miércoles, 25 de abril de 2018

Pinceladas maestrantes

Tercio de varas en la Real Maestranza

Finalizado el ciclo continuado y otorgados los correspondientes galardones, cada aficionado incorpora, a su particular reportaje fotográfico mental, aquellos fragmentos dignos de remembranza con el suceder de las temporadas. "¿Te acuerdas de aquel estoconazo de Menganito?", preguntan. "¡Cómo no! Si estuve allí y aún conservo, como oro en paño, la entrada", respondemos con cierto grado de altivez.

Huelga aclarar, en primer lugar, la imposibilidad de incluir ciertos fragmentos audiovisuales, puesto que no poseo los susodichos archivos. En segundo lugar, la selección obedece a criterio y gusto exclusivamente personal, sin intención de dejarme arrastrar por la corriente de lo políticamente correcto y el agrado a la mayoría.


Resurrección suele ser blanco de grandes expectativas. La magnanimidad y los días de calendario sin celebrar festejo (desde San Miguel) provocan semejante avalancha de esperanzas, finalmente acalladas por la propia inercia de la tarde. Con Ferrera desafortunado y Manzanares sin inspiración, Andrés Roca Rey apartó su heterodoxia, plagada de espaldinas y toreo efectista, para encandilar a un pueblo maestrante ávido de clasicismo. Mano baja, poderío y recorrido, culminados con estoconazo medio recibiendo.



Lamento repetir este fragmento, pero la actuación de Pablo Aguado no merece quedar fuera de esta seudoantología. Cortando un sólo trofeo en el comienzo de ciclo continuado, el espada homenajeó, de frente y a pies juntos, a todo un Manolo Vázquez. No me atrevo a firmar la defunción del toreo sevillano con la cercana retirada de Morante de la Puebla, pues en Aguado encuentra un perfecto continuador de la dinastía hispalense, fundada por Chicuelo, continuada por Pepe Luis y Manolo, y rescatada por Morante.



Al César lo que le pertenece, para bien y mal. La corrida de Garcigrande, aportando gran juego y pésima presentación, posibilitó un triunfo rotundo para El Juli. El indulto de Orgullito, no exento de polémica, redondeó una tarde donde Chumbo ya destacó. ¿Fue merecido el perdón? Para gustos, colores. Personalmente, si consultamos requisitos en el Reglamento, resalta la necesidad de excepcional comportamiento en varas, inexistente durante la lidia de este quinto ejemplar de la tarde. No obstante, dotado de motor y clase en el último tercio, contó con petición cuasi unánime del respetable. El criterio del público, dotado de soberanía por pagar, no conocer, cada vez suscita mayor confrontación con la esencia misma de la fiesta.


Toros de Núñez del Cuvillo para Sebastián Castella, José María Manzanares y Alejandro Talavante. Cómo mata el alicantino, sevillano de adopción. En una feria donde mala ejecución e incorrecta colocación abundaron y no contaron con adecuada reprimenda del público, Manzanares ha obtenido el galardón a mejor estoqueador. No me extraña. Una delicia observar su inteligencia a la hora de escoger coordenadas para acabar con su oponente (suerte natural o contraria; recibiendo, encuentro o volapié), teniendo en cuenta las características mostradas por el toro (recorrido y querencias) durante la lidia.



Tercera y última comparecencia para Alejandro Talavante. Sin brillo en las anteriores, recordé aquella "mandanga" de Paco Camino que tanto resaltó Antonio Díaz-Cañabate en sus temporadas como crítico para ABC. La siniestra mágica del pacense evocó, por destellos, a aquellos compases de 2007, con ese natural eterno. Tras dos temporadas matando sin brillantez, decidió tirar de pundonor y recibir un golpe dificultoso para su respiración. Finalmente incorporado, cortó oreja (debieron ser dos). Aún continúo sin entender, por momentos, la frialdad de la afición sevillana hacia este matador. El partidismo acusado posibilita, en muchas ocasiones, dotar de mayor recompensa a quienes, por méritos, merecieron menos.



