jueves, 17 de mayo de 2018

Alejandro canta jondo y Madrid se parte la camisa

Recuerdo a Talavante cantando junto a Diego Carrasco y también en aquel festejo augustoemérito emitido por Televisión Española. Lo anterior se produjo en sentido literal, pero, si utilizamos el recurso metafórico en el orbe de muletas y astas, a nada malo puede referirse. Desconozco el palo: tangos, bulerías, tarantos, fandangos, granaínas, sevillanas, malagueñas... Optemos por bulerías, compás predilecto del matador pacense. Ahora tiene más facha que nunca de cantaor flamenco, con su pelito largo engominado hacia detrás. Mejor que cuando copiaba haircuts de su íntimo, Sergio Ramos.

Alejandro trae al aficionado por la calle de la amargura. De carácter abúlico, irregular y bastante asiduo a aquella mandanga de Paco Camino, su temporada estándar alterna verdaderos picos de gloria y tardes dignas de almohadillazos, merecedores de arrojo con alevosía y considerables kilómetros-hora. Pero, cuando lo hace, los astros se alinean, aumenta la tasa de natalidad y quienes se miran por la calle, sufren de hechizo cupidesco. Los pájaros cantan. Corea del Norte desmantela su armamento nuclear. La tasa de desempleo patria desciende en siete u ocho puntos. Y, cómo no, el aficionado siente revolotear mariposas por su estómago, escalofríos ascendentes por ambos brazos y una emoción al borde del lagrimeo. Porque, cuando suena la música callada del toreo, qué quieren que les diga: me salta una lagrimilla aislada e intento ocultarla estoicamente a mi compañero de tendido. "Qué bonito es lo bonito", como entona José Alfredo Jiménez en sus rancheras.

AT tuvo, en sus muñecas, abrir la Puerta Grande de Las Ventas. Prosigue su preocupante mala racha con el estoque. Dos buenos ejemplares de Cuvillo, Aguador y Rosito, conectaron con la madurez estilística del espada. El sudor, combatiendo en feroz guerra contra la gomina, desata la suelta de cuatro tirabuzones. Va a pegar los primeros quejíos: ayudados por bajo, genuflexos (¡mirando al tendido!). Con temple y altivez. Para trasladar su propio estado nirvana-zen a veintidosmil tíos, todo un clásico: mano izquierda, trazo largo y mano baja, enfundada por ese característico protector negro.

Y Madriz. Madrit. Madrif. Madrid. Cuántos iluminados atacan su esencia. Bonita idiosincrasia, particular y distinta al resto. Me encantan los gritos del seis-siete y la exigencia de sus propios cánones (¡para eso pagan!). En ocasiones, apartan el vociferio, sabiendo mutar en silencio maestrante, expectantes de quilombo artístico (lo percibí ayer con Talavante). Y cómo se parten la camisa cuando el espada hace el toreo, entregando alma y verdad, rugiendo como auténticos leones de circo romano.

sábado, 12 de mayo de 2018

There will be haters

"Bohemio es aquel que da la vida por el arte [...] una caja de sorpresas; y así soy yo"

Morante de la Puebla


Fortes y Urante-29 | Pablo Cobos

Fortes ft. (Juan) Magán

Al alba, deslumbran los primeros rayos de sol, directos hacia mi tez blanquecina. Menos mal que ideé entreabrir la ventana, pues anoche padecí calor infernal y el descarado robo a Saúl Jiménez Fortes sólo acrencentó la temperatura. Aún retumban ecos de abucheos venteños por Calle Sierpes: fíjense si han llegado lejos. Qué revolución de decibelios. Mi anciana vecina, Josefina, sabedora de mi afición a capotes, muletas y pitones, me preguntó por una almohadilla bien acolchada, de color marrón oscuro. De esas que venden, por las bocanas de acceso, a tres euros. Algún malnacido, espoleado por tanta injusticia poética, la habrá arrojado desde el tendido donde se ubica el palco presidencial, con ínfulas de impacto al rostro del mandamás. Claramente, falló en sus intenciones. Como cuando Ramos mandó, contra el Bayern Múnich, el balón a la estratosfera.

El usía, señor José Magán, cuyo apellido remembra a seudocantante de electrolatino, debe replantearse su criterio profesional a partir de ya. Pocas veces observé a la presidencia de un festejo  actuando, en tan alto grado, como deidad despótica ilustrada (al más puro estilo Carlos III), ajena a los dos grandes entes protagonistas del espectáculo, culpables y responsables del paso por taquilla por parte de quince mil espectadores: hombre y animal; matador y toro de lidia. O, si se quiere, elevemos categóricamente hasta Santísima Trinidad: matador, toro de lidia y ganadero. Por empatía, respeto y sensibilidad, este señor debe ser advertido por autoridades superiores y, en caso de reiteración polémica conductual, tomar pertinentes medidas.

En riguroso cumplimiento reglamentario, la concesión del primer trofeo recae sobre soberanía popular, existieren, o no, méritos. Este hecho ha sido motivo de debate en mi fuero interno durante incontables ocasiones: si ha pegado bajonazo y el respetable solicita oreja, ¿debe otorgarse? Bajo mi ignorante punto de vista, no. Existe una esencia digna de salvaguardia: ofrecer al toro una muerte a la altura de su dimensión y figura. La actuación de Fortes no marchó por aquellos derroteros, estoqueando en todo lo alto (algo desprendida) e inventando una faena respetable, basada en arrojo y pundonor, tras recibir una voltereta. Aparentemente tranquilo tras no obtener premio, acogió el calor de Madrid tras dos sentidas y ovacionadas vueltas al ruedo.


