martes, 19 de septiembre de 2017

Puntos sobre las íes

Juan José Padilla y Serafín Marín | Pedro Ruiz

Por quincuagésima vez, observará esta foto
. Desconozco su índole militante: taurina o anti. Me da igual. Si pertenece al bando opositor, atienda con mayor atención. Harto de escuchar en el establishment mass media sobre la calurosa e íntima relación de la derecha política, el conservadurismo y la fiesta, habrá confirmado aquella hipótesis pretenciosamente cacareada por ignorantes interesados, la mayoría de las veces, desconocedores idiosincrásicos sobre la temática tratada. Lo siento, anticonpedigrí/neoanti: error. Equivocación crucial. Antes de continuar leyendo, visite este otro escrito, titulado "Tauromaquia, cultura y política". Si aún perduran dudas en su conciencia, pues así lo creo, prosigo.

No pretendía subir la instantánea nuevamente. Sólo contemplarla, me aflige, debido a infinidad de motivos. Además, por última ocasión, será colocada por mi persona (repito, última, no quiero seguir perjudicando mi afición). Con finalidad didáctica, articulista o llámese equis, para nada dañina o perjudicial hacia ninguna persona en particular. Quede claro.

Juan José Padilla, portador de la bandera, exime toda culpa propia, excusando su gozo y escasa atención a la enseña por la emoción producida al cortar trofeo en el festejo, celebrado en una localidad perteneciente a la provincia de Jaén. Individualmente, cada cual decide creer la versión oficialista o "conspiratoria". Cuesta, en primer lugar, ignorar el significado del Águila de San Juan, versión Francisco Franco, sobre la rojigualda. Segundo: ¿no percatar el estampado? Tampoco. Líbreme Dios de otorgar carnets sobre qué debe pensar.

Ojalá todo hubiera quedado ahí, porque la polémica desató mi desaliento hacia ciertos aficionados. Ojo, la libertad ideológica posee un status quo constitucional innegable, ya defienda el fascio, la hoz y el martillo o el anarcocapitalismo. No importa. Sí, mostrar públicamente, en un ruedo, representante de un rito milenario, cultural y, por tanto, por encima de cualquier división política o nacional, ciertas insignias dañinas para una imagen, de por sí, a la deriva. Sí incumbe encubrir el acto, para dársela de "afishionao" profesional y guay, justificando la inspiración e igualdad (situación contradictoria, por cierto, pues distinto es plagio de inspiración) simbólica de la bandera del régimen nacional-católico en la heráldica de Fernando e Isabel, Reyes Católicos. Incierta, la igualdad; repugnante, la inspiración, por tergiversar la historia; e ignorante, históricamente. 


Diferentes escudos de España a lo largo de su historia | lasprovincias.es

Comencemos repasando la historia: en el siglo XV, el Reino de España, conocido hogaño administrativamente y legalmente con tal nomenclatura, era tan ficticio como inexistente. Reino de Castilla y Reino de Aragón estrecharon lazos, con sus propias cortes, impuestos y administraciones y, una misma dinastía, Trastámara. Eso sí: la unión dinástica favoreció la germinación de una futura unión y, por fin, España. La rojigualda tampoco ondeaba en ningún acuartelamiento, palacio o acto. Nació bajo el reinado de Carlos III (dinastía borbónica), en el siglo XVIII, 1785. ¡Tres siglos después! ¡Y algunos continúan empeñados en equiparar! Sigamos. El blasón, ciertamente, guarda similitud, mas no es el mismo. En la imagen superior, puede observarse y compararse. La corona, tanto de escudo heráldico como águila, son diferentes. El lema de Franco ("VNA, GRANDE, LIBRE"), aparece en la parte superior, mientras el de los padres de Juana, en la inferior ("TANTO MONTA", monta tanto, Isabel, como Fernando, en honor a la importancia femenina en la gestión político-administrativa de la corona). En la heráldica franquista, encontramos las cadenas de Navarra. En el otro escudo, aún no, pues la incorporación del Reino de Navarra, oficialmente, sucedió bajo el reinado de Carlos I (primero, por la derecha, en la primera fila), nieto de los anteriores mandatarios quien, además, heredó, de sus abuelos maternos, entre otras tantas, posesiones italianas, borgoñesas y flamencas. De ahí, aquella catredalicia variedad en las armas.

Desmontada tamaña equivocación, topamos con el  presunto rédito electoral futuro de ciertos partidos políticos, fomentando erróneamente la identificación de la tauromaquia con determinado pensamiento. Todo vale, parece, por un escaño y su correspondiente dieta y pensión vitalicia, ¿eh, Pablo? ¿no es así, Teresa, aunque grandes e ilustres andaluces, como Rafael Alberti o Federico García Lorca, mantuvieran estrecha amistad con matadores insignes y fueran hijos de la Generación del 27, cuya inauguración presidió Ignacio Sánchez Mejías en el Ateneo de Sevilla, homenajeando el cuarto centenario del fallecimiento de Luis de Góngora? ¿o qué, Rufián, cuando matadores como Serafín Marín han realizado paseíllos con bandera y gorro catalanes (y no le he visto ensalzarlo en su día); o tu pequeño dios, Companys, quien fuera gran aficionado a la fiesta, incluso presidió un festejo en Barcelona, capital de tu república socialista de Imaginarium?

Nunca cesaré de repetir: en el toreo, no existen banderas políticas, ni rojas, ni fachas, ni libdems. Un maestro, en correcta sintonía con el rito, jamás debería acoger ningún blasón (ni la pirata, hablando del caso) mientras pise albero. En casa, como escribí, lo deseado. Bajo mi pensamiento, tales chabacanerías públicas restan seriedad y respeto a este fatídico juego de la vida en pos de culminar una obra artística, donde ser humano y animal interactúan, inteligencia y fiereza conjugadas, mostrando al público asistente sus máximas insignias biológicas, por ambos lados, el coeficiente intelectual, lidiador, y la sinrazón, fiel al instinto animal por antonomasia. No creo en aficionados enervados según qué símbología anude el cuello del matador de turno, sino en independencia y rigor, tan escaso en la sociedad actual... Guste o no, la fiesta, en parte, refleja la sociología de época. Efectivamente, existen filofranquistas agasajados, como en cualquier lugar. También marxistas, socialdemócratas o un arquitecto mormón (con todos mis respetos a la libertad de culto). Mas no debe importar a "naide": acudimos al tendido, esto es, observar al toro y si el diestro ajusta su lidia a las características de la res, como mandan los cánones. Más nada. Si mi compañero de localidad se inclina preferencialmente hacia la homosexualidad, magnífico. No quiero saberlo; tampoco me importa. Guárdeselo en casa y, eso sí, discutamos sobre la faena de dos orejas, la espada tendida y la profanación del indulto, concedidos en pack de tres, como en el súper, en esta última época.