Los más toristas recelan del Miura actual, argumentando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esa vieja costumbre de idealizar el pasado no nació antes de ayer. Pepe Moral continúa su romance con Zahariche por segunda temporada consecutiva. Forma ortodoxa y pura de lidiar ante uno de los ejemplares menos concesores de la cabaña brava. Cuando la Puerta del Príncipe parecía entreabierta, la inclemencia temporal y un mal toro se aliaron para dejar al palaciego, una vez más, con la miel en los labios. Quién sabe si será en la Feria de Abril 2019, pero tres orejas en dos festejos y una ejecución estilística, del gusto maestrante, merecen mayor protagonismo.

Emilio Muñoz (izq.) y Pepe Moral (der.) | Arjona
Cuatro o cinco asientos a mi derecha se encontraba, aquella tarde, Emilio Muñoz, ejerciendo funciones como comentarista televisivo. Resulta fascinante observar la vigencia del hilo del toreo (José Alameda dixit) en composición y forma: compás abierto, zapatillas asentadas, peso sobre la pierna de salida (esto es, cargar la suerte) y recorrido largo de muletazo.

domingo, 15 de abril de 2018

Pablo Aguado desempolva a Manolo Vázquez


En el ecuador del cartel sevillano, primera de ciclo continuado y tercera de abono, sucedió lo más destacado de la tarde. Si bien, para apreciar tales detalles, en su adecuado contexto histórico-técnico, se requieren conocimientos previos, la sevillanía de Pablo Aguado (cortó oreja al sexto de la tarde), con esta tanda de frente y a pies juntos, desempolvó un eslabón casi originario de la dinastía Vázquez: Manolo, hermano menor de Pepe Luis, cuya reaparición en los ochenta, junto a Antoñete, trajo, de vuelta, maneras estéticas enterradas y vilipendiadas por la heterodoxia cordobesista.

domingo, 1 de abril de 2018

Evocación al Domingo de Resurrección



Jesús ha resucitado al tercer día. El azahar, a compás con la estación primaveral, ha florecido afanoso. Es domingo, mas no uno cualquiera. De Resurrección, damas y caballeros. El cerrojo maestrante vuelve a emitir su particular sonido antes que la irrupción de la Banda de Maestro Tejera, finalizando su etapa en Semana Santa y comenzando la temporada taurina. Hace calor en sol y sombra, poblados heterogéneamente por pueblo llano y aristocracia, mostrando esa conjugación contrastada hispalense, tan característica en nuestro acervo festivo-popular (Semana Santa, Feria de Abril y Real Maestranza de Caballería). Jornaleros tostados en el doce, abanicados gracias al programa de mano correspondiente. Señoritos en primera de barrera, con traje a medida y consumición a doce euros en las dependencias internas de este, nuestro bendito y magnánimo coso. Mujeres guapas y elegantes, colindando en las últimas localidades soleadas, a quienes no me importaría solicitar venia para compartir asiento y recitar El Cossío a modo de libro sagrado, mientras relaciono lo acaecido en el ruedo con una teórica made in José Alameda, Gregorio Corrochano o Joaquín Vidal. De paso, una anecdotita castiza de Antonio Díaz-Cañabate o José María de Mena. Señoritas acompañando a señoritos, perfectamente pertrechadas para cumplir su cometido: figurar en día de postín y no representar más su teatrillo particular hasta el año venidero. A caballo entre extremos, fulanos como servidor, ubicados en sol y sombra del seis o nueve, según se dé. Ejerciendo como clase media. Desconozco si fue José Ortega y Gasset quien equiparó el pópulo de la plaza de toros a la sociedad española, pero no se equivocaba.