Resurgimiento cigarrero

No finaliza ahí la degustación gourmet. Cuán caprichoso es el calendario: trescientos sesenta y cinco (seis, los bisiestos) días, para distribuir equitativamente eventos y sucesos, concentrándose derbi sevillano y reaparición de Morante en la misma jornada. Debido a mi condición de abonado bético, la crucialidad del encuentro y no haber adquirido papel para el coso jerezano, seguiré el evento desde la cálida lejanía benitovillamarinense, donde, a buen seguro, algún viejo (ojalá joven: señal de savia nueva) aficionado oirá la narración radiofónica pertinente y, milagrosamente, aunará los olés verdiblancos y el timing muñequero del oriundo de Puebla del Río.

Todo el cuerpo acompaña a la verónica
En estos días previos, leyendo a aficionados y periodistas, recordé una campaña (Adidas, 2015), muy a colación del contexto taurino actual: "There will be haters" (siempre habrá personas que odien). Benzema, víctima del piperismo recalcitrante santiagobernabeusista, formó parte de esta genialidad publicitaria. Como anillo al dedo. Siempre existirá alguien que odie, variando la motivación (ego, envidia, frustración, rencor...). El hater no cuenta con mal fondo ni corazón. Un puntito de guasa puyera y tres cuartos de kilo de mala idea. Traducirlo como "odiador" me parece exagerado. Malaje. Malange. Cabroncete. Como realmente nadie alcanza la perfección, el malaje buscará aquel resquicio deficiente de su objetivo, para posteriormente inflarlo y cebarse. "Bensemá (sic) no es nueve para el Madriz/Madrit (sic), porque no marca goles". El malaje no celebra los goles de su equipo cuando anota su blanco de críticas, por pura impotencia.

No me atrevería a acometer la analogía entre Morante y Benzema. La contrastada y dispar peligrosidad entre ambas profesiones no me lo permite: quien se viste de luces, compra más boletos de muerte que quien corre desgarbado y toca balón durante noventa minutos. No voy a negar, amén de propaganda y conformación sociocultural actual, la mayor presión mediático-popular sufrida por el jugador de fútbol. Pero, amigo, honra, prestigio y privilegio de jugarse el pellejo, cada tarde, pertenece a los virtuosos dioses terrenales de luces. Desde un matador, a tarde por temporada, hasta el mismísimo líder del escalafón. Desde una plaza de talanqueras, hasta la mismísima Real Maestranza de Caballería de Sevilla en tardes de no hay billetes.

KB9
José Antonio y Karim son dos genios incomprendidos en su respectiva parcela profesional, víctimas de la polarización enfervorizada popular: amor u odio. Todo o nada estará bien. Nunca nadie gustó a todo el mundo, por simple diversidad de opinión o pensamiento. No cabe cuestionar la inexistente perfección en todo ámbito, sino la infravaloración dañina e intencionada. Si algo posee la crónica del toreo a pie, además de un sinfín de anécdotas, festejos y matadores, son las lecciones históricas y morales cíclicas a lo largo de cuatro siglos. No hace tanto, unos tales Curro Romero y Rafael de Paula fueron, entre otras cosas, diana, detrás de la puerta, en el despacho del alto ejecutivo, abonado en primera de barrera; crítica ejemplarizante para una prensa interesada y poco comprensiva, por ignorancia y falta de conocimiento técnico; y etiquetas simplistas para mercadear, ajusticiando y empequeñeciendo astronómicas dimensiones taurómacas.

El caso de Manolete: ¿no sabían que, durante su ejercicio profesional, fue tildado de perfilero y ventajista? Ni los grandes aficionados de postín ni los críticos de pluma fina anduvieron suficientemente avispados como para apreciar la fragua estético-técnica reinante, desde entonces, hasta nuestros días, esto es, el toreo moderno en su máxima expresión: faena en redondo a todos los toros. Ya lo dijo Juan Belmonte: "llegará alguien un día que hará faena a todos los toros". Fue Manuel, hijo de Doña Angustias.

Manuel, Curro y Rafael, a día de hoy, descansan en la suite presidencial del Panteón de los Taurinos Ilustres. O séase, para el aficionado, independientemente de su condición (torerista, torista, juerguista, guarnicionero, taxidermista, taxista o juancarlistayluegorepublicano), estos hombres forman parte del Patrimonio Artístico y Material Taurino. El tiempo, tan sabio y lento, camina quedo y  en silencio, colocando las piezas a su particular son.

Armonía
Morante, cuando su abulia e irregularidad lo permiten, practica el toreo más perfecto y puro del escalafón. No pretendo caer en ningún tipo de hagiografía o exégesis. Simplemente, callo, leo, observo y llego a conclusiones, desde mi exclusivo prisma subjetivo, sin pretensión de obtener reciprocidad o aprobación por parte de cualquier otro aficionado.