Ignorar ciertos asuntos de capital importancia sobre nuestro devenir no daña estética, sino interiormente. El amiguismo de ciertos periodistas taurinos, a cambio de una llamada semanal, y la parcialidad descarada hacia determinados espadas, también. Recuerdo, hace poco más de treinta días, la retirada de Morante y aprovechar para castigar. Una vez fuera, claro. Si hubiera continuado temporada, ¿quedarían grabadas esas palabras con tal dureza? ¿Por qué ahora no habla de su amigo, con severidad merecida, sobre el acontecimiento? Quien calla, otorga y silenciar denuncias hacia desfachateces no nos hace peores, ni menos aficionados. Ensalzando la incoherencia, ¿qué joven va a sentir atracción, si ve corporativismo, y no castigo, con un enaltecimiento de autoritarismo (desconozco la intencionalidad real, reitero)?

PD: Como colofón y, a mi pesar, enlazo varios hilos de tweets (sucesión de respuestas, al mismo escrito, con temática relacionada), donde algún catedrático, verdadero conocedor de la gran esencia taurina, cortocircuitará al conocer ciertos datos biográficos. Para leerlo, si no posee perfil en Twitter, en su extensión, sólo debe clicar en el recuadro y aparecerá íntegro. No quería perder hitos históricos reseñables en el mar cronológico de ciento cuarenta caracteres.






martes, 12 de septiembre de 2017

Morante de la Puebla, jugando con las musas

Ejecutando un pase imaginario, frente al espejo, en la habitación | EL MUNDO

Disculpen los cuatro lectores y medio de esta humilde morada: vuelvo a pecar en la reiteración. Pronto, amén de mi pesadez, descenderán a dos y medio, pero, eso sí, con la conciencia tranquila de escribir cuando siento la inspiración adentro y sobre la temática deseada. Como reza el título, los artistas (escritores, pintores, escultores, poetas, dramaturgos, directores de cine, matadores de toros, cantantes, ...) coquetean con sus musas, fuentes de inspiración para, en determinadas ocasiones, deleitar con la ejecución de una obra reticente en la memoria del espectador para los restos. Aparecen, de la nada, cuando desean, inesperadamente y, como Julio Romero de Torres bebió de Córdoba y sus melancólicas miradas femeninas, servidor desemborrona la hoja en blanco y teclea cuando reúnen ciertas coincidencias.

A falta de un día, ese fatídico trece, sucedió la desgracia en el Coso Real, del que Gallito pronunció una de sus citas más célebres ("quien no ha visto una corrida de toros en El Puerto de Santa María..."). Se retiró el genio, mal les pese a cierto sector de aficionados, abandonando, sin sustituto a la vista, el trono del arte, la torería y la conjunción de tauromaquia antigua, decimonónica, clásica y moderna. Un tótem difícil de igualar. 

El flamenco aún ansía el surgimiento de otro mito como Camarón de la Isla. ¿Nacerá, algún día, en el seno de esta sociedad adulterada, plastificada, de likes, Play Station y vida ficticia en redes sociales? ¿Cuándo, entre tanta escuela taurina, poco aficionado joven y niños que no juegan al toro en la calle, emanará de otro vientre semejante figura de época y con categoría para aparecer en El Cossío con apenas tres años de alternativa (me remito a la edición de catorce tomos, publicada en el año 2000)? Equiparando al balompié: los jugadores van y vienen; el club, la institución, continúa. Leo Messi colgará las botas, en año aún remoto, esperemos, mientras el Fútbol Club Barcelona, pervivirá cuatrocientas temporadas sucedáneas. Llegarán otros, sí... ¿pero alimentarán el alma del socio como el portador de la diez azulgrana?

Entre indultos nuestros de cada día, de dudoso merecimiento (no todos, sin pretensión de caer en generalización), la fiesta de los toros prosigue su cauce, mas, para mí (en ámbito personal, para gustos, colores), no termina de llenarme como antaño, desde que partió hacia la reflexión. Conversando con una persona, cuya identidad prefiero mantener en anonimato, comentó su vacío taurómaco, en la previa retirada del maestro cigarrero. En contadas ocasiones calentó el cemento de una plaza de toros hasta su regreso. Cansado de faenas estereotipadas, toreros sin torería, maltrato al aficionado e IVA sin reducción en el precio del papel, espero no encaminarme hacia tal verea, pues mi amor hacia este arte, creo, lo impediría.


El Puerto de Santa María. Año 1998 | Galleo del Bú

Cuando se encuentra una figura digna de admiración, por dimensión, semejanzas  en personalidad o aportación a la profesión, gusto de profundizar hasta el más recóndito rincón biográfico, allende la cara pública, con miras hacia una mayor comprensión del artista y su obra. ¿Acaso, a un amante del lienzo barroco sevillano, no acude a referencias bibliográficas bien trabajadas hacia pintores sevillanos ilustres, como Bartolomé Esteban Murillo (Enrique Valdivieso, por ejemplo), Diego Velázquez o Francisco de Zurbarán (nacido en Extremadura, desarrollando vida profesional en la capital hispalense, centro neurálgico mundial en aquellos entonces)?

En mis inmersiones, leo mucho: devoro reportajes, crónicas, artículos... Y adquiero carteles interesantes. El arriba publicado, de mi colección personal, junto a otros tantos, lo adquirí meses previos del fatídico agosto. Casi veinte años atrás, un Morante recién doctorado (1997, en Burgos), cerraba cartel junto a dos matadores de la tierra gaditana. ¡Y El Juli, de novillero aún! Su alternativa se produciría, como viene siendo habitual, a final de temporada, en Nimes. La confección del cartel, casi idéntico, junto a un novillero local, Marcos Cruz, de quien desconozco trayectoria, e igualmente con "Jerónimo", un mexicano.