También sentenció Gallito lo de las gachís (“algunas veces, en esas tardes fatales que tiene uno, cuando casi con las lágrimas saltadas se dejan los trastos de matar y se refugia uno en la barrera, al volver la cara al tendido, en medio de la hostilidad de los que gritan, se tropiezan nuestros ojos con los ojos bonitos de una gachí que, con la caricia de su mirada compasiva, quiere consolarnos”), no sólo aplicable para matadores y muy en relación con las damas referidas anteriormente. Día señero en absoluto significa triunfo asegurado, aunque sí ilusión a raudales (corrida de expectación, corrida de decepción). Suceda cuanto quiera, bueno o malo, ahí están ellas: acicaladas hasta los tuétanos, bien vestidas y portando abanico en gran porcentaje, recordando aquel lenguaje de signos ya prácticamente extinguido. El toro no vale un ápice. Incluso el matador ha optado por la espada buena, la de verdad, desde primer momento. Ha pegado cuatro pases quitamoscas y, de repente, te abstraes del meollo hasta el próximo, perdiendo la mirada en aquella de tres filas abajo o seis asientos a la derecha, también harto desencantada con la primera bala desaprovechada por su matador favorito. En el momento menos esperado, ha percatado tu mirada. Debes echarle bemoles, porque un mal movimiento delata al más ducho. O mantienes la mirada unos segundos e, inmediatamente después, apartas esta progresivamente, disfrazándolo como casualidad; o, en cambio, nada más observar aquella reciprocidad, desvías mucho y rápido las pupilas, pretendiendo desdibujarlas del globo ocular. Cuán sencillo y bonito fue siempre un intercambio de miradas, paladeando el lento perecer mental de aquellos ojos verdes, tono Real Betis Balompié, o azul añil. 

 Antes de acceder a mi localidad, he practicado mi particular ritual. En El Picadero de Calle Almansa, cerca del templo, gusto de beber par de whiskycolas. Tengo que consumir en las mesas externas, situadas en la vía pública (a Juan Espadas no le gusta esto), para poder fumar, sin problemas legislativos, dos o tres cigarrillos. Llevo pensando en la corrida desde días atrás y, en estos momentos, confluimos varios aficionados, venidos desde todas partes de la geografía nacional e internacional. Con mayoría local, algunos van pasados de rosca e interaccionan, empujados por el efecto desinhibidor del alcohol, alardeando amistad de equis matador, apoderado o ganadero, relatando alguna anécdota acogida con escasa veracidad. Pasados los años, de esta guisa, descubrí cierta una vacilada contada por un señor mayor y, desde entonces, escucho atentamente, aunque continúo sin creer acérrimamente. Los tejemanejes, berenjenales y vergüenzas no son aireadas bajo el manto del atrezzo público de los medios de comunicación, sino en esta clase de seudotertulias contemporáneas. 

Seguidamente, en estado de semi-inspiración, más a gusto que un arbusto, auspiciado por ese matrimonio de conveniencia entre alcohol y tabaco, ando hacia Calle Castelar, lugar del famoso hotel donde descansan la mayoría de matadores actuantes. Desde que partí de casa, llevo almohadilla y capote en una bolsa. Pinzando un rotulador negro cerca de la esclavina, lo tomo y coloco el capuchón en la parte contraria para buscar la firma estampada por la parte anterior. En infinidad de ocasiones, he disfrutado más estos momentos que una corrida monótona y sin ángel. Con mucho respeto e intentando atosigar lo mínimo posible, uno observa la cara contrariada del espada que, amablemente, atiende a toda clase de aficionado, tanto educado como maleducado. En Sevilla, casi todos lucen traje de estreno y, gracias a los rayos de luz artificial o natural, oro o azabache deslumbran esplendorosamente, irradiando, si cabe, mayor majestuosidad a la escena. Sientes cerca a un dios terrenal, artista y gladiador simultáneo, palpando discretamente para comprobar que también es de carne y hueso. Los picadores han partido algunos minutos antes, a pie y con pata de hierro a cuestas. Cuadrilla y matador aguardan dentro de la furgoneta hasta que el gentío se diluye y pueden iniciar tránsito hacia Calle Iris. 

Reconozco que, con el paso del tiempo, he dejado de acudir a Calle Iris. Con mucho disgusto, eso sí. Un marco inigualable como precuela al rito. Callejoncito corto, atestado de gente y con una vivienda antiguamente en propiedad de Antonio Ordóñez. Los toreros andan lo más rápido posible, escoltados por la Policía Nacional y algún subalterno con malas pulgas, por lo que resulta casi imposible estrecharle la mano y, mucho menos, obtener algún recuerdo de la tarde. No dispongo de tiempo material para caminar desde Castelar hasta Iris. Además, las furgonetas arriban justas de tiempo y, en ocasiones, juntas. La contrarreloj desde ahí hacia el tendido supone un barullo desagradable en días de gran afluencia de público, véase Resurrección. Ojalá hubiera poseído la virtud de la omnipotencia y poder disfrutar de momentos tan especiales. 