La faceta taurina displicente joseantoniana conforma la parte más desagradable: planteamiento y programación de temporada. La figura, en su concepción histórica, por naturaleza, debe comparecer en todas las plazas de categoría, durante varias tardes (matando encaste underground en alguna de ellas), y someterse a juicio valorativo por parte de los públicos más prestigiosos (Sevilla, Madrid, Bilbao). Pepe Luis Vázquez, tan artista y garboso, mató Miura. También, Rafael El Gallo. Además, Gallito. O Juan Belmonte. Y Chicuelo.

Dos figuras cosmopolitas, como José Tomás y Morante de la Puebla, ya viejos rockeros, continúan sembrando mariposas en el estómago del aficionado. Ejecutando el toreo caro en sus dos vertientes: apolínea y dionisíaca. Deben prodigarse más, en beneficio propio (más festejos en plazas importantes, más dinero y, si hay éxito, mayor prestigio de cara a la historia), del aficionado (presenciando la actuación de los mejores) y la tauromaquia (las figuras superiores atraen gente a las plazas y pueden enganchar al profano).

Con el paso de las décadas, el cigarrero entrará en el mencionado Panteón. Estoy seguro. Dada la notoria extravagancia estilística, a saber qué trapío lucirá, para recoger el premio, por aquellas calendas: patillas canosas alobeznadas, pelo blanquecino frondoso, camisas florales y pantalones color chillón. Hoy por hoy, no queda sino disfrutar, con ojos bien abiertos y cinco sentidos activados, de un personaje único, responsable de aunar y fundir maneras decimonónicas, gallistas, belmontistas, chicuelistas, pepeluisistas y, por supuesto, paulistas. Puro toreo sevillano.

domingo, 6 de mayo de 2018

El gallismo de Morante

Para gran cuantía de críticos, periodistas y revisteros, la influencia gallista en la tauromaquia (fuera y dentro de la arena) de José Antonio Morante pasa desapercibida. De puntillas. No resulta extraño, pues gran parte del journalisme taurino, ignora la historia estético-técnica del toreo a pie o, en cambio, asume sesgados postulados oficialistas, supervivientes a lo largo de décadas. En esta entrevista, Javier Hurtado habla de "joselitismo" (?), término inapropiado y más cercano, por proximidad nominal y temporal, a José Miguel Arroyo Delgado (n. 1969). Tal vez, peque de exquisito, pero, a las cosas, por su nombre: gallismo. Gallistas, como servidor, sus partidarios.

Otras plumas, de cuyo nombre no quiero acordarme, han divulgado, pontificado y reiterado la exclusiva gestación del toreo moderno por parte de Juan Belmonte. Si bien Juan descubrió el pitón contrario, el toreo sobre los brazos e interrelacionó la tauromaquia con otros ámbitos culturales (escultura, literatura, pintura...), Gallito no sólo igualó las aportaciones del trianero, sino que, a buen seguro, lo adelantó por la izquierda: apadrinó la creación de plazas monumentales (Madrid, Pamplona, Sevilla...) y, por ende, popularizó la asistencia a las corridas de toros, hasta entonces sólo para paladeo de aristocracia y jet-set; fabricó, amén de su amistad con la élite ganadera y predilección hacia la vida rural, un toro adecuado para las incipientes exigencias del público (último tercio), eligiendo a Vistahermosa como paradigma de bravura, en detrimento de Veragua, cumplidor en varas y, de más a menos, en muleta; y, por último, el toreo en redondo, esto es, ligar los pases de forma circular, dando lugar a una serie. Belmonte, exceptuando dos o tres faenas, jamás toreó en redondo, como reza la leyenda, sino en ochos (un pase natural y otro de pecho). Siguiendo la tesis de José Alameda, Gallito practicó el toreo en redondo o de reunión y, Belmonte, contrario o de expulsión.

Morante de la Puebla sentencia desde una atmósfera gallista. El despacho, subastado de salida, por la empresa Isbilya, a partir de doce mil euros, perteneció al mismísimo José y quién sabe si este transformó la historia del toreo desde la tranquila reflexión en este enser. Ciertos muebles y un cuadro alargado del matador completan el atrezzo ambiental para la ocasión: "Sí. Tuve esa suerte [adquirir despacho] porque, a veces, las circunstancias se dan y, para mí, es un honor tener el escritorio de José en mi casa. Lo idolatro como debieran hacerlo todos. Lo veo y me sirve espiritualmente".

Mismo mueble; distintos matadores | Fotografía Morante: Pepe Ruciero
"[...] Joselito aúna, en él, todas las tauromaquias anteriores y, además, propias. Hechas con sencillez y naturalidad que a mí me conmueven y asombran. No es la tauromaquia de Joselito. Es todo lo que hizo con tan poco tiempo: lo mató un toro con veinticinco años. Además, nunca alardeó, de forma 'populacha', de ser torero, sino de manera elegante, estilosa y seria. Joselito es el torero que ha sabido aunar todo de forma espiritual. No que se quiera uno parecer en la figura o quiera hacer lo mismo, sino ese concepto arcaico, antiguo y artístico, es el que persigo".

Estas declaraciones, además de la confesa admiración hacia José, dejan constancia del afán cognitivo morantista hacia la tauromaquia antigua y clásica. Habitualmente, lee biografías (si ven la entrevista desde el principio, Morante aparece con un libro de Gallito entre sus manos) y visualiza faenas antiguas. Por enfermedad obsesiva hacia la tauromaquia y, cómo no, en propio beneficio, pudiendo enriquecer su estilo y abarcar mayor dimensión en la historia.