Mencionando la patria azteca, con desgraciadas noticias recientes, topé con una espléndida lidia del maestro en La México (según entendidos, tercera plaza del mundo, tras Las Ventas y La Maestranza), el pasado diciembre. A modo de homenaje hacia un magnífico pueblo y una nación prácticamente nueva para mi conocimiento, sería pecado dejar caer, en el olvido, ante la afición de mi país, grandes recuerdos en el otro lado del charco, a veces, menoscabado, amén de la lejanía y, por qué no comentarlo, un trapío completamente diferente (¿inferior?) al ejemplar bravo ibérico.




Perdonen, de nuevo, el desconocimiento idiosincrásico. Once de diciembre del dieciséis. Morante de la Puebla, José María Manzanares y Gerardo Rivera. "Peregrino"-337, 520 kilogramos, perteneciente al hierro de Teófilo Gómez. Y La México como fondo, en Temporada Grande. Octavo festejo. Segundo del lote, tras destellos ante el pretérito. La templada embestida del ejemplar mexicano, junto a sus hechuras, siempre agradecida por el matador foráneo, junto al apasionamiento del tendido hacia las grandes figuras provenientes de la cuna del toreo, siempre posibilitaron grandes triunfos allá, pero la riqueza, ante este ejemplar, merece distinción.

De salida, la soltura del cuatreño no impide un recibo con homenaje a Chicuelo, rematado por dos delantales ¡y qué delantales! y un último lance, previo a varas. Morante, aquejado de una pierna, sonríe, preludio de advenimiento torero. "Bregando, dibuja el toreo", afirma el relator. Gallea brevemente y, para dejar en suerte, por segunda ocasión, remata con revolera invertida. Cuántas tardes habré soñado con una lidia tan completa, de capa, previo a ocupar mi localidad en el coso. Y qué afortunados aquellos asistentes.

Faena con hondura, rica en pases muleteros. El genio, inspirado. Sólo observando andares, templados, pausados, la elegancia de esos trincherazos con la derecha y ese cambio de manos, tan sevillano, para sacar de tablas al toro... No existen palabras suficientes para describir semejante borrachera de genialidad. No puedo hallarme en altura de semejante maestría. Derecha, izquierda, con muletazos de oro, que diría Chenel, de trazo largo, de adelante hacia atrás, exprimiendo a la res completamente, y con mano baja. Para colmo, si achacáramos defecto al cigarrero, la espada. Estoconazo, sin réplica. Dos orejas, aunque rabo solicitado unánimemente, tal vez privado por ansias de protagonismo presidenciales (¿a qué me recuerda?), y arrastre pausado del ejemplar, con calidad en la embestida y motor dignos de remembranza.


Dos orejas, arrastre lento del toro y... puerta grande | EL MUNDO

He oído, en contadas ocasiones, la coletilla "esto debieran reproducirlo, audiovisualmente, en las escuelas taurinas". Tal vez, sí. Tal vez, no. Apuesto más por la segunda opción. Este toreo de inspiración, personal, posibilitado, como decía Rafael de Paula, "por los polvitos mágicos de Dios a unos pocos", no puede ser aprendido ni en seiscientas setenta y ocho horas de entrenamiento. Se nace con ello y ahí, querido lector, sólo los elegidos pueden ostentar el privilegio de su ejecución.

Mi intencionalidad no pasa por desgranar esta obra de arte. Repito: imposible rallar a la altura merecida. Con su criterio taurino, saquen conclusiones. Disfruten. Detesten. Simplemente, al desconocedor, descubrírsela. Al conocedor, rememorarla. Al desprestigiador, valorar la esencia de un toreo personal, instransferible  y, a día de hoy, transmisor de sentimientos como ningún otro. Y al mexicano, enviarle todo mi afecto y ánimo para superar malos momentos y, escrito sea de paso, toda mi envidia por vivir aquella tarde, TV o tendido mediante, a tan escasa distancia.

martes, 5 de septiembre de 2017

Biblioteca taurina (I): Antonio Chenel 'Antoñete'

Ínfima parte de mi biblioteca taurina | Galleo del Bú

Considero que, todo buen aficionado a esto, perteneciendo yo al tercer estado (de clase obrera, vaya), además de placeo y años, debe poseer la digestión de lecturas cuantiosas y cualitativas. Con esta primera entrada, mi pretensión consiste en el comienzo de un serial, bastante extenso y prolongado en el tiempo (si Dios quiere), dado el número de títulos yacentes en mi biblioteca personal con temática relacionada con el descendiente del uro.

Obviando El Cossío... Bueno, no lo haremos. Con seguridad, más adelante será tratado: posee tantas ediciones (año 2000, setenta y tantos; simplificada en dos tomos, de catorce...) que merece capítulo aparte. En mi pensamiento, veía vislumbrada esta entrada hace algún tiempo, mas quería esperar a poseer un número mínimamente modesto de seguidores (ya somos 280 y algo en Twitter, gracias) para hacer llegar a un mayor público las entradas más preciadas por servidor, el autor. No quisiera entrar en verea aún, sin mencionar previamente la conversación mantenida con Antonio y Pedro: fue un empujoncito más hacia el tecleo de estas líneas.

Forjar una biblioteca de esta índole, más en los tiempos latentes, harto complicado. Cuando pasee por grandes librerías, observe la sección correspondiente: verá que no hay gran cosa. Acaso, cinco, seis o siete títulos, exagerando algo, merecedores del dinero valido. ¿Y, entonces? En mi ciudad, acudo a lo calificado como "de viejo", o séase, segunda mano. Tengo la suerte de contar con grandes establecimientos a nada de tiempo; o poder pasear por El Jueves y encontrar gangas a coste irrisorio, previo regateo. Lo usado permite la magnífica oportunidad de adquirir descatalogado.

Otra vez más, el pesado de Antoñete. Y el de Morante. Siempre lo mismo, pensarán. Les contesto educamente: cada cual es libre de escribir lo deseado, por suerte, e, igualmente, el receptor, de no leerlo. Por tanto, sin querer rozar las malas maneras: al desagradado por mi mala escritura, temática equivocada o escasa simpatía hacia estos dos espadas, mejor cambie de lugar y persona. Se ha equivocado al elegir emplazamiento. Me consta la existencia de algún hater por ahí y me agrada que, sin ser absolutamente nadie en esto, existan personas que precien tan poco su tiempo como para dedicarlo en realizar una crítica destructiva. Las constructivas, completamente abierto a recibirlas. Por cierto, he publicado y publicaré mayor diversidad. Al menos, planificado está. Prefiero dejarme llevar por la inspiración y priorizar sobre ideas con mayor atractivo personal.