Tras superar con éxito el pasaporte hacia el interior del coso, subo las escalerillas eternas hasta desembocar en el vomitorio de mi grada. Actúa este lugar como la antesala al mismísimo cielo. Cuando sobrepasas el acceso, no queda sino postrarse ante la armonía de un paraíso terrenal. Todo fascina, desde la arquitectura hasta el albero ocre. Las gentes esbozan sonrisas cómplices y recíprocas, denotando admiración hacia el lugar donde tomarán asiento. Mirarán extrañados durante el paseíllo, echando de menos a su Morante, torero sevillano y de Sevilla, que no es lo mismo. ¿Quién, décadas atrás, hubiera imaginado una fecha tan señalada como el Domingo de Resurrección sin Curro Romero, Pepe Luis Vázquez, Gallito o Juan Belmonte? Suena la música, enciendo un habano y que Dios reparta suerte. A disfrutar.  

sábado, 10 de marzo de 2018

Morante de la Puebla y el hilo del toreo

Anya Bartels

"Aunque el toreo está en continúa reinvención para adaptarse a las exigencias de los públicos y a las cambiantes condiciones de los toros que se lidian en cada época, existe un hilo invisible que recorre toda su historia desde arriba hasta abajo. Es el hilo del toreo [...] Un hilo que subyace debajo de formas, modas, épocas, tiempos y modos. Un hilo sutil e invisible, como la técnica de los toreros artistas, pero muy resistente. Tan resistente que nunca se rompe".

Con estas palabras iniciales de José Morente, queda sintetizada la teoría creada por el crítico hispano-mexicano Carlos Fernández y López-Valdemoro, también conocido como José Alameda. Fallecido en 1990, con mayor reconocimiento, injustamente, en Latinoamérica que en España, jamás pudo observar a las figuras del toreo actual (exceptuando a Ponce y de novillero), pero, con unos cuantos siglos de historia a cuestas, la tauromaquia a pie descansa sobre esta sabia sentencia de Juan Belmonte: "en el toreo siempre sucede lo mismo; sólo cambian los nombres".

¿Acaso representa alguien mejor esta tesis lineal que Morante de la Puebla? Hogaño, absolutamente no. Gran parte de la crítica, perenne en sus trincheras de intereses particulares, infravalora y desprestigia las cualidades artísticas y técnicas del matador cigarrero, cuyo poso, con el suceder de las temporadas, cuajará con justicia, como sucedió anteriormente con otros diestros artistas (Rafael de Paula). Quienes hoy son venerados en altares, ayer fueron duramente cuestionados y vilipendiados. Dos ejemplos con envergadura: Gallito y Manolete.

No queda atrás el público, soberano, en tanto en cuanto paga el papel y sustenta la fiesta. No obstante, cabe diferenciar entre afición y público. Cada vez abunda más lo segundo y pervive menos lo primero. Por público no sólo entiendo al turista harto al tercer toro (¡si siempre sucede lo mismo, oiga!), sino a aquel figurante, harto de gastar billetes, sin interés por comprender absolutamente nada y ocupador de su localidad para presumir en su círculo social más próximo. La afición es definida perfectamente por Joaquín Vidal. Incluso dentro esta última, prejuicios y vicios, adquiridos con los años, ciegan o modifican ostensiblemente hipotéticas valoraciones.

Morante es el crisol donde se funde la historia de la tauromaquia, dentro y fuera del albero. Detalles observados tras visionar filmaciones antiguas, practicados en tentaderos y culminados (o frustrados) en la plaza. Patillas decimonónicas, propias de Paquiro o Cayetano Sanz. Personalidad singular y provocadora de sentimientos encontrados. Nexo intercultural del toreo con otras artes, siguiendo los pasos, tal vez inigualables, de Belmonte y Sánchez Mejías. Y estandarte de torería, cualidad codiciada y escasa.