Joselito El Gallo funde, en su concepto, toda la tauromaquia del s. XIX, aprendida gracias a lecciones de padres y hermanos. No queda ahí, pues añade su grano de arena a la gestación del toreo moderno: torear en redondo, característica primigenia de Rafael Guerra 'Guerrita', mas perfeccionada y conjugada con gracia sevillana y toreadora gallista. Tampoco alardeó, como dice Morante. Dotado de torería cara, mostrada en la plaza y fuera de ella. Sin declaraciones fuera de tono y escasas estridencias. Viviendo en el campo, amén de su afán y obsesión torera, para encontrar espiritualmente su propio concepto y, de paso, gestar un tipo de toro válido para nuevos tiempos.

jueves, 3 de mayo de 2018

El hilo del toreo (II): Javier Cortés y Antonio Bienvenida

Goya y Las Ventas | Ricardo Reilva
Dos de mayo. Día grande (y festivo) en la Comunidad de Madrid. A bote pronto, basadas en referencias culturales, mi mente refresca varias obras maestras: el tercer título, de la primera serie, correspondiente a los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós ("El 19 de marzo y el 2 de mayo"). Fuck Godoy, le jodan a Carlos IV y viva Fernandito, Príncipe de Asturias y, para más inri, El Deseado. Si quieren conocer más, acudan a los libros de historia. No pretendo spoilear. Cómo no, también, aquel lienzo de Goya y Lucientes, donde una fila de mamelucos fusila, sin ningún tipo de pudor, a nuestros antepasados de principios del XIX. Imaginen a su tatatatatarabuelo (o lo que toque) sufriendo las penurias de tan devastadora guerra y la ligereza y agrado con la que ciertos politicuchos cargan, de igual manera, contra glorias y miserias de nuestro pasado. Avergonzados, dicen. Sin ánimo de spoilear nuevamente, averigüen información sobre Juan Martín Díez, Luis Daoíz, Pedro Velarde, Francisco Espoz y Mina, Francisco Javier Castaños, José de Palafox, Catalina de Aragón o Manuela Malasaña e, inmediatamente, comprobarán que la presumible formación académica e intelectual de ciertos representantes del pueblo no es tal. ¿Escribiste antes Malasaña, como el barrio? Sí, en su honor. Busquen, busquen.

Dejemos preludios a un lado y centrémonos en lo esencial. Para actuar como madrileñista de pro y óptimo castizo, no queda sino comprar papel para presenciar la Corrida Goyesca en la Monumental de Las Ventas, ataviada con intencionalidad de revivir tiempos pretéritos. La idiosincrasia, dentro de la idiosincrasia. La del público, en la de un marco histórico atípico.


Evocaciones goyescas
Toros de El Tajo y La Reina (cuya propiedad ostenta José Miguel Arroyo, matador de toros) para Iván Vicente, Javier Cortés y Gonzalo Caballero. Personalmente, más de una vez, he padecido el fenómeno de comprar entrada o ver el festejo por televisión, a causa de un torero de mi cuerda o con expectación para el susodicho día, no hacer absolutamente nada y, sin embargo, irrumpe la magia de lo inesperado. Iván Vicente cuajó dos estocadas serias (la primera, algo defectuosa) y lidió a Listillo-5, mejor ejemplar de la tarde. Lo insospechado: Javier Cortés. 

Este perfil de matadores, cuyo nombre cuesta recordar antes de las seis y media, con buenas maneras estético-técnicas, dispuestos a ir con todo, incluso dejando la vida, con los cojones sobre la mesa y por delante, responden a un prototipo bastante atractivo para el aficionado. No hablo de espectador o público, pertenecientes a otro saco. No los saques de las figuritas en fechas señeras, donde poder subir fotos a Instagram en un día influencer. Hoy, sí, que es cool. Si es joven, preferirá usar Tinder y, si el mozo no va sobrado de belleza, terminará en casa, viendo la reposición del Atlético Nacional – Alianza Lima de la Copa Libertadores. Si, en cambio, peina canas, yo qué sé: jugará al dominó en el hogar del pensionista. En ciertas ocasiones, prefiero media plaza llena de buenos aficionados, juzgando de forma ecuánime, con conocimiento y respetando la esencia de un rito milenario, al no hay billetes, repleto de guiris inquietos, abandonando al tercer toro, autóctonos borrachos, o influencers de gintonic de garrafón y puro barato.

Ya lo escribí antes, pero reitero: Cortés tiene dos bemoles. De gran tamaño y bien posicionados. A pesar de no tocar pelo, en la lidia del quinto, Cazador-6 (ovacionado por el público), protagonizó unos pasajes que amortizaron el precio de la entrada. A pesar de una cornada grave de veinte centímetros, el tío, torero él, prosiguió como si nada durante minutos, fabricando, en especial, una tanda repleta de pureza: pata para adelante, medio pecho, muletazo de trazo largo y zapatillas asentadas. Brotó un hilo de sangre hasta el tobillo, provocando la consecuente reacción de subalternos y camaradas. Dejadme, dejadme, que lo mato. Vaya si lo hizo. No excelsamente, pues su notable cojera impidió más. Aún no sé cómo pudo estoquear recibiendo, ante un toro con la cara alta, y mermado físicamente.

