martes, 10 de octubre de 2017

La Alameda, El Pali y Los Gallo

Portada "De Sevilla a la gloria", editado en 1985, acompañado de un cartel de toros

"¿Qué pasa en la Alamea, mi arma, que hay tanto garbo?
¿que hay tanto garbo, qué pasa en la Alamea, mi arma, que hay tanto garbo?
¿que hay tanto garbo? Gallito que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Gallito, que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Gallito, que ha cortao, mi arma, orejas y rabo.
Desde aquel día, los Hércules bailaron, mi arma, desde aquel día,
los Hércules bailaron, mi arma, por bulerías.

A hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
Vienen los Gallo, a hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
A hombros por Trajano, mi arma, vienen los Gallo.
Vienen los Gallo, mu serio, Joselito, mi arma; de guasa, el Calvo,
mu serio, Joselito, mi arma; de guasa, el Calvo.
Señá Grabiela, tú que eres mu fiante, mi arma, señá Gabriela,
tú que eres mu fiante, mi arma, para la fiesta"



Como la afición a la tauromaquia, la pasión hacia un equipo de fútbol o la devoción hacia determinada talla religiosa, mayoritariamente, proviene alimentada por la herencia familiar. No levantabas un palmo, a medir desde la baldosa, te enroscaron la bufanda verdiblanca y, ale, Real Betis - Tenerife, gol de Alfonsito, mago de botas blancas, tres puntos y veneno en sangre para los restos. O aquella primera vez en la Real Maestranza de Caballería (de Sevilla, claro), a la miurada de dos mil no sé cuándo, amén de un calentón paterno, a última hora, tras almorzar y adquirir papel sobre la bocina, previo regateo en reventa. Si mal no recuerdo, Juan José Padilla (aún sin percance ocular) mataba un par del hierro de Zahariche.

En Andalucía, cuando decimos "mamar", aparte del obvio significado peyorativo, referimos a la herencia consanguínea de un hobby. Musicalmente, cuento con suerte o desgracia, pues he heredado el acervo de un ex-cantante profesional. Sí, en grupo de cuatro, del montón, telonero, mas conocedor y partícipe en época esplendorosa, en expansión por todo el territorio nacional, de la música hispalense-folk por antonomasia: las sevillanas.

Aquello, en mescolanza con mi querencia natural hacia el conocimiento de la historia (local, nacional e internacional), cuando me dieron a oír la música de Paco Palacios, "El Pali", explotó el boom, fue el acabose, un big-bang armonioso interior, inexplicable e implasmable de manera lírica. Francisco de Asís Palacios Ortega (1928-1988), cantaor de fandangos y sevillanas, mandó como figura y, quien me enseñó mucho de lo sabido, lo teloneó en muchísimas ocasiones. "Mira, niño, aquí nació El Pali" o "aquí quedábamos con El Pali, que vivía con su padre, vestida siempre de negro, y una perrilla, un chucho, llamada Triana, en su casa, antes de irnos a un pueblo", comenta paseando, algún día suelto, en una calle cercana a la Plaza de San Francisco, ubicada a espaldas de la Plaza Nueva, sede del Ayuntamiento de Sevilla.

Allí, Paco, con sus gafas de lentes gruesas, barriga cervecera y camisa desabrochada, sentose infinidad de amaneceres y albas, con su peculiar postura, anidado en la silla del revés. A verlas pasar. "El Trovador de Sevilla", acertadísimo sobrenombre, auspiciado por Antonio Burgos, popular periodista costumbrista. El Trovador no ensalzaba a las grandes figuras de la historia local, como Velázquez, Murillo, Fernando III o Gustavo Adolfo Bécquer, sino a Vicente, el de las Almendras, Los Gallo, Escalera, Carabolso... Todo ello, sucedido, paradójicamente, previo a su venida al mundo. Ejemplo: la muerte de José, acaecía en 1920.

Gallito, aupado para salir por la Puerta del Príncipe. Felicidad generalizada
Dotado de unas cualidades innatas para la interpretación del género (además, cantaba fandangos), contaba con la fortuna de poseer ascendencia artística notable, por ambas partes. Gentecilla corralera, arrabaleros trianeros, narradores de anécdotas y personajes pretéritos, del último tercio decimonócico y desde el Desastre de 1898 hacia adelante. Paco, se encargó de grabar a fuego recuerdos y su legado, entre viejos y jóvenes, padres e hijos, corraleras o fandangos mediante, continúa iluminado por el pueblo hispalense.

Remitiéndonos a lírica y contenido musical, para snobs o lectores lejanos a Andalucía, la sevillana se estructura en cuatro partes, cuya nominación posee la siguiente sencillez: primera, segunda, tercera y cuarta. Sólo reproduzco las dos últimas, justamente venidas al asunto taurino y realmente interesantes para propósitos divulgativos, referentes a la materia.

Fíjemonos en cuatro apellidos: Gómez Ortega y Palacios Ortega. Coinciden los segundos, ¿cierto? No es casualidad. Por rama materna, Magdalena Ortega Miró, madre de El Pali, guardaba parentesco con Señá Grabiela (sic), José y Rafael, a pesar de la imposbilidad coetánea con alguno. La letra retrata, perfección y transformación de época y ciudad, atravesada, de igual manera, en años previos a la Exposición Universal de 1992, sólo que, en este caso, en torno a la Exposición Iberoamericana de 1929, donde, por ejemplo, en manos de Aníbal González, se construirían monumentos capitales como la Plaza de España y, sin ser un experto en materia arquitectónica, los edificios llamados de estilo "regionalista". Mientras tanto, La Alameda de Hércules se erigía como centro neurálgico de socialités flamencas y taurinas: Chicuelo, Joselito el Gallo, Rafael el Gallo y, seguramente, otros tantos héroes anónimos, maltratados por la hagiografía histórica de revisteros antiguos.

Rafael, doctorando a José
"Mu serio, Joselito; de guasa, el Calvo [...] Gallito, que ha cortao, orejas y rabo". Acertado y fiel reflejo idiosincrásico y estilístico. Triunfo abismal de José, majestuoso, severo, serio y ansioso por repetir honores en la próxima tarde, rallando igual o mejor nivel; y Rafael, Divino Calvo, que, hoy sí, ha formado el lío, con un toro bien visto y sin recurrencias a "espantás" y ese "origen anticombativo del toreo", como señala Delgado de la Cámara en sus publicaciones. 

"A hombros, por Trajano, mi arma, vienen Los Gallo [...]". Desde la Puerta del Príncipe, pobretón y terrateniente quisieron mancharse harapo y frac, relativamente, de sangre y, por qué no, haber arrancado algún trozo de tela a lo largo del kilométrico camino (1,8 kms, apróximadamente) de El Arenal a La Alameda. Y, de paso, al llegar a casas, vacilar de haber zarandeado a su Gallito, llevarlo reposado entre sus hombros y cuestionar el belmontismo de su hermano, el chico, tan cool en aquellas temporadas de la segunda década del veinte y más allá.

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