Imagino bibliografía mayor sobre Antonio Chenel en revisteros, pero, en referencia a libros, no abunda. Conocidos personalmente, cuatro. Para palparnos mejor, puesto ofrezco esto por primera vez, subiré: imagen de portada y contraportada del libro (o índice), título, autor, número de páginas, editorial, año y una breve reseña o valoración sobre contenido y nivel de la susodicha obra.



Portada e índice | AKAL

Título: "La tauromaquia de Antoñete"

Autor: José Carlos Arévalo

Número de páginas: 111

Editorial: AKAL

Año: 1987


Alto y claro: el mejor libro sobre el maestro. Curiosa existencia de cuatro títulos (dos de ellos, este y Laverón, un año después), con similitud de título en dos de ellas, prácticamente en el período de veinticuatro meses. Desde una perspectiva costumbrista, lejana a la charla con Antonio y más próxima a la experiencia personal del autor, nos relata aquellos años cincuenta, de casticismo y aún heridos por la devastación de la posguerra. Con pros y contras, los chavales acudían a billares, soñaban con quitarse del hambre a través de fútbol o toros y observaban a los de luces como auténticos dioses. Propiamente expresado por Arévalo en el prólogo, "existe un vacío premeditado en el libro: los años sesenta". Sí, cuando Chenel lidia al de Osborne (1966). Aun así, qué humildad por parte del escritor, en reconocer de ser "incapaz de poner palabras a las grandes faenas de Antoñete". Muchas veces, algún recuerdo de infancia o juventud, idealizado o encumbrado por suceder en etapa de absorción y fascinación, quiere alejarse de la proximidad adulta, marcada por el aburrido canon de razocinio aplicado a cualquier quehacer.

Son más de 111 páginas si nos referimos al total, contando bonitas fotografías en blanco y negro. Como comenté en Twitter, José Carlos Arévalo se halla a la altura de Chaves Nogales con El Pasmo en "Juan Belmonte, matador de toros", por la manera de embriagarnos en una persona, en una esencia, un lugar, un momento, desde la primera hasta la última hoja. Ojo, mi predilección hacia el venteño puede afectar, pero nunca he sacado pecho (jamás lo haré) por objetividad. Es mentira. No existe.



Portada y contraportada | AGUILAR

Título: "Antoñete. El maestro"

Autor: Manuel Molés

Número de páginas: 232

Editorial: EL PAÍS – AGUILAR

Año: 1996


La mayoría de aficionados, jóvenes y viejos, conocerán a Molés. Una vida en TV, antes en TVE, Toros y ahora en Taurocast, y radio, programa "Los Toros". No afirmaría con rotundidad la sapiencia de estos sobre las aventuras literarias del castellonense. En 1996, pienso que ya comentaba con Manolo en el Plus. Aquel lustro final de 1990, con la enésima reaparición del maestro, las alternativas de Morante, El Juli o la eclosión de José Tomás... 

Obviamente, el roce hace el cariño. El periodista conversa directamente con el matador y transcribe diálogos literales. No es el mismo formato que Arévalo. Podemos disfrutar una cercanía verdaderamente maravillosa y sentarnos, junto a ambos, en la finca de Madrid, fumándonos un cigarrillo hasta la chusta.

Mucho más biográfico y lineal, pues las páginas van sucediéndose conforme la vida de Antonio, con trazos personales como su primer matrimonio, su relación con Franco, la militancia en la izquierda política o la infancia en la Monumental, cerquita de su cuñado, el mayoral, Paco Parejo. A destacar, las crónicas de faenas antológicas por parte de plumas destacables, como Vicente Zabala Sr., K-Hito, Alfonso Navalón, Joaquín Vidal, Guillermo Sureda, Barquerito o Huberto Apaolaza.

Ah, prologa Joaquín Sabina (quien escribió poemas al torero) y hay fotos. Poquitas: las justas y necesarias para adentrarnos en el mundo antoñetista.



Portada y contraportada | Reino de Cordelia

Título: "Antoñete. La tauromaquia de 'La Movida'"

Autor: Javier Manzano

Número de páginas: 147

Editorial: Reino de Cordelia

Año:  2011


Producto más novedoso, en cuanto a cronología y forma, sobre el matador. Manzano afirma haber compartido "horas y tabaco", para dar forma a una especie de tauromaquia escrita, un breve tomo de El Cossío sobre todos los actos de la corrida de toros, desde "de la torería" (especialmente bueno este capítulo), "de los toros", primer tercio, segundo y tercero, dividido en dos partes "tercio de muleta" y "último acto".

Fotografías inclusive, la maquetación no termina de llenarme. Falta algo o algo sobra. Manzano, por cierto, copia (no sé si plagia, pues esto ya supone otro cantar), al menos, intencionadamente, a sus publicaciones, mayores en edad, en dos anexos: "su toreo en las crónicas" (ya lo hace Molés) y "estadísticas" (igual con Jorge Laverón). Eso sí, la sensación visionar un festejo y sentir al maestro cercano de a ti, recordando sus sentencias, sobre esto o aquello, indescriptible.



Portada y contraportada | Ediciones La Idea

Título: "La tauromaquia de Antoñete: de los años negros al mito"

Autor: Jorge Laverón

Número de páginas: 73

Editorial: La Idea. Colección "Las páginas del tendido"

Año: 1988


Comencemos por el fin: acertada inclusión de estadísticas. Con escasas páginas, Laverón consigue exprimir, de manera personalísima y más que correcta, la tauromaquia del madrileño. Va dándose una cronología de su vida taurina hasta el momento (publicado en el 88 y Antoñete se cortó la coleta en el siglo XXI, ténganlo en cuenta). Llama la atención una sección nombrada "tauromaquia" donde, con ilustraciones del lance, el plumilla lo relaciona con la ejecución personal. "Trincherazo", "media verónica", "verónica" o "al natural", por ejemplo.