Javier Cortés (izq.) y Antonio Bienvenida (der.)
En absoluto quedó ahí, porque, de lo contrario, no escribiría estas líneas. Ante Matrón-78, despedido con pitos por el público, Javier Cortés sacó el hilo del toreo de nuevo. En los primeros compases del último tercio, evocó al maestro Antonio Bienvenida y su pase cambiado. Aquellos tres consecutivos que, en 1941, provocaron olés y aplausos sobre esta misma arena. Siempre encuentro algún malintencionado o analfabeto taurino de remate, desorbitado, con las pupilas dilatadas, condenándome a guillotina en La Bastilla por comparar a un maestro de maestros con el espada madrileño. No entienden que, simplemente, observo la corrida y encuentro un guiño o similitud estilística hacia tauromaquias pasadas. Nada de comparar. Al malintencionado, lo maldigo, porque posee afición y, por tanto, sabe. Sólo quiere fastidiar. El analfabeto taurino no tiene mal fondo. Le choca y pone el grito en el cielo tras leer dos o tres librillos por encima y comenzar a sentar cátedra. A estos últimos, lean más y comprendan. Uno (y me incluyo) nunca ha de conformarse con lo que ya conoce: siempre queda por aprender.

Antonio Bienvenida y su pase cambiado
Amén de percepciones estético-técnicas, el pase cambiado de Antonio Bienvenida o la "bienvenidina" puede traer a confusión con el "cartucho pescao" de Pepe Luis Vázquez. ¿Son lo mismo? Rotundamente, no. Unos párrafos más abajo, en su correspondiente apartado, explicaré por qué.

La invención del pase cambiado a muleta plegada (otra nomenclatura), según críticos y tratadistas, recae sobre El Gordito, espada decimonónico. ¿Cómo llega a Antonio Bienvenida, nacido en la tercera década del siglo veinte? Transmisión oral y visual. Manuel Mejías Rapela, Papa Negro, progenitor de Antonio y sus hermanos, fue un matador prometedor hasta una fastidiosa cornada en el año 1910. Ejecutor habitual de la suerte, recibida, a su vez, por su padre, coetáneo de El Gordito, se empeñó en legar toda su sabiduría taurina a su prole, debido, tal vez, a un sentimiento de frustración por no cuajar una carrera taurina exitosa. Qué mejor manera de honrar al Papa Negro que practicando sus enseñanzas sobre la arena. La arena de Las Ventas. El jueves, 18 de septiembre de 1941, Antonio Bienvenida repitió tres veces consecutivas el pase cambiado a muleta plegada, sumiendo a Madrid en la locura.

José Luis Ramón explica la técnica detalladamente: “Para dar el pase cambiado había que colocarse de frente al toro con la muleta plegada en la mano izquierda, como en un cartucho, a la altura de la cintura, y con la espada en la cadera, o con un pañuelo, como a veces cogió Antonio, en la mano derecha. Una vez que se cita al toro, se le provoca con la voz y el cuerpo pero no con la muleta. Ya arrancado se le hace un quiebro como si se tratase de un par de banderillas, y según va arrancado el toro se le pasa la muleta como si fuera un pase de pecho, aunque sin desplegarla. En realidad, lo que hace cambiar al toro es el movimiento de la pierna y del cuerpo y no la muleta que no interviene para nada”.

Pase cambiado a muleta plegada, por Javier Cortés 


Morante de la Puebla y Joselito El Gallo
La mayoría habréis visualizado este comienzo de faena de Morante de la Puebla en infinidad de ocasiones. Confieso que, hasta hace nada, lo catalogué como un simple "cartucho pescao" pepeluisista, lejos de bienvenidinas. Craso error. Si observamos audiovisual y fotogramas con detenimiento (para ello, he ralentizado el vídeo), concluiremos una aproximada similitud técnica entre Javier Cortés, Antonio Bienvenida y Morante de la Puebla. No coinciden terrenos, posición del animal y, mucho menos, capacidad artística. Esos matices pueden ocasionar percepciones diferenciadas.

Fotogramas | La Razón Incorpórea
Cuál fue mi sorpresa, buceando por lugares de prestigio, como el blog de José Morente (el cual me ha servido como bibliografía para gran parte de este artículo), al encontrar rizado el rizo. Gallito, justo el día de su alternativa (Sept. 1912; El Puerto de Santa María), ejecutó el susodicho pase... ¡Incluso en los mismos terrenos que Morante!

Fotogramas | La Razón Incorpórea
Si tiramos con ahínco del hilo del toreo, podemos retroceder hasta épocas taurinas insospechadas. ¿Cómo llegó el pase hasta José, si él fue hijo de Fernando Gómez 'El Gallo' y no de Papa Negro? Con total seguridad, Fernando Gómez y Rafael Gómez Ortega, padre y hermano, imitara el comportamiento didáctico de Manuel Mejías y, ello, sumado al afán torero de Gallito (un verdadero enfermo del toreo). Según José Morente, Antonio Reverte, matador finisecular (s. XIX), bebió de El Gordito para el conocimiento de esta suerte. Reverte, activo en la última década decimonónica (alternativa en 1891), pudo ser visto por un veterano Fernando (n. 1847) o un joven Rafael (n. 1882).


