesional. Le prometió tranquilidad en sus últimos años de vida. Incumpliendo la promesa, superado por el veneno del oficio, pareció tomar la decisión a título póstumo.

El hijo del Papa Negro vistió, aquella tarde, el capote de paseo negro de Joselito El Gallo, combinado con un terno grana y oro. Estoqueó a “Genovés” y “Ventanero”, pertenecientes a la ganadería de Fermín Bohórquez. Mencheta, corresponsal de ABC en el festejo, describió así la postrera actuación: “en el primero, lancea sin lucimiento. Intenta hacer faena, pero el toro se le cae en cada pase, con la consiguiente bronca del público. Consigue, no obstante, algunos derechazos con su habitual maestría y mata de media estocada. División de opiniones; en el cuarto, lancea muy bien, para rematar con media. Quite por verónicas. No se acopla con el toro, a pesar del intento por ambos lados, por lo que desiste de hacer faena. Mata de pinchazo y entera. Aplausos y saludos desde el tercio”.

Ya no vivían Manuel y Carmen; tampoco Manolo, Pepote y Rafaelito. Sí ‘Lurdy’, como apodara cariñosamente a su hermano, casi gemelo, Ángel Luis, dedicándole un sentido y sincero último brindis:“Por los malos ratos que te he hecho pasar. Te prometo que ya no vas a sufrir más”. Lamentablemente, el contenido de la dedicatoria no obtuvo fiel reflejo en la realidad. Continuó participando, en festivales, a lo ancho y largo de la geografía nacional. El último, en Tamames de la Sierra, provincia de Salamanca.

Pasado un año desde el adiós, por todos es, de sobra conocido, el inmerecido y trágico desenlace de Don Antonio Mejías Jiménez, eterno ejemplo de arte, clase, honradez, maestría y señorío ante quien aspire a la plena realización profesional en el oficio de matar toros. Para finalizar, me permito la osadía de parafrasear al personaje encarnado por Mel Gibson: “podrán quitarte la vida, pero nunca tu legado”.

PD: Con la finalidad de no descentrar el objeto principal de este artículo, he desistido de insertar la gran actuación de Rafael de Paula en el festejo. Sin embargo, pinchando aquí, puedes disfrutar del documento audiovisual.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Savoir d’où vient le vent: la furgoneta de Morante

Morante y Abascal, frente al mausoleo gallista de Benlliure | @AbeInfanzon
Hace relativamente poco, descubrí el punch retórico de las expresiones en francés. Imagínense, en Vic-Fezensac, durante Pentecostés, derramando medio vodka con limón a un gabacho. El fulano, visiblemente enrojecido por ira y no ebriedad, frunce el ceño y empieza a balbucear vocablos napoleónicos. Con total probabilidad, esté recordando cuatro generaciones atrás de tu árbol genealógico, pero, traduciéndolo, escuchas como si pronunciara un te quiero.

Algo así sucede con VOX y la fiesta de los toros. Resulta, de mayor conveniencia, oír loas, cariño y palabras bonitas, donde, realmente, la intuición da a entender la existencia de mera relación conveniente e interesada electoralmente. Abandonando, a un lado, propuestas políticas ajenas a tauromaquia, la formación de Santiago Abascal ha encontrado un target neopunk en los nuevos parias de la inquisición moralista del actual siglo, agresiva y coercitiva contra cualquier creencia o manifestación con connotación tradicional, llámese cristianismo, tauromaquia o patriotismo.

Precisamente, hipocresía, mirada soslayesca y acomplejamiento ridículo, en el seno de los partidos mainstreams y neotradicionales, han posibilitado el auge de nuevos vientos. En 2014, Podemos protagonizó una gesta, de similar calibre, en los comicios autonómicos y generales. Remontándonos al convulso siglo XX, el período de entreguerras (1918-1939) propició gobiernos comunistas y fascistas en grandes potencias mundiales, desembocando en el desastre bélico de la II Guerra Mundial. La historia, en mayor o menor medida, es cíclica.

La demagogia y el populismo, siempre tan agarrados de la mano, utilizan la popularidad de personajes públicos, pertenecientes a la esfera objetivo, para causar sensación de agrado y aceptación entre la masa perteneciente al sector. Además, con el agravante de la era smartphone, privacidad diluida mediante, la notoriedad de cualquier gesto se multiplica por seis. Morante de la Puebla, genio de nacimiento, excelente torero y, como resultado de este cóctel, personaje controvertido (amor u odio), ha caído en las redes interesadas de VOX, protagonizando un viraje intelectual, tan respetable como criticable, digno de Jorge Vestrynge o Federico Jiménez Losantos. De Bergamín, a Abascal, pasando por García-Trevijano. Cierto es que, la alimentación literaria, puede provocar transformaciones en el pensamiento político.

No, por ello, debemos ensalzar la censura del libre ejercicio de derechos y libertades civiles, bastante presente entre gran cantidad de aficionados. ¿Acaso el malogrado Sánchez Mejías fue menos torero por actuar también como dramaturgo, periodista o mecenas cultural? ¿O Antonio Bienvenida, por mostrar abiertamente su fe católica y pertenencia al Opus Dei? ¿O cualquier torero decimonónico, partidario, durante la Guerra de la Independencia, de José Bonaparte o Fernando VII; o, unas décadas más hacia adelante, blandidor de su espada en pos de la causa carlista o cristina? Es decir, ¿la profesión de matador de toros prohíbe la compatibilidad con otras profesiones?

Albert Rivera y Serafín Marín | Twitter
Con el éxito de VOX y sus doce escaños, espero que Morante no se arrepienta, en un futuro a medio plazo, de haber arrimado, a la lumbre liberal-conservadora andaluza, a una hipotética organización traidora de sus principios teóricos y originales en relación con la defensa y promoción de la fiesta de los toros. Para muestra, esta instantánea: Albert Rivera, junto a Serafín Marín, matador de toros catalán más insigne de nuestros días. Tomada en tiempos de siembra electoral, con afán prohibicionista catalán de por medio, el tan hispano político aprovechó para salir guapo en la fotografía, compartiendo, de manera injusta, gloria con el héroe de luces.

En tiempos de cosecha, el trajeado de seda posicionó, su erguida figura, de perfil, utilizando, como triste marioneta, al vestido de luces, tristemente arrinconado por realidades internas y externas desfavorables. La naranja política faltó, falta y continuará faltando a su palabra. Los del nombre en latín, con recién estrenada representación parlamentaria, no han tenido tiempo para demostrar nada, más allá de presuntas buenas intenciones hacia la fiesta. Tal vez, futuro papel mojado. Quizás, proyectos serios por venir.

Si, taurómacamente hablando, la apuesta funciona y, me das la venia, Morante, montaré en la furgoneta, para los próximos comicios, vistiendo camiseta floreada, conjuntada con pantalón chino de color chillón. Qué más dará si vuelvo a introducir la papeleta de Gallito en el sobre verde.