Bajo mi criterio, no puede pedirse más en menos. Si empieza usted aquí, quedará hambriento y acudirá a devorar lo restante, que no es poco. Hágalo, porque descubrirá, con más hondura, el casticismo, la torería y el arte de un sin igual en la historia de la tauromaquia, Antonio Chenel Albadalejo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Morante de la Puebla, galleo por chicuelinas

Sorbo de agua: directo desde el búcaro | El Mundo

Llamose "Alboroto" (el que acaeció aquella jornada) la res, con un peso de 573 kilogramos. El hierro, Juan Pedro Domecq, con divisa encarnada y blanca. Algunos fundamentalistas, allí presentes aquella tarde del veintiuno de mayo de 2009, ocho años y pico atrás, viéronse en la obligación a levantar el trasero del cemento, hoy proyecto de futuro plástico (por desgracia) y terminar aplaudiendo, sonoramente, con sonrisa en el rostro, al garbo, arte, gracia, valor y, en definitiva, el polémico concepto taurómaco de José Antonio Morante Camacho, Morante de la Puebla. Con la bandera integrista, mal-llamada "torista", a media asta, durante ciertos días, semanas o meses.

En aquel entonces, otro cantar, tras regreso del segundo retiro, en 2008, con famoso y discutido paseíllo en Vistalegre, habano en mano, junto a El Pana (QEPD), el artista cigarrero cuajó tardes de regusto, en los dos grandes cosos por antonomasia, La Maestranza y Las Ventas. En aquel abril, más de una vez referido, por mi parte, en redes sociales, donde converso con grandes aficionados (si comienzo a nombrar, acabaría pasado mañana), no olvido aquel toreo de capa, con mucho mando, ante una victorinada, acartelado, mano a mano, junto a Manuel Jesús El Cid. Mi viejo, insuflador de mi afición, con tópicos taurómacos propios de la movida, correspondiente a su época juvenil y principios de edad adulta (finales de setenta y principios de los ochenta), me recalca, todavía, la inquina, desde antes del sonido clarinero, hacia los triunfadores en Sevilla. "Niño, esto ha cambiado, que no te enteras", sigo respondiéndole cada vez con más desgana. Él persiste anclado en sus Manzanares, Paquirris, Soros, Esplás y los fugaces regresos de Antoñete y Manolo Vázquez.

Mi seudónimo, para los esnobs, desinteresados o, simplemente, desconocedores, corresponde a un lance capotero, ejecutado en varas, con la finalidad de dejar en suerte al morlaco. Puesto en liza por Gallito, bebedor del toreo del XIX gracias a padres y hermanos (Fernando El Gallo, su padre, y Rafael, su hermano, principalmente), llegué, a él, a través de mi morantismo, visualizando un documento audiovisual del maestro en un tentadero, donde lo practicaba. Como para plantarlo en plena plaza, con los eruditos ignorantes de "aprende, Morante" y su escopeta cargada previamente, sin valorar, realmente, los quilates de alguien preocupado por la historia de la tauromaquia y la recuperación de sus suertes más castizas. Más de un reventador no conocerá al Rey de los Toreros y sentirá saber más que "naide".

No termina de llenarme el galleo del bú, a pesar de los pesares. Lo prefiero por chicuelinas. Toca mi fibra y llego al éxtasis cada vez que lo observo. El viaje ascendente de droga dura (disculpen por la incorrección política, debido al símil toxicómano) fue vivido con la grabación justo abajo de este párrafo. Entonces, ignoraba la nomenclatura galleos, tafalleras, largas cambiadas o cualquier lance. Aficionaducho inicial, cuya condición mantengo, con unos años menos: quince, entendía de transmitir o no. Más nada.


En el Plus, comentaron Molés, hogaño empleado en Taurocast, mi Chenel (Dios lo guarde ahí arriba, bien recogido, con su paquete de tabaco) y el maestro Emilio Muñoz, cuyo progenitor pilotó la carrera de Morante en sus inicios, previo al apoderamiento por parte de don Diodoro Canorea (corríjanme si yerro), quien, por alfa, bravo, charlie o delta, exilió a Burgos al matador, en 1997, para tomar la alternativa (¿acaso no debió haber sucedido en Sevilla, su plaza?). "Una bata de cola", extasió, balbuceando, el narrador castellonense. Pues sí. Qué aroma tan personal, intransferible y, como cada aficionado, devoto de su torero, se emociona, de manera especial, con sus alegrías y desengaños. "Por donde mejor lo vea", apostilló, a posteriori, con sapiencia irrefutable, por haber estado delante, primero, y criarse en el Barrio de Ventas, segundo, el maestro Antoñete.

Gazapón juanpedro, con calidad en la embestida, hubiera permitido, aun más, desposeído de tal carencia. El acabose, pues. Por el malhacer del bicho, deslució, lo mínimo, el final del gallo, donde José Antonio dio metros y remató torerísimo. Son chicuelinas, de Manuel Jiménez, aunque los gurús catedráticos sacan las uñas y, apoyados en el egocentrismo (justificado, pues mandó, como figurón, muchas temporadas) de Paco Camino, afirman la revolución del camero. Que Chicuelo las practicó distintas y, las hoy concebidas, fueron instauradas por el Niño Sabio. Ni afirmo ni desmiento: no poseo la certeza suficiente para decantarme por ningún extremo. Además, de Chicuelo no existe lidia digitalizada. A lo más, fotografías. Con todo mi respeto y siempre, bajo mi criterio personal, con la visualización de unas cuántas tardes de Francisco en la retina, el nivel de aquellas no igualan estas. Monten en cólera, señorías: me da igual.

Tras la puya de Cristóbal Cruz, como mandan los cánones, se le deja tiempo al toro, sin atosigamiento. "Eh, toro": toca y cita a la distancia correcta. Tres o cuatro verónicas, ambos pitones. Una, por el izquierdo, indescriptible con palabras. Por muchas páginas escribiera, imposible alcanzar esa cota. Prefiero no quedar en vergüenza. El gazapo continuó en sus trece. Valor (ese valor oculto tan poco apreciado por la crítica) y culminación vía media abelmontá, antológica.

"Ole, ole y ole. Bueno, bueno. La plaza, en pie, eh. La plaza, en pie. Todo el mundo, en pie. Monumento al toreo con el capote. Monumento a la verónica. Monumento a la media. Ahí queda eso". Y tanto, Manuel, que queda eso: han pasado años y todavía revolotea, en mis pensamientos toreros, el cuarto de la tarde. Terminó con oreja y ovación. Aunque el morantista, por antonomasia, quiera más y más, conocedor del vino gran reserva de la casa y su idiosincrasia, sabe saborear, cual sumiller, lo puro en frascos pequeños.

martes, 29 de agosto de 2017

Me dieron una ocasión

Camarón de la Isla, artista y garboso, ejecutando un derechazo con la muleta

"Toíto lo que tú me pidas,
yo te lo daré.
Si me pides olvidarte,
te lo negaré.