Cartucho pescao' y pase cambiado a muleta plegada

Compases de ejecución en el cartucho pescao'
Según contó Pepe Luis Vázquez, esta característica suerte fue practicada, en primeras instancias, durante sus andanzas en el matadero. Su abuelo, gran aficionado de El Espartero, trágicamente fallecido por cornada de "Perdigón", un miura, relató al joven proyecto de torerillo aquel cartucho realizado por aquel fenómeno e ídolo sevillano del barrio de La Alfalfa. Indudablemente, Guerrita tiranizó el toreo durante su estancia en activo, aunque la crítica intentó rivalizarlo, en primer lugar, con el desgraciado Espartero y, después, con el señorito-torero Mazzantini. La dictadura del cordobés no ensombrece, ni mucho menos, a un matador venerado en su tierra, con cantidad considerable de partidarios y una tauromaquia con legado, como demostraría el torerillo rubio de San Bernardo en la posguerra española. De hecho, según Manuel Chaves Nogales, en su biografía sobre Juan Belmonte, uno de los primeros recuerdos del trianero versan acerca del trágico fallecimiento. Juan sólo contaba con dos años de edad cuando murió El Espartero (1894).

El cite en cartucho, de ambas suertes, puede confundir al más neófito o cualquier aficionado sin los conceptos de toreo natural y cambiado o contrario medianamente esclarecidos. Según José Alameda, "hay pases y toreo natural, cuando al toro se le da la salida por el mismo lado que se torea y toreo o pases cambiados cuando se le da la salida por el lado contrario al del cite. Habrá, en principio dos tipos de toreros, unos que tiendan o sientan mejor el toreo natural (toreo de reunión) y otros que sientan más el toreo cambiado (toreo de expulsión)".

La definición del crítico hispano-mejicano puede ayudarnos mucho. El cartucho pescao' pepeluisista coincide en el cite, pero, según acomete el toro y aproxima al matador, continuará con toreo natural, dándole salida por el mismo lado que se le torea. En las tres fotografías observamos cómo el maestro Pepe Luis Vázquez no imita los movimientos vistos anteriormente en Antonio Bienvenida, Morante de la Puebla, Javier Cortés o Gallito. Él quiere ligar en redondo y, por ende, practica toreo de reunión.

Sin embargo, en la bienvenidina, el matador, a la hora de burlar a la res, opta por toreo cambiado, dando salida por el lado contrario del cite, que era idéntico al cartucho pepeluisista. Por ello, debe mutar, desde su posición a pies juntos inicial, hasta la orientación del brazo izquierdo para dar salida por la pierna contraria, la derecha.


Bibliografía

http://larazonincorporea.blogspot.com.es/2012/03/la-dureza-del-toreo-ix-antonio.html 

http://larazonincorporea.blogspot.com.es/2016/04/morante-evocacion-final-curro-cuchares.html

miércoles, 25 de abril de 2018

Pinceladas maestrantes

Tercio de varas en la Real Maestranza
Finalizado el ciclo continuado y otorgados los correspondientes galardones, cada aficionado incorpora, a su particular reportaje fotográfico mental, aquellos fragmentos dignos de remembranza con el suceder de las temporadas. "¿Te acuerdas de aquel estoconazo de Menganito?", preguntan. "¡Cómo no! Si estuve allí y aún conservo, como oro en paño, la entrada", respondemos con cierto grado de altivez.

Huelga aclarar, en primer lugar, la imposibilidad de incluir ciertos fragmentos audiovisuales, puesto que no poseo los susodichos archivos. En segundo lugar, la selección obedece a criterio y gusto exclusivamente personal, sin intención de dejarme arrastrar por la corriente de lo políticamente correcto y el agrado a la mayoría.


Resurrección suele ser blanco de grandes expectativas. La magnanimidad y los días de calendario sin celebrar festejo (desde San Miguel) provocan semejante avalancha de esperanzas, finalmente acalladas por la propia inercia de la tarde. Con Ferrera desafortunado y Manzanares sin inspiración, Andrés Roca Rey apartó su heterodoxia, plagada de espaldinas y toreo efectista, para encandilar a un pueblo maestrante ávido de clasicismo. Mano baja, poderío y recorrido, culminados con estoconazo medio recibiendo.



Lamento repetir este fragmento, pero la actuación de Pablo Aguado no merece quedar fuera de esta seudoantología. Cortando un sólo trofeo en el comienzo de ciclo continuado, el espada homenajeó, de frente y a pies juntos, a todo un Manolo Vázquez. No me atrevo a firmar la defunción del toreo sevillano con la cercana retirada de Morante de la Puebla, pues en Aguado encuentra un perfecto continuador de la dinastía hispalense, fundada por Chicuelo, continuada por Pepe Luis y Manolo, y rescatada por Morante.



Al César lo que le pertenece, para bien y mal. La corrida de Garcigrande, aportando gran juego y pésima presentación, posibilitó un triunfo rotundo para El Juli. El indulto de Orgullito, no exento de polémica, redondeó una tarde donde Chumbo ya destacó. ¿Fue merecido el perdón? Para gustos, colores. Personalmente, si consultamos requisitos en el Reglamento, resalta la necesidad de excepcional comportamiento en varas, inexistente durante la lidia de este quinto ejemplar de la tarde. No obstante, dotado de motor y clase en el último tercio, contó con petición cuasi unánime del respetable. El criterio del público, dotado de soberanía por pagar, no conocer, cada vez suscita mayor confrontación con la esencia misma de la fiesta.