Como una imagen vale más que mil palabras, no queda sino demostrar por tales cauces:


Verónica agitanada, por Curro Puya 







Chicuelina, por Manuel Jiménez 'Chicuelo'







Inicio en el estribo, por Ignacio Sánchez Mejías







Cartucho pescao' (sic), por Pepe Luis Vázquez






Cartucho pescao' (bis y sic), por Pepe Luis Vázquez







Molinete, por Juan Belmonte







Caricia de asta, por Gallito







Ayudado sentado, por Rafael El Gallo







Estocada, por Curro Romero


lunes, 5 de marzo de 2018

El aficionado puro

Monumental de Las Ventas | Flickr

"El aficionado puro, ese camina quedo, para, mira, calla. El aficionado puro parece que mira, pero en realidad no ve. La ilusión de la corrida ocupa su pensamiento y sueña toros bravos, lidiadores expertos, artistas de la tauromaquia. Al aficionado puro, lo primero que le interesa del cartel es la ganadería y la hora de comienzo de la corrida. Los espadas, con ser muy importantes, constituyen un factor secundario en sus motivaciones, pues, toree quien toree, acudirá al festejo en cualquier caso. No suele alentar partidismos y lo mismo elogia hasta la excelsitud la actuación de un torero una tarde, que destruye analíticamente la siguiente. Algunos aficionados, cuando se les pregunta cuál es su torero favorito, se sienten ofendidos por la duda y responden severamente:

– Yo no soy de nadie; sólo del que lo hace.

Su exigencia es que salga el toro íntegro; que la lidia se ajuste a las reglas; que la presidencia cumpla y haga cumplir el reglamento. Si, además, hay toreo bueno, ésa ya será la felicidad. El aficionado puro vive la corrida desde sus prolegómenos, se fija en todo cuando sucede en el ruedo y en el callejón; observa, estudia, analiza, correlaciona; posee un sentido de la justicia estricto y su primer objetivo de defensa es la fiesta misma. El aficionado puro es beligerante con todo cuanto atente contra la autenticidad del espectáculo, con aquello que lo desnaturalice. Pero no es intransigente a ultranza, pues, en sentido contrario, cuando hay toro íntegro, lidia verdadera, mérito en el lidiador, se hace de miel. El aficionado puro, en realidad, es un bendito de Dios.

El aficionado puro, entre corridas, se documenta, lee tratados de tauromaquia, y es normal que posea sus propios cuadernos de notas donde recoge minuciosos datos de toros y toreros, el apunte crítico de cada corrida presenciada. El invierno, que ya no es temporada, se le hace larguísimo, aunque lo aprovecha para estudiar nuevos tratados, ensayos y biografías, y sigue atentamente el desarrollo de la temporada americana, que, durante la invernada española, está en todo su esplendor"

Joaquín Vidal, "El toreo es grandeza" (págs. 61-62)

sábado, 24 de febrero de 2018

Ignacio Sánchez Mejías, en Nueva York

"Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena"

Federico García Lorca

Preparado para practicar boxeo | ABC.es

Para derribar el manido tópico de barbarie e incultura, sólo necesitamos bucear en la longeva historia de la tauromaquia. Cierto es, por un lado, el surgimiento de espadas desde las capas más llanas y, a veces, analfabetas de la sociedad, pero no podemos negar la importancia de figuras como Juan Belmonte o Ignacio Sánchez Mejías dentro y fuera del planeta de los toros, en interrelación con otros ámbitos culturales.

1927. El peculiar matador abandonó los ruedos por segunda ocasión (anteriormente, en 1922). En plenitud de facultades psicofísicas para practicar la profesión, la hostilidad del aficionado ante sus comparecencias, como ya sucediera con Guerrita o su cuñado Gallito, provocó el abandono de los cosos, no sin contar con la presencia de Rafael Alberti, una tarde veraniega, enrolado en su cuadrilla.

No podemos afirmar el absoluto pensamiento en torero por parte de Ignacio, pues, desde bien pronto, destapó, en público, tremendas aptitudes e inquietudes artísticas. Sin ir más lejos, en 1925, pronunció una conferencia en Valladolid, deleitando al público con la lectura de fragmentos pertenecientes a una pieza narrativa de cosecha propia. A lo largo de esa misma temporada, el diario La Unión contó con su pluma para la redacción de crónicas taurinas, valorando, con honestidad, fracasos y triunfos propios.