Chiquilla, no seas tan loca
que, por tu forma de ser,
te tienen de boca en boca.


A la luna, luna de enero,
con mi capote y muleta
iba a los encerraeros,
porque a mí me gustaba esa fiesta
y toíto mi afán era de ser torero.


Me dieron una ocasión 
pa' salir a torear.
Se me quitó toa la afición,
no lo quiero recordar.


Hay que pensar
que, la afición de los toros,
pa' to el mundo,
no es igual.


Te extraña que yo te dejara 
a ti de querer.
La culpa no será mía,
porque tendré que volver
con la que a mí me quería"




Paseando por un famoso establecimiento comercial, en período de rebajas estivales, me disgusta parar a observar textil. El género termina pronto y, para más inri, el gentío enardece como si fuera la vida en ello. En cambio, aprovecho para observar otras secciones: librería, música... En esta última, encontré una edición XXXV Aniversario de "La leyenda del tiempo", famoso LP de José Monge Cruz, Camarón de la Isla, publicado en 1979. Quien ame, no ya el flamenco, como particularmente un servidor, sino padezca melomanía, debe escuchar los diez tracks que componen la obra maestra. De cabo a rabo. A modo de guiño cultural y literario, existen varias musicalizaciones de poemas de Federico García Lorca, como la propia canción que bautiza al disco, "La leyenda del tiempo", "Romance del amargo", "Homenaje a Federico" (mayor contundencia nominal, imposible), "Mi niña se fue a la mar" o "Nana del caballo grande".

La susodicha edición especial, cuya adquisición recomiendo encarecidamente (desconozco si seguirán permaneciendo stock en su tienda musical más cercana, ergo dese prisa), contiene, además de disco de vinilo, CD y DVD, un curioso libreto, con frases, anécdotas y fotos en torno a la producción del disco y su posterior repercusión. En cuanto a esto último, volveremos más tarde.


Vestido de luces en su niñez: la ilusión de un chaval

Camarón de la Isla nació en La Isla (de ahí ambos apodos: así cotinúan nombrando, coloquialmente, a San Fernando, por su situación geográfica; lo de Camarón, un tío suyo, debido al rubio de su cabellera), en el año 1950, con los efectos devastadores de la posguerra aún presentes. La Bahía de Cádiz, como hoy, siempre afectada por el mal del desempleo, y la época, provocó un alto nivel de analfabetismo (el propio cantaor no supo apenas leer ni escribir y fíjense cómo transmitía), amén del absentismo escolar y la necesidad de llevar dinero a casa. Mera subsistencia. A mitad de siglo, su padre, del mismo nombre, regentó una fragua. Bien podría haber continuado el negocio (a veces, ayudaba, mas intentaba escabullirse para alimentar sus otras pasiones). No fue así: los chavales, por imitar y salir de lo miserable, soñaban ser cantantes, futbolistas o toreros. Había que marchar a Madrid, epicentro del artisteo, peaje obligado para triunfar nacionalmente, granjearse unas perras y mandar, de vuelta al hogar, las pesetas de rigor.

Si por Monge hubiese sido, de profesión, matador antes que cantaor. Así lo atestiguó en incontables ocasiones y, en un documental reciente, publicado por Canal Sur, conmemorando el cuarto de siglo de su fallecimiento, un amigo relataba cómo los chavales quedaban en el barrio y andaban, hatillo en el hombro, para saltar el cercado y torear. Le pirraba una muleta y sentía fascinación por los matadores. Sobre todo, desde que El Cordobés aportó 1.000 pesetas al chavalillo, entonces comenzando en la afamada Venta de Vargas. José no tuvo el mínimo valor. Lo intentó de novillero y, el par de veces atrevidas a salir del burladero, no pudo con aquello. Si eso, a duras penas. De las cualidades para el cante, ni hablamos: en su discografía queda constancia

En una entrevista a su viuda, La Chispa, vislumbra varias anécdotas sobre su afición a la tauromaquia: "a él le hizo mucha ilusión cuando Curro Romero nos regaló un capote en nuestra boda"; "quería ser torero, pero le daba mucho miedo, mucha "jindama" el torero, entonces, cuando toreó dos veces, dijo: 'es más fácil cantar'"; "incluso llegó a torear en San Pedro de Alcántara".


Festejo en San Pedro de Alcántara | ABC

Sobre esta última declaración, digna de anecdotario taurino, he ahondado. San Pedro de Alcántara (Marbella), Costa del Sol. No debió primar la exigencia, desde luego: ya conocemos la idiosincrasia de los cosos en aquella zona malagueña. Lo reseñado sucedió un 18 de octubre de 1975, junto a Miguelín, Curro Romero, José Antonio Galán, Juan Jiménez y Alfonso Galán. La plaza, llena (lógico) y los novillos, preparados, pero, por suerte o desgracia, el novillo con menor trapío, preparado para el cañaílla, no le tocó. Al contrario: el peor de la tarde. Según ABC, cumplió y mató al de su lote. Eso sí, ahí quedó: debut y retirada simultáneos.

Detalla Francis Mármol, en el periódico de los Luca de Tena: "la faena resultó, al parecer, algo accidentada y se contabilizó algún revolcón. Igualmente, sumó, en su haber, más de un pase de auténtico arte, que pareció recordar, por mucho tiempo, a todos sus amigos".


Frase del libreto | Galleo del Bú

Afirmé mi regreso al libreto. Esta frase llamó mi atención al instante, despertó la mente y, desde entonces, aún no he podido borrarla. Casualmente, como a diario, escucho al genio y, no sé de qué manera, llegué a una bulería, titulada "Me dieron una ocasión", cuya transcripción y documento audiviosual, con franjas de Camarón toreando en el campo, he molestado en aportar al comienzo del escrito.

"La leyenda del tiempo" fue, a finales de los setenta, una revolución en el flamenco. Los puristas se echaron las manos a la cabeza. "Esto no es flamenco", afirmaban. Palmas, guitarra y voz, mutaron en elementos instrumentales electrónicos o sonidos árabes e hindúes. Algo exótico para aquellas mentes cerriles, aduladores de Caracol, La Niña de los Peines y compañía. No resto importancia en la historia a los mencionados anteriormente, ojo.