Toros de Núñez del Cuvillo para Sebastián Castella, José María Manzanares y Alejandro Talavante. Cómo mata el alicantino, sevillano de adopción. En una feria donde mala ejecución e incorrecta colocación abundaron y no contaron con adecuada reprimenda del público, Manzanares ha obtenido el galardón a mejor estoqueador. No me extraña. Una delicia observar su inteligencia a la hora de escoger coordenadas para acabar con su oponente (suerte natural o contraria; recibiendo, encuentro o volapié), teniendo en cuenta las características mostradas por el toro (recorrido y querencias) durante la lidia.



Tercera y última comparecencia para Alejandro Talavante. Sin brillo en las anteriores, recordé aquella "mandanga" de Paco Camino que tanto resaltó Antonio Díaz-Cañabate en sus temporadas como crítico para ABC. La siniestra mágica del pacense evocó, por destellos, a aquellos compases de 2007, con ese natural eterno. Tras dos temporadas matando sin brillantez, decidió tirar de pundonor y recibir un golpe dificultoso para su respiración. Finalmente incorporado, cortó oreja (debieron ser dos). Aún continúo sin entender, por momentos, la frialdad de la afición sevillana hacia este matador. El partidismo acusado posibilita, en muchas ocasiones, dotar de mayor recompensa a quienes, por méritos, merecieron menos.



Los más toristas recelan del Miura actual, argumentando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esa vieja costumbre de idealizar el pasado no nació antes de ayer. Pepe Moral continúa su romance con Zahariche por segunda temporada consecutiva. Forma ortodoxa y pura de lidiar ante uno de los ejemplares menos concesores de la cabaña brava. Cuando la Puerta del Príncipe parecía entreabierta, la inclemencia temporal y un mal toro se aliaron para dejar al palaciego, una vez más, con la miel en los labios. Quién sabe si será en la Feria de Abril 2019, pero tres orejas en dos festejos y una ejecución estilística, del gusto maestrante, merecen mayor protagonismo.

Emilio Muñoz (izq.) y Pepe Moral (der.) | Arjona
Cuatro o cinco asientos a mi derecha se encontraba, aquella tarde, Emilio Muñoz, ejerciendo funciones como comentarista televisivo. Resulta fascinante observar la vigencia del hilo del toreo (José Alameda dixit) en composición y forma: compás abierto, zapatillas asentadas, peso sobre la pierna de salida (esto es, cargar la suerte) y recorrido largo de muletazo.

domingo, 15 de abril de 2018

Pablo Aguado desempolva a Manolo Vázquez

En el ecuador del cartel sevillano, primera de ciclo continuado y tercera de abono, sucedió lo más destacado de la tarde. Si bien, para apreciar tales detalles, en su adecuado contexto histórico-técnico, se requieren conocimientos previos, la sevillanía de Pablo Aguado (cortó oreja al sexto de la tarde), con esta tanda de frente y a pies juntos, desempolvó un eslabón casi originario de la dinastía Vázquez: Manolo, hermano menor de Pepe Luis, cuya reaparición en los ochenta, junto a Antoñete, trajo, de vuelta, maneras estéticas enterradas y vilipendiadas por la heterodoxia cordobesista.

domingo, 1 de abril de 2018

Evocación al Domingo de Resurrección



Jesús ha resucitado al tercer día. El azahar, a compás con la estación primaveral, ha florecido afanoso. Es domingo, mas no uno cualquiera. De Resurrección, damas y caballeros. El cerrojo maestrante vuelve a emitir su particular sonido antes que la irrupción de la Banda de Maestro Tejera, finalizando su etapa en Semana Santa y comenzando la temporada taurina. Hace calor en sol y sombra, poblados heterogéneamente por pueblo llano y aristocracia, mostrando esa conjugación contrastada hispalense, tan característica en nuestro acervo festivo-popular (Semana Santa, Feria de Abril y Real Maestranza de Caballería). Jornaleros tostados en el doce, abanicados gracias al programa de mano correspondiente. Señoritos en primera de barrera, con traje a medida y consumición a doce euros en las dependencias internas de este, nuestro bendito y magnánimo coso. Mujeres guapas y elegantes, colindando en las últimas localidades soleadas, a quienes no me importaría solicitar venia para compartir asiento y recitar El Cossío a modo de libro sagrado, mientras relaciono lo acaecido en el ruedo con una teórica made in José Alameda, Gregorio Corrochano o Joaquín Vidal. De paso, una anecdotita castiza de Antonio Díaz-Cañabate o José María de Mena. Señoritas acompañando a señoritos, perfectamente pertrechadas para cumplir su cometido: figurar en día de postín y no representar más su teatrillo particular hasta el año venidero. A caballo entre extremos, fulanos como servidor, ubicados en sol y sombra del seis o nueve, según se dé. Ejerciendo como clase media. Desconozco si fue José Ortega y Gasset quien equiparó el pópulo de la plaza de toros a la sociedad española, pero no se equivocaba.