En disconformidad con esta prima intromisión y, con total seguridad, animado por camaradas contertulios de la Generación del 27, tomó bolígrafo y papel para estrenarse como dramaturgo, a lo largo de 1928. Primero, "Sinrazón", en Madrid; después, "Zaya", representada en Santander. Fascinado por flamenco, deporte, literatura y teatro, pareció olvidar al toro, aunque siempre permaneció presente, en alma y mente, durante toda su existencia.

Junio, 1929. Federico García Lorca, desengañado y depresivo tras finalizar romance con el escultor Emilio Aladrén, decidió migrar, junto a Fernando de los Ríos, hacia Nueva York, enmascarado en el aprendizaje de inglés y la composición de un futuro libro de versos ("Poeta en Nueva York"). Sánchez Mejías, deslumbrado por el éxito, allende los mares, de "El amor brujo", creado por Manuel de Falla, bocetó "Las calles de Cádiz", buscando la ayuda del poeta granadino para guionizar el espectáculo. Esta obra, con La Argentinita como protagonista, provocó la migración del matador hacia Estados Unidos.

Presentes en territorio yanqui, no faltaron tertulias hasta el amanecer, imitando las nocturnas de Pino Montano. Esta vez, las paredes del Royal Café escucharon la propuesta-trueque de García Lorca a Sánchez Mejías: mi guión por tu conferencia sobre tauromaquia. El matador de toros, reticente en principio, no dudó en aceptar, siguiendo fielmente su estilo arriesgado y aventurero.

Siguiendo la línea de Pepeíllo, Paquiro, Guerrita o Domingo Ortega, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, el cariz ensayístico-pedagógico de la comparecencia del diestro en la Universidad de Columbia. O séase, la "Tauromaquia de Ignacio Sánchez Mejías", destacando grandes conceptos:

Junto a Galerín, crítico taurino | Archivo familiar Sánchez Mejías

TAUROMAQUIA.– "Es la ciencia del toreo y el toreo es la ciencia de la vida. Saber torear es saber vivir".

EL TORO Y EL TORERO.– "El toro es el principal protagonista de la Fiesta. El que embiste; el que acomete; el que quiere enganchar al torero para herirle o matarle. Es el peligro, la muerte. El torero, que sortea el peligro, burla a la muerte, traficando con ella, el hombre que crea unas reglas, un arte para no morir; el que se enfrenta con el toro, con el peligro, con la muerte y, en sus propias narices, elabora su triunfo, conquista su bienestar y gloria".

EL CABALLO.– "Pacta con el hombre, contra el toro, contra la muerte".

EL CAPOTE.– "Es un trozo de seda de varios colores, utilizado para llamar la atención del toro, para atraerlo, para invitarlo al juego, a la lucha. También sirve para trastearlo, adivinar sus intenciones, para establecer la categoría del peligro. El toro abanto, corretea, va y viene de un lado a otro, hasta que encuentra nuestro capote, como la idea vagabunda que un día se para en nuestros pensamientos. El capote es la imaginación del torero".

LA PICA.– "Es la garrocha del picador; su misión es herir suavemente al toro en el morrillo, que es el sitio de la muerte, mientras los cuernos tiran cornadas al aire. La herida hecha en el cuello del cornúpeta es como un carril, una vereda que se abre para nuestro camino, para nuestra seguridad; es como un túnel que hace posible el recorrido por debajo de la muerte, por debajo de la nada, hacia la vida, hacia el ser".

LAS BANDERILLAS.– "Son las flores que el torero fácil, el torero dominador, el torero seguro... pone esquivando la muerte. Es una suerte a cuerpo limpio; es la manifestación poética del lidiador que la practica. Es sólo un derroche de alegría infantil, que se descara inconscientemente con el peligro".

LA MULETA.– "Es la herramienta en los trabajadores del toreo. El que la domina, sabe manejarla y conoce sus secretos, juega tranquilo con el peligro, con la muerte. La muleta es el pararrayos de las cornadas; la maquinilla donde la muerte se estrella".

EL ESTOQUE.– "Es el rayo de plata y sangre que tiene en la mano derecha todo el que triunfa de la muerte".

LA PUNTILLA.– "Se clava en la nuca del toro rebelde, del enemigo marrajo, del de la muerte moribunda, que se empeña en estropear nuestro triunfo con las malas artes de la resistencia".