Quien posee el amor hacia la tauromaquia en sus adentros, aunque no sea matador, ganadero, veedor, banderillero, alguacilillo o arenero y no cruce la frontera de simple aficionaducho, piensa en torero las veinticuatro horas del día. Y la oración me recordó a Juan Belmonte y su revolución incomprendida, eje del toreo pocos años después, en la Edad de Plata. Decía Guerra aquello de "corran a verlo: a este pronto lo va a matar un toro", para desembocar, a través de literatos, pintores, poetas y algún otro hagiógrafo en el culto a la figura de El Pasmo, hasta el punto de atribuir, erróneamente, la excusiva invención del toreo moderno, cuando Gallito toreó en redondo, elemento fundamental en la tauromaquia actual.

El trianero de la Calle de la Feria (pues los de la otra orilla de Hispalis nacen donde les da la gana), acompañante de su padre en el puesto de quincalla, en pleno Altozano, comenzó a torear con temple, piernas quietas, sobre las muñecas y cruzándose al pitón contrario (y, recalco nuevamente, en ochos, esto es, uno de reunión y otro de expulsión; no en redondo, como Joselito, magnífico compendiador de toda la tauromaquia del XIX y también fundador underground, por su ignorancia mediática, repito, del toreo moderno). Los eruditos, gurús, en ejercicio de ignorancia, no supieron valorarlo y, con escaso paso del tiempo, el kamikaze mutó a leyenda imborrable en la memoria de cualquiera ose tildarse aficionado a la tauromaquia.

José y Juan. Juan y José. No Gómez Ortega, en este caso, sino Monge Cruz. Parafraseando al gran crítico José Alameda, quien afirmaba la existencia del "hilo del toreo", enaltezco lo propio con el pensamiento, pues el mismísimo Belmonte, fallecido en 1962, tan propenso a frases dignas de anecdotario, hubiera firmado la referida de su puño y letra, adaptándola a su profesión: la frustrada de otro revolucionario.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El 'cacareo' de Morante

Morante de la Puebla | Javier Arroyo

En las Corridas Generales, Aste Nagusia o llámese como quiera, debió comparecer, en la tarde de ayer, Morante de la Puebla, junto a El Juli y Andrés Roca Rey. Fue sustituido por Miguel Ángel Perera y, el bendito tuitendido (desde poncistas [El Murga], hasta manzanaristas [Antonio Manzano]; pasando por talavantistas [Cristina Padín] o el seguidor del matador más underground del escalafón), cuenta con legión de partidarios, de sus respectivos padres y madres, dispuestos a alzar la voz, ginebra con seven-up en mano y un montecristo nº4, en mi caso, para criticar, defender o añorar virtudes, faenas, quites, gestas y, por qué no, fracasos de cada cual. No alcanza los límites de antaño, por aquello de la virtualización: ¿qué quedaron de aquellas lejanas tertulias en los cafés, charlando sobre el toreo de capa de tal y qué mal mató fulano? Menos es nada, supongo. Desde el amor y férrea defensa de la fiesta, cada cual, con dimes y diretes divergentes, tumbamos el manido tópico animalista de la tiranía fascista, más bien ejercida por sus líderes: no existe mayor ingrediente democrático que, como el caso, una tertulia online taurina, donde cualquiera puede expresar libremente su opinión y replicar al contrario; y, por supuesto, en la plaza: allí, el público decide, bajo su criterio, recompensa o castigo, según haya sucedido en el albero.

Gracias a Ch. Eduardo Franco, importante bastión morantista en el frente (siento olvidar a alguien más con importancia), recordábamos, seis años atrás, justo, en el día de hoy (veintitrés de agosto), Santa Rosa de Lima, aquella prodigiosa tarde de José Antonio ante "Cacareo", hierro Núñez del Cuvillo. En esta actuación, digna de admiración por cualquier aficionado al arte (más allá de tauromaquia, pues allí cupieron escultura, literatura o pintura), los trofeos obtenidos deben ser infravalorizados, degradados a un segundo plano, pues peso y valor de la obra artística, incomprendida, plasmada en la oscura arena vizcaína, se superpone, sentimental y artísticamente, a toda jurisdicción reglamentaria, perdurando en cualquier rincón recóndito de la memoria, para volver y regresar en noches de ensueño, madrugones de camino al trabajo o una cena romántica con aquella mujer de ensueño. La pesadez de recalcar que esto forma parte de mi opinión y algo subjetivo, nunca está de más, pues más de uno piensa mi en mi intento de evangelizar a nadie. Nada más lejos de la realidad: sólo muestro mi parecer, orgullosamente, y, necesario el caso, defenderlo.


Cuarto ejemplar de la tarde. Saludo capotero arrugado, ante el muy gazapón. Desagradable para el tendido. José Antonio testea de capa y no parece convencido, aunque algo hay. El manso rehúye pelea y, el público, en sus trece: pitos. En varas, parón, sin celo. Pitos again. Soltura y huida hacia Aurelio, guardando la puerta, dispuesto a proporcionar el segundo castigo: lo reglamentario en plaza de primera categoría. Con precisión cirujana y sin bajar la capa más allá de lo necesario, teniendo en cuenta la embestida reservada, embarca hacia una tercera pica, sumamente protestada (sí, otra vez). Vociferio, palmas de tango y anhelo de pañuelo verde. Matías no traga paquete. El mansote andarín atraviesa el protocolo rehiletero sin pena ni gloria, como era de esperar, carente de recorrido y una humillación a la altura del palco presidencial.

Para aquellos instantes, el morantista medio, junto a su acompañante/pareja, con más kilómetros que un translántico, satisfecho con ver a su torero a lo largo de toda la geografía española, juguetea con las manos de un lado a otro, emulando una muleta y, a posteriori, quiebra con el cuerpo hacia un lado y mata como puede, con un programa de papel, del festejo, reconvertido en estoque. "Moscardeo" o "quitamoscas", como bauticé en una plaza extremeña, creo recordar, y mulillas adelante. Error. El creador y artista, prendido por luz y musa, como todo genio (a medias, idolatrado; a medias, incomprendido y vilipendiado), es silbado debido a una gustosa tanda genuflexa, compuesta de ayudados por bajo, sin mayor intención de dos propósitos: primero, eliminar querencia hacia tablas; segundo, ahormar la humillación lo más baja posible, en pos de un correcto discurso artístico. Sabores a siglo XIX tan infravalorados, pero, tan puros y verdaderos, que no debieran caer en saco roto.