También sentenció Gallito lo de las gachís (“algunas veces, en esas tardes fatales que tiene uno, cuando casi con las lágrimas saltadas se dejan los trastos de matar y se refugia uno en la barrera, al volver la cara al tendido, en medio de la hostilidad de los que gritan, se tropiezan nuestros ojos con los ojos bonitos de una gachí que, con la caricia de su mirada compasiva, quiere consolarnos”), no sólo aplicable para matadores y muy en relación con las damas referidas anteriormente. Día señero en absoluto significa triunfo asegurado, aunque sí ilusión a raudales (corrida de expectación, corrida de decepción). Suceda cuanto quiera, bueno o malo, ahí están ellas: acicaladas hasta los tuétanos, bien vestidas y portando abanico en gran porcentaje, recordando aquel lenguaje de signos ya prácticamente extinguido. El toro no vale un ápice. Incluso el matador ha optado por la espada buena, la de verdad, desde primer momento. Ha pegado cuatro pases quitamoscas y, de repente, te abstraes del meollo hasta el próximo, perdiendo la mirada en aquella de tres filas abajo o seis asientos a la derecha, también harto desencantada con la primera bala desaprovechada por su matador favorito. En el momento menos esperado, ha percatado tu mirada. Debes echarle bemoles, porque un mal movimiento delata al más ducho. O mantienes la mirada unos segundos e, inmediatamente después, apartas esta progresivamente, disfrazándolo como casualidad; o, en cambio, nada más observar aquella reciprocidad, desvías mucho y rápido las pupilas, pretendiendo desdibujarlas del globo ocular. Cuán sencillo y bonito fue siempre un intercambio de miradas, paladeando el lento perecer mental de aquellos ojos verdes, tono Real Betis Balompié, o azul añil. 

 Antes de acceder a mi localidad, he practicado mi particular ritual. En El Picadero de Calle Almansa, cerca del templo, gusto de beber par de whiskycolas. Tengo que consumir en las mesas externas, situadas en la vía pública (a Juan Espadas no le gusta esto), para poder fumar, sin problemas legislativos, dos o tres cigarrillos. Llevo pensando en la corrida desde días atrás y, en estos momentos, confluimos varios aficionados, venidos desde todas partes de la geografía nacional e internacional. Con mayoría local, algunos van pasados de rosca e interaccionan, empujados por el efecto desinhibidor del alcohol, alardeando amistad de equis matador, apoderado o ganadero, relatando alguna anécdota acogida con escasa veracidad. Pasados los años, de esta guisa, descubrí cierta una vacilada contada por un señor mayor y, desde entonces, escucho atentamente, aunque continúo sin creer acérrimamente. Los tejemanejes, berenjenales y vergüenzas no son aireadas bajo el manto del atrezzo público de los medios de comunicación, sino en esta clase de seudotertulias contemporáneas. 

Seguidamente, en estado de semi-inspiración, más a gusto que un arbusto, auspiciado por ese matrimonio de conveniencia entre alcohol y tabaco, ando hacia Calle Castelar, lugar del famoso hotel donde descansan la mayoría de matadores actuantes. Desde que partí de casa, llevo almohadilla y capote en una bolsa. Pinzando un rotulador negro cerca de la esclavina, lo tomo y coloco el capuchón en la parte contraria para buscar la firma estampada por la parte anterior. En infinidad de ocasiones, he disfrutado más estos momentos que una corrida monótona y sin ángel. Con mucho respeto e intentando atosigar lo mínimo posible, uno observa la cara contrariada del espada que, amablemente, atiende a toda clase de aficionado, tanto educado como maleducado. En Sevilla, casi todos lucen traje de estreno y, gracias a los rayos de luz artificial o natural, oro o azabache deslumbran esplendorosamente, irradiando, si cabe, mayor majestuosidad a la escena. Sientes cerca a un dios terrenal, artista y gladiador simultáneo, palpando discretamente para comprobar que también es de carne y hueso. Los picadores han partido algunos minutos antes, a pie y con pata de hierro a cuestas. Cuadrilla y matador aguardan dentro de la furgoneta hasta que el gentío se diluye y pueden iniciar tránsito hacia Calle Iris. 

Reconozco que, con el paso del tiempo, he dejado de acudir a Calle Iris. Con mucho disgusto, eso sí. Un marco inigualable como precuela al rito. Callejoncito corto, atestado de gente y con una vivienda antiguamente en propiedad de Antonio Ordóñez. Los toreros andan lo más rápido posible, escoltados por la Policía Nacional y algún subalterno con malas pulgas, por lo que resulta casi imposible estrecharle la mano y, mucho menos, obtener algún recuerdo de la tarde. No dispongo de tiempo material para caminar desde Castelar hasta Iris. Además, las furgonetas arriban justas de tiempo y, en ocasiones, juntas. La contrarreloj desde ahí hacia el tendido supone un barullo desagradable en días de gran afluencia de público, véase Resurrección. Ojalá hubiera poseído la virtud de la omnipotencia y poder disfrutar de momentos tan especiales. 

Tras superar con éxito el pasaporte hacia el interior del coso, subo las escalerillas eternas hasta desembocar en el vomitorio de mi grada. Actúa este lugar como la antesala al mismísimo cielo. Cuando sobrepasas el acceso, no queda sino postrarse ante la armonía de un paraíso terrenal. Todo fascina, desde la arquitectura hasta el albero ocre. Las gentes esbozan sonrisas cómplices y recíprocas, denotando admiración hacia el lugar donde tomarán asiento. Mirarán extrañados durante el paseíllo, echando de menos a su Morante, torero sevillano y de Sevilla, que no es lo mismo. ¿Quién, décadas atrás, hubiera imaginado una fecha tan señalada como el Domingo de Resurrección sin Curro Romero, Pepe Luis Vázquez, Gallito o Juan Belmonte? Suena la música, enciendo un habano y que Dios reparta suerte. A disfrutar.