EL PÚBLICO.– "Va al sol o a la sombra. El sol es la entrada barata e incómoda; está casi siempre situada a la izquierda de la presidencia  y la frecuenta el pueblo. La sombra es la localidad cara, confortable y presumida, a la derecha de la presidencia; la frecuentan la aristocracia, los militares, el clero y las mujeres. Las mujeres, en todos los espectáculos de la vida, tienden a acomodarse a la sombra, entre los clérigos y los aristócratas, frente al pueblo".

LA BRAVURA DEL TORO.– "Tiene un sitio donde nace; lo mismo que el petróleo tiene un sitio donde brota. La fiereza del toro la da la hierba que nace del suelo y, a tal extremo, es esto cierto que, cuando una ganadería entera cambia de un lugar a otro, aun dentro de España, se hace mansa a la tercera generación. Es de vital importancia, para la ignorancia extranjera, aclarar esto: al toro bravo se le cambia de terreno y a los veinte años nace manso. Por el contrario, al inofensivo se le lleva al terreno donde se cría el bravo y a los veinte años es una fiera. Al toro bravo de Andalucía, Castilla o Navarra, se le lleva a Inglaterra o Norteamérica y acaba dejándose acariciar por el hombre. Y a la inversa, al astado inglés o norteamericano se le lleva a los cortijos andaluces y en varias generaciones embiste como si fuera de Miura, pasea su furia por el mundo, en medio de los gritos de una civilización indefensa".

LA CRUELDAD DE LA FIESTA.– "Es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera. El día que la curiosidad del mundo repare en este pequeño detalle se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros, de ese deporte viril de una raza, que hizo de este planeta que habitamos un paseo, porque nos ha acostumbrado a jugar con la muerte, entre los cuernos de los toros bravos. En resumidas cuentas: el toro bravo sólo sirve para la creación artística a que da lugar, con una lidia de tal emoción y belleza que, aunque el toro fuese una palomita, tendría su justificación".

Observando al toro desde el estribo

Tras esta batería de conceptos desarrollados, profundizó en la obra símbolo de la literatura hispánica: El Quijote. Demostrando excelso conocimiento de Alonso Quijano y Sancho Panza, señaló: "El caballero manchego sabe lidiar y librar a su caballo de la cornada. Sabe nadar y guardar la ropa, para lo que no sirve, en cambio, su fiel criado, quien sólo se preocupa por la comida. Es la perturbación de su amo. Su rémora, su ancla. Es la amargura del triunfo de su señor. El hacha que poda todas sus alegrías e ilusiones. Don Quijote tiene su cuerpo lleno de heridas, de cornadas propinadas por los toros. Porque el toro hiere y mata. Es la muerte. Al hidalgo castellano le cogieron algunos toros y hubo uno, el terrible toro del norte, que a punto estuvo de matarlo. Pero él no se dejaba atrapar fácilmente. Para evitarlo, tiene su arte, su tauromaquia. Él sabe que, cuando los toros son fuertes y poderosos, lo mejor es cambiarlo de terreno, llevarles de un sitio a otro, abriendo nuevos horizontes a la vida. Ése es el arte de torear. Don Alonso Quijano descubrió que el mundo tiene forma de ruedo; que es redondo por los cuatro costados. Y, como sabía torear, cuando vio que el toro le comía el terreno, lo cambió de tercio; de la mitad vieja del mundo a la otra mitad; a la mitad nueva del mundo. Y eso lo puede hacer solamente el que está acostumbrado a torear a todos los toros en todos los terrenos. Así lo hizo él, aunque al precio de derramar su sangre. Don Quijote ha regado más d emedio mundo con su sangre, enseñando su arte, de ser y de estar, eternamente, por los siglos de los siglos, dormido y despierto, a toda hora y en todo lugar".