Derechazos. Media distancia. Perfecto acoplamiento. Cinco, seis y el de pecho. El silbador, txapela mediante, apura un par de caladas al cigarrillo y arranca el asiento de plástico. Lo coloca a un lado de la cara: no quiere ser víctimas de miradas inquisitorias. Prosigue el recital por aquel lado. Embestida ahormada, al gusto del consumidor (parte de mérito al matador, gracias a técnica y conocimiento: siempre utilizamos el tópico pinturero con Morante, pero su tarro de las esencias encierra mucho más), composición de figura personal y, temple, profundidad y hondura por bandera. El tendido, aun temeroso, esboza los primeros aplausos, incrédulos ante la transformación de cuatreño inválido hacia compañero de creación. Como un boomerang, tras intentarlo por la izquierda, regresa al original, ofreciendo un derechazo largo, antológico y, atrevería a decir, único en el escalafón, en estos tiempos de faenas prefabricadas. La faena está hecha, pero José Antonio, obcecado en la izquierda, exprime lo posible con una embestida protestona y a media altura, exponiendo más de lo habitual (curiosamente, algunos aficionados recriminan el escaso valor, además de técnica, esto lo añado, del matador de La Puebla del Río, ignorantes o abominados por semejante nivel de cota artística y pinturería).

Previo a dar muerte al cuvillo, caviar: molinete abelmontao, cambio de mano (remembranza al Divino Calvo), ayudados por alto con barrida de lomo, trincherillas, kirikikí... Una oda cossiana al buen gusto y la melancolía alegre, creadora de felicidad buceando en la cumbre del ayer. Hazaña harta complicada esta última. Estoconazo. Matías ofrece, los dos blancos, sin parpadear. Puerta grande, para mí, tan necesaria como innecesaria, pues, al fin y al cabo, queda, más allá de estadísticas (puertas, orejas y patas), el poso artístico, atemporal y yacente en la memoria de los grandes aficionados.

martes, 22 de agosto de 2017

Madurez, poso y sabor

Antonio Ferrera | Twitter

Sucedió en Muro (Islas Baleares), donde el escándalo de botellas de agua y latas en el ruedo (durante el tercio de varas), par de años atrás. Lesión dificultosa, complicaciones a posteriori y la consecuente inactividad. Cumpliendo veinte años de alternativa, Antonio Ferrera, recuperado, sintió fuego interior, mariposas en el estómago y la necesidad de volver a pisar al albero.

Ibicenco de nacimiento, pacense de adopción, peregrinó, como su ganadería ("La Peregrina", lidiada en novilladas de promoción estivales, esta temporada, en La Maestranza), a través de tentaderos, dehesas y la soledad de su finca. "La evolución de la sociedad la veo como un gran riesgo, porque creo se pierde un poco la verdad: el mirar a los ojos a las personas. La comunicación entre los seres humanos es muy virtual. Me gusta comunicarme con la vista, las palabras, no con mensajes, interactuando virtualmente. Soy un hombre que necesito tener la naturaleza viva y sana", afirmó a Tendido Cero unos meses atrás.

Como reza el título, el suceder de los años y, mucho más, con stop obligado, dotan, por norma general, de oficio, esto es, conocimiento de las reses, por una simple razón: el número de cuatreños y cincqueños matados. Madurez, poso y sabor no siempre son conseguidos, pues puedo nombrar algunos con tauromaquia más vulgar (y ya se antoja complicado) que en sus comienzos.



Con octubre cercano y El Pilar como colofón, la temporada española se halla en el tramo final. Revisteros y grandes portales, una vez más, sucumbiendo a intereses empresariales y/o publicitarios, intentarán colarnos como revelación al cachorro de turno de las grandes casas de apoderamiento, sin reparar en un criterio realmente taurómaco. La visión personal es tan instranferible como única, pero no podemos obviar el silencioso golpe en la mesa por parte del extremeño. José Antonio Ferrera San Marcos, 39 años, revelación de 2017. ¿Por qué esa obsesión de rejuvenecimiento (también necesaria, por supuesto) debe empañar el buen hacer de alguien cercano a la cuarentena? Desgraciada y previsiblemente, su buen momento no se ha visto reflejado en el número de festejos.

Ya no es aquel torero banderillero, lidiador de corridas duras. Ha seguido apuntándose a Victorino, por ejemplo, en Sevilla, a la par que entrando en Cuvillo y ganaderías más dulces, merecidamente y sin cabida a ningún reproche. Su tauromaquia ha evolucionado hacia la longitud, con capa templada, variada y gustosa; rehiletes en línea; y muleta, al igual que capote, digna de visionado, como muestro en el documento audiovisual, arriba, con una breve antología de la presente temporada.

Qué temple y manera tan personal de cargar la suerte con aquel "Sombrerero", de El Pilar, este seis de mayo. O el quite en varas al mismo ejemplar: ¿no destila aroma a tauromaquia antigua, evocando a Gallito y Belmonte, cuando la lidia pivotaba alrededor del jaco sin peto? Veintinueve de abril, "Platino", de Victorino Martín. Veinticinco años del trágico fallecimiento de Manuel Montoliú en Sevilla y, con torería, invitación a su hijo, José Manuel Montoliú, subalterno de su cuadrilla, evocando maneras de su progenitor. Ferrera tampoco quedó atrás, con ese par al quiebro por dentro. Y brindis al cielo, como colofón. El inicio de faena en Pamplona, infravalorado por el público (la pasividad ante el cuarto toro), con un lance inédito, para mí, hasta ahora. Vean, vean.

Disfrutado hasta aquí, las dudas asaltan: ¿hasta cuándo durará la inspiración? ¿será buen estado de temporada o ha regresado así para quedarse? Lo desconozco, pero, desde mi indecente tribuna, si alguien me lee, sólo puedo solicitar dos cosas: una, la correcta apreciación de este matador de toros; dos, cabida en carteles más rematados, por mérito propio. Con todos mis respetos, la etapa con El Fandi o Juan José Padilla debe quedar atrás y si, para ello, debe abandonar los palos, adelante. Queremos más.