El público, boquiabierto y foráneo, atendió a sus últimas disertaciones, referentes, de nuevo, a la crueldad de la fiesta: "España, país de artistas, de cuya sensibilidad no puede dudarse, presencia las corridas de toros sin darle importancia a la sangre, porque hay otros valores implicados en la fiesta. España, Roma, Grecia... Van a la plaza, al circo, al Olimpo y enseñan, en la puerta, su certificado o credencial de educación artística. El torero se juega la vida a cara o cruz, sin más ventaja que su inteligencia. La superioridad física es del toro, que dispone de la muerte y tiene la intención de utilizarla. El toro es la bala segura que viene derecha a matarnos. La virtud del torero está en no asustarse de la muerte [...] No se puede hallar un detalle que compita en belleza con la realización artística del toreo. Es verdad que muere el toro y puede morir el torero. Pero... ¿cómo? ¿y por qué? El toro muere repleto de furia, de soberbia, de odio... por matar. El torero, vestido de sea y oro, sobre el amarillo albero, bajo los rayos de sol a cielo abierto, lucha jugando con la muerte, que traza círculos negros alrededor de su cintura".

Aún permaneció, en suelo estadounidense, unos días más. Junto a Federico, quien pagó su deuda; al lado de Encarnación López, amante, musa y protagonista de la obra; y el resto de la pléyade hispana, presente en la fiesta dada, en su honor, por el Instituto de las Españas. Regresó a España, viviendo la convulsa etapa de los treinta, hasta que ese maldito toro, Granadino, en 1934, arrancó la vida del padre de la Generación del 27.





Bibliografía

Revista de Estudios Taurinos, Nº11. Sevilla, 2000

GARCÍA RAMOS, Antonio y NARBONA, Francisco. "IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS". Espasa-Calpe. Madrid, 1988

miércoles, 14 de febrero de 2018

Oro, plata y bronce

Antoñete y Atrevido | Fragmento vídeo

Las clases magistrales ofrecidas por Antonio Chenel, durante su período televisivo, merecen eterna remembranza para comprender el toreo. El espectador, víctima del particular tándem, junto a Manuel Molés, disfrutó hasta del más sonoro petardo de la historia, porque el maestro reveló tal anécdota, equis particularidad y el castellonense colocaba la guinda.

A finales de los noventa, en un programa especial, Antoñete ejemplarizó la clasificación olímpica (oro, plata y bronce) del muletazo, según longitud de trayectoria. Esta distribución, ideada por Paco Parejo, cuñado de Antonio y mayoral de Las Ventas, sirvió al venteño para medir la brillantez frente a su lote.





Esclarecida la descripción de cada estamento, resulta conveniente ejemplarizar con casos prácticos, sin anquilosarnos en la teoría. De esta manera, se comprende con mayor facilidad y, de cara al futuro, por televisión o en la misma plaza, poder distinguir la calidad del matador.




Ocupando el cajón clasificatorio superior, encontramos a Morante de la Puebla y José Tomás. Ambas comparecencias se ubican en Las Ventas. Aquella gloriosa tarde del cigarrero, en 2009, ante "Alboroto", de Juan Pedro Domecq, viene como anillo al dedo. Con particular plasticidad y sevillanísimo garbo, José Antonio compone una serie de muletazos con la muleta echada adelante, bien planchada y girando férreamente sobre talones, componiendo el súmmum del toreo en redondo.

José Tomás, ante un ejemplar de El Torreón, borda la tauromaquia. En sus primeras temporadas como matador de toros, ejecuta un estilo con mayor ortodoxia y no menor valor que actualmente. Zapatillas asentadas, compás abierto, "pata pa'lante" y verdad como bandera.




Manolete. El califa, a pesar de hagiografías y ríos de tinta en contra, citó a los toros a la altura del cuerpo y lidió con acusada posición perfilera. Tales características no desdicen la grandiosa aportación del cordobés a la historia, culminando la frase pronunciada por Juan Belmonte: "llegará un día que alguien toree, a todos los toros, todas las tardes". Instrumentaliza y normaliza el toreo en redondo, creando escuela.

La archiconocida y mítica faena a "Atrevido", el toro blanco de Osborne, en 1966, ocupa una de las grandes páginas en la biografía de Antoñete, pero, según testimonio del diestro, ni de lejos fue su mejor tarde. Efectivamente, un toreo de plata (y, a veces, oro), nos confirma la hipótesis de Chenel, destacando, en la década ochentera, con mayor brillantez. Véase el toro de Garzón.




En última instancia, César Girón, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, durante la Feria de Abril 1954. Si ya han comprendido al maestro, sumado a los ejemplos anteriores, poco queda por explayar en este último escalón. Las imágenes, en conjunción con la teoría, hablan por sí